William Shakespeare, considerado como el mayor poeta de todos los tiempos, conectó sus tragedias teatrales con lo que consideraba las mayúsculas que rigen la vida humana: El Amor, Dios y La Muerte. Y describió como nadie el ansia (o la necesidad) de poder, las venenosas intrigas de palacio y la corrupción que recorría el subsuelo de las alcobas de la realeza en la vieja Inglaterra. La actualidad subyacente en sus colosales obras se debe a su eternidad. Shakespeare describió como nadie los rincones más escondidos y peligrosos del alma humana. Un personaje dice del Rey Lear: “Se hizo viejo antes que sabio”. Como ahora se asegura, sí, de algún rey. Y exclama Ricardo III: “Yo, privado de todo encanto por la perversa Naturaleza, tengo que hacer prosas sobre mi propia deformidad”. Para añadir: “Amo tanto a mi hermano, que inmediatamente enviaría su alma al cielo”.
“Ricardo III”, obra escrita entre 1591 y 1592, es la tragedia más larga de Shakespare después de “Hamlet”. El actor y director argentino Nicolás Pérez Costa se ha atrevido, en un descomunal desafío teatral, a poner en escena esta complicadísima pieza, con diez intérpretes sobre las tablas del madrileño teatro Infanta Isabel, en un montaje sublime en el que prima una estética de la fealdad (como una continuación de las deformidades morales y físicas del protagonista) que, sin embargo, deriva en una extraordinaria belleza. Visualmente es un espectáculo poderoso, oscuro (como los pasillos de la conciencia de Ricardo III), con personajes pálidos, el rostro maquillado de blanco, esa palidez de los futuros muertos que van a ser. Conmueve y remueve este montaje, que el director ha aproximado a uno de los ámbitos más preocupantes de la política: la corrupción. Y la obsesión por mandar. El poder por el poder. Ricardo III alcanza por fin la Corona tras una interminable sucesión de asesinatos para descubrir que en el trono únicamente hay soledad. Como la que luego encuentra en la batalla, que lo lleva a gritar aquello de “un caballo, un caballo, mi reino por un caballo”.
Nicolás Pérez Costa acentúa en su interpretación el cinismo, los complejos, la maldad, la hipocresía y el afán ilimitado de poder de Ricardo III. Al retorcido duque de Buckingham, su cómplice, lo encarna con soberana maestría la veterana actriz Goizalde Núñez, en el papel de ese noble salvajemente ambicioso y finalmente engañado. Las tinieblas recorren la escena en una obra llena de músculo teatral. Lo ha dicho Pérez Costa: “Aquí Shakespeare no es literatura: es carne en tensión”. Y así es.
(Publicado en Andalucía Información)













