Miguel Delibes reivindicó “pegar la hebra” (así tituló uno de sus libros) durante las largas tardes en los cafés. Camilo José Cela ubicó en un café madrileño a Martín Marro, protagonista de “La Colmena”, Martín Marro, que convirtió en un acto de rebeldía en aquella sombría España del hambre de la posguerra el simple hecho de mojar un suizo en la taza durante una extraña tarde de buena suerte. Francisco Umbral arrancó una maravillosa y olvidada novela de juventud, “Si hubiéramos sabido que el amor era eso”, con la frase “en aquel café de primavera con el invierno aún dentro”. Los cafés. Alguien escribió: “De los cafés salieron Larra, el 98, Rubén Darío, el 27, Azaña y la República”.

“La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”, de Max Aub, consiste en una sosegada y sensacional reivindicación de aquellos cafés que latían con la conversación de los clientes, locales que giraban en torno a las palabras y al sonido de las cucharillas en una rutina diaria de diálogo y de encuentro. Pero la obra también es una irónica, honda y dolorida reflexión sobre la forma de ser de los españoles. Se trata de una versión convertida en monólogo teatral de un cuento de 20 páginas de Max Aub, elaborada por José Ramón Fernández, que se representa en el Teatro del Barrio de Madrid. Es la vida de un «mesero», así se llama en México a los camareros, Ignacio Jurado Martínez, que pasa feliz el día trabajando sin descanso en el Café Español de Ciudad de México, de la cocina a las mesas, de las mesas a la cocina, y entre su casa y el lugar de trabajo. Prudentemente “mete cuchara” en algunas conversaciones, pero sobre todo escucha, para aprender. Hasta que un desgraciado día el café se llena de españoles llegados del exilio tras la guerra civil. “Esos españoles gritones y discutidores son para mí como un Ejército de ocupación”, exclama. Discutían. Gritaban. “¡Camarero!”. Los socialistas de Negrín no se hablaban con los socialistas de Largo Caballero. Los anarquistas de una facción ignoraban a los anarquistas de otra facción. Y todos estaban aferrados a una esperanza: “Cuando caiga Franco”. Pero transcurren 20 años, Franco ahí sigue, y también el griterío en el café. El «mesero» decide entonces viajar a España para matar a Franco y que los que gritan en el café regresen por fin a su país. Llevan demasiado tiempo diciendo: “Cuando caiga Franco”.

El veterano Alfonso Torregrosa cuaja una interpretación colosal, con su vozarrón lleno de registros, al que añade matices de acento mexicano. Fieramente humano en su desolación. Llena el escenario simplemente sentado en una mesa del café, rodeado de un círculo de serrín, allí, solo, palabra y actor, y la emoción que alcanza al público. Tiene la obra cierto tono de realismo mágico, pero es que los españoles vivimos permanentemente en una especie de realismo mágico imperecedero. Vociferantes siempre. Disconformes. Enfrentados unos con otros. Esta obra es una de esas joyas teatrales que no se olvidan, que se quedan pegadas a la memoria. Una perla.