Concha Velasco fue una actriz realísima, de ademán propio y multiexpresiva. Una cómica llena de registros que desde muy joven estableció un principio para toda su vida: el respeto absoluto hacia su profesión. El gran Gerardo Vera me comentó en el Café Comercial: “Concha jamás pisa el escenario con los zapatos de calle. O pasa descalza o con los zapatos del personaje”. Concibió el escenario como un ámbito sagrado: el de la persona que ya no era ella, Concepción Velasco Varona, sino el del personaje que encarnaba durante la función. Su última gran obra fue en 2016, “Reina Juana”, en el madrileño Teatro de La Abadía, un fabuloso texto de Ernesto Caballero con dirección de Gerardo Vera. Ya mayor, con la salud agujereada, Concha Velasco desplegó en esa función un talento sublime y un despliegue físico estratosférico hasta culminar una interpretación memorable en un personaje, la Reina Juana, maltratado por la vida y por la Historia, en cuya reivindicación ella transmitía creer firmemente. “El Poder es tributo del Maligno: Pudre”, repetía esa Doña Juana. Porque Concha Velasco pasó la batería (como se decía antes) desde su primer trabajo en teatro o en cine, pero en aquel “Reina Juana” era también el público el que pasaba la batería a la inversa: finalizada la función, entre una ovación inmensa, la gente subía al escenario entusiasmada a estrechar la mano de la actriz.

Concha Velasco, además de su infinita capacidad interpretativa, siempre sudó los personajes. Cuando, muy joven, se propuso entrar en una compañía de revista, lo primero en lo que se interesó Celia Gámez no fue en el posible talento de aquella chica de Valladolid, sino que le espetó: “Enséñame las piernas”. Y Concha mostró mucho las piernas como corista, pero el público lo que vio fue la mirada de sus ojos. En 1986, cuando Mayra Gómez Kemp le preguntó el motivo por el cual había montado aquel inolvidable musical titulado “Mamá, quiero ser artista”, curiosamente Concha respondió: “Porque en la vida ya sólo me quedan cinco minutos para poder enseñar las piernas”. Mientras se grababa en los antiguos estudios Roma un número de “Mamá…” para el programa televisivo “Un, dos, tres”, una azafata del concurso rompió amargamente a llorar durante la actuación de Concha. Exclamó: “Yo nunca podré ser así”.

Fue una estrella que trabajó como una obrera. Mujer inteligente, guapa y de izquierdas. En septiembre de 2021 se retiró cuando la habían abandonado todas sus fuerzas. Entonces se sentó en la habitación de su residencia como si la rosa tatuada aguardase el paso de un tren. El pasado dos de diciembre dijo: “Yo me bajo en la próxima…”.