«Ni con tres vidas que tuviera» es una sensacional reflexión en el Teatro Mirador de Madrid sobre el dolor y el perdón en el contexto del terrorismo

«Ni con tres vidas que tuviera” es una obra sobre el dolor y el perdón con el terrorismo como fondo. Se representa en el Teatro Mirador de Madrid. Tiene como base un excelente texto de Jorge Pascual Abellán, y hay una acertada interpretación de Lucía Esteso, Jorge Cabrera y Nacho Hevia. La pieza tiene momentos de teatro documento y otros de ficción.

En cine ha tratado recientemente este asunto Juan Manuel Cotelo de una manera colosal en la película «El mayor regalo». Ahora José Pascual Abellán lo incorpora al teatro en una función que tiene momentos de teatro documento –inspirados en la entrevista que Jordi Évole realizó al ex terrorista Iñaki Rekarte- y otros de ficción –el dolor de la hija de las víctimas- en un doble plano que se alterna a cada lado del escenario. El periodista trabaja aquí en un periódico: «Yo creo en la prensa, en la palabra escrita; no hay directos, pero queda ahí». La función tiene un arranque demoledor: «Tú mataste a tres personas, ¿no?». «A cuatro, maté a cuatro».

Sólo se habla de «la organización» y la obra tiene el objetivo de trascender a cualquier tipo de terrorismo, pero el espectador continuamente percibe que ese atentado de un ya lejano 20 de enero lo cometió ETA, y que el terrorista, un tipo de 44 años que ha pasado 22 en la cárcel, es un etarra arrepentido. La obra supera la objetividad del teatro documento por el doloroso calor existente en algunas escenas y por la atmósfera poética que envuelve otros momentos. El terrorista, finalmente, parece un hombre al que también fulminó la onda expansiva. Aquella tarde se fue de bares a celebrar el atentado con sus compinches –práctica habitual, según explica- pero con los años, en la cárcel, llegó la reflexión, el arrepentimiento, y el espanto de sí mismo al ver a su primer hijo y ser consciente de que algún día tendría que explicar –sensacional Jorge Cabrera-. Y Lucía Esteso, magnífica en contención, expresa el dolor imparable, irreversible, de la hija de aquel matrimonio que regresaba a casa cogidos de la mano cuando los sorprendió la detonación. «Éramos una panda de locos capaces de matar a desconocidos», explica el terrorista. En la conversación final entre verdugo y víctima, sobre hojas secas, puede recordarse –aunque no se mencione- un verso de José Hierro: «El hombre es fuego y es lluvia / lo hace el odio y el perdón».

-«¿Ha servido para algo tanta violencia?». –»Para nada». Porque ese hombre, que asesinó a cuatro personas y que entonces hubiera deseado que fuesen más, parece que ahora también está muerto.