La obra teatral “Sahara, la barca del desierto” cuenta la vida de una luchadora, una de esas mujeres que hacen historia con trazo fino sin ser conscientes de ello, que dice ”durante estos años cada día me levanté para pelear, pero con vendas, no con balas” (es enfermera), y dentro de ellas parece fluir la vieja premisa de Goethe: “Solo entre todos los hombres se vive lo humano”. El conflicto del Sahara Occidental lo han trasladado lenta y aviesamente al limbo de la peor política, que conduce inevitablemente al olvido. El presidente Pedro Sánchez respaldó sorprendentemente en 2022 la postura marroquí de conceder la autonomía a la región, medida que también apoya ahora la ONU. El objetivo del referéndum de independencia que reclaman los saharauis desde hace décadas se diluye definitivamente. De esto no se habla en la obra, pero ocupa todo el contexto.

Al estreno, coincidiendo con el 50 aniversario de la Marcha Verde, en el madrileño Teatro del Barrio, asistieron el Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo, y el periodista Carles Francino, entre otros. «Sahara…» es la historia de “amor, traición y resistencia” (detalla el programa) de Manuela Rodríguez, una joven enfermera de Lanzarote, que llega en 1970 al Aáiun para trabajar en un hospital. Allí conoce a un saharaui alto, de gran parecido a Jonh Wayne, con el que se casa, y esa noche, bajo el cielo del desierto, “me regaló la luna y las estrellas más hermosas que he visto en mi vida”. El chico se alista en el Frente Polisario, lo detienen, y muere pronto en prisión. A ella la violan los ocupantes. Y matan a su compañera de trabajo, que era “como una hermana”. Manuela se hace cargo del bebé de la muchacha e inicia una dificilísima travesía del desierto con la única ideología de resistir y de que en la zona resplandezca la justicia.

La obra conmueve, emociona y agita. Hay en «Sahara…» una hermosa música lorquiana de fondo e incluso aparece un telón que recuerda a aquel remoto telón en el que se retorcía en los años 70 Yerma con la cara de Nuria Espert. Hay, pues, poesía en las imágenes y en la palabra, que no perturba el fondo duro de la función. La protagonista, Marta Viera, colosal, encarna con pulcritud la serenidad triste de la madurez y la rabiosa vitalidad llena de ilusiones de la juventud del personaje. Y canta maravillosamente. La obra es una atmósfera, la del Sahara, que envuelve todo el teatro, que cubre la platea. Barbudo huele a cabra y Manuela a camello. Es una función con olor del desierto. “España nunca nos dejará tiradas”, dice Manuela. Sueña Manuela.
(Publicado en Andalucía Información)