“Reyes del mundo” es un espectáculo de una imponente solidez teatral. Enfrenta a dos figuras esenciales del siglo XX, de personalidades radicalmente opuestas, pero que mantuvieron una extraordinaria relación de amistad: el banquero Joan March y el filósofo Joan Mascaró. March se presenta en esta ficción como un hombre frío, inteligentísimo, contrabandista, “cornudo”, asesino y millonario. Ejemplo, pues, de nada, salvo en su habilidad y pocos escrúpulos para generar dinero. Mascaró desarrolló casi toda su carrera como profesor en la Universidad de Cambridge, admirado por los jóvenes europeos por su pacifismo, y se convirtió en una referencia esencial de los Beatles. La distancia moral e intelectual entre ambos era estratosférica, pero existió una constante admiración mutua. March se enriqueció con el contrabando de tabaco y el tráfico de armas. Financió con 10 millones de dólares a las tropas de Franco. Fue conocido como “el banquero de Franco”, pero existió un gélido distanciamiento entre ambos: el banquero despreciaba al caudillo. Joan March impulsó la creación de su Fundación y necesitaba a Mascaró porque, como sucede con los personajes de otra obra de Josep María Miró, titulada “El cuerpo más bonito que se haya encontrado nunca en este lugar”, nadie quiere pasar a la posteridad como un monstruo. Dice March: “El poder consiste en que el mundo no te condicione, sino que tú condiciones el mundo”. O: “La muerte es un mal negocio”. Mascaró fue, sí, una referencia esencial del pacifismo, pero su hijo cometió un atentado terrorista en París. Dirá Mascaró a March: “Matar a un hombre para defender una idea no es defender una idea: es matar a un hombre”. O: “No podemos cambiar el mundo, pero sí podemos cambiar nuestro mundo interior”.

“Reyes del mundo” es la adaptación al teatro que Miró ha realizado de la novela con ese título escrita por Sebastiá Alzamora. Se ha representado en el Teatro de La Abadía de Madrid. El escenario donde se encuentran los dos hombres reproduce un aula destruida, remite a la guerra de Ucrania, y la acción transcurre en una atmósfera de ensoñación, de irrealidad, en esa apuesta por el claroscuro en lugar de la nitidez característica de las obras de Josep María Miró. La actuación de los cuatro intérpretes es extraordinaria, medida y sabia en su creciente complejidad. “¿Usted piensa en la muerte?”, pregunta Mascaró. Que sentencia: “Puede existir un poder superior al tiempo: la palabra”. Aunque Kathleen, la mujer de Mascaró, una inmensa Carmen Conesa, advierte: “Los libros son importantes, pero no suplen la vida”. La amistad entre una persona casi inhumana y un humanista. Teatro en carne viva.

(Publicado en Andalucía Información)