STEVEN SPIELBERG

    Steven Allan Spielberg nació el 18 de diciembre de 1946 en Cincinnati, Ohio, el mayor de cuatro hijos (tres hermanas: Sue Anne y Nancy) fruto de un curioso matrimonio que se divorció y volvió a casarse años más tarde. Su padre, Arnold, ingeniero electrónico, y su madre, Leah, pianista y propietaria también de un restaurante en Los Ángeles, decidieron divorciarse en 1965 y pasaron de nuevo por la vicaría en 1997, veintidós años después. Steven es un sagitario típico, capaz de comerse el mundo si se lo permiten. Y capaz también de venirse abajo y dar sus buenos tumbos. Vivió sus primeros veinte años en varios estados, debido al trabajo de sus padres; pronto se interesó por el cine y comenzó a experimentar por su cuenta y riesgo, a base de cortos y peliculitas, la primera de ellas un western titulado «The last gun”. Luego llegaría (1964) su primer largo de ciencia-ficción escrito por su hermana Nancy (que también aparecía en pantalla) y dirigido por él: «Firelight”; tenía dieciocho años y todos los ingredientes para convertirse en el típico niño prodigio. Lo fue; punto por punto. Veamos…
    Justo un año después (1965) se divorciaban sus padres y Steven se trasladaba con su madre y hermanas a Los Ángeles, la capital mundial del Cine que parecía estaba llamándole desde siempre. No pudiendo ingresar en la Universidad del Sur de California para cursar estudios de Cinematografía, se apuntó a una de rango menor, la del Estado de California en Long Beach, pero tampoco allí terminó los estudios…hasta el año 2002, año en el que le dieron su certificado. Empezó, pues, la guerra por su cuenta y en 1969 rodó el corto «Amblin” (nombre que tomó para su primera productora) con él atrajo el interés de la Universal que le fichó para su departamento de televisión.

    EL DIABLO SOBRE HOJUELAS

    La pequeña pantalla fue para él una formidable pista de pruebas, allí realizó durante varios años series, episodios y capítulos de todo tipo. Y uno de ellos sería «El diablo sobre ruedas” («Duel”, 1971) que saltó a la gran pantalla, permitiéndole romper el cerco televisivo. Aunque excesivamente influenciada por Hitchcock (demasiado) la película le descubrió definitivamente. Es más: incluso hoy se la sigue considerando una de sus obras más logradas, a pesar de la precariedad de medios. Había llegado la hora, el despegue ya era definitivo. Spielberg existía en el mapa del Cine. Y pronto lo confirmaría con un nuevo título, «Loca evasión” (1974) rocambolesco drama protagonizado por Goldie Hawn, y Premio al Mejor Guión en el Festival de Cannes, nada menos. Sólo faltaba un año para acariciar su auténtica consagración como realizador: «Tiburón” (de nuevo el suspense le estaba dando los mejores réditos) después de un rodaje terrible y sin grandes perspectivas de éxito, se encaramó hasta el primer puesto en las taquillas y no lo abandonó durante meses, incluso durante años. Considerada una de las películas más taquilleras de la historia, todo un fenómeno sociológico que aportó a su autor, junto al renombre ya adquirido, la etiqueta de «Midas de Hollywood”. Pero no todo fueron aciertos, claro: «1941”, una especie de parodia del ataque japonés a Pearl Harbor, fue un fracaso en toda regla, de crítica y público, de forma que se centra en su faceta de productor un tiempo, saca adelante «Locos por ellos”, documento/homenaje a la primera visita de los Beatles a Estados Unidos que dirigió Robert Zemeckis; repite con él en «Frenos rotos, coches locos” en 1980. Y Spielberg en ese momento estaba a punto de dar otro gran salto…

    DE «INDY” A «E.T.”, LOS 80 FUERON SUYOS

    Fueron suyos definitivamente, y en todos los terrenos: en el personal, se casó en 1985 con la actriz Amy Irving, el matrimonio tuvo un hijo pero apenas duraría cuatro años. Por lo demás, todas sus relaciones conocidas han sido con actrices: con Sarah Miles, Margot Kidder y con Kate Capshaw, -que conoció en el rodaje de «Indiana Jones y el templo maldito”- y con quien se casó en 1995; con ella ha tenido cinco hijos y sigue en la actualidad casado.
    En el terreno profesional, y en comandita con su amigo George Lucas crea Indiana Jones, el personaje de aventuras más famoso del siglo XX, que amenaza con seguir siéndolo también en el XXI. «En busca del arca perdida” (1981) es la que inicia la saga. Y el actor lo aporta Lucas, se trae a Harrison Ford, refulgente aún la aureola del Han Solo de «La guerra de las galaxias”. Así que: una gran idea retro, dos amigos archiconsagrados y tres triunfadores juntos. ¡Bingo!. Las taquillas revientan de nuevo. «Indiana Jones y el templo maldito” (1984) sigue idéntica suerte y, cómo no, la misma «Indiana Jones y la última cruzada”(1989). Pero Spielberg, el imaginativo, hiperactivo (y negociante perpetuo) no se duerme en los laureles; y entre medias, -es decir, nada más terminar la primera entrega de «Indy”-, dirige «E.T.” una tierna historia de familia, amistad y extraterrestres, escrita por alguien también muy familiar: Melissa Mathison, en ese momento esposa de Harrison Ford. La acogida popular es enorme, el impacto infantil se trasmite a los adultos y ¿por qué negarlo? Spielberg recibe las bendiciones de todo globo terráqueo y posiblemente (nunca lo sabremos) hasta algunas procedentes de otras atmósferas lejanas a nosotros. Segundo acontecimiento triunfal en dos años consecutivos, lo nunca visto en Hollywood. Y aún hay más: «El color púrpura” llegaría en 1985 (tras el «Indy” nº 2) y en 1987 «El imperio del sol”, justamente antes del «Indy” nº3 (que no el definitivo). Resumiendo: de las entrañas de la Tierra saltaba directamente a las estrellas, y de las raíces negras americanas a la milenaria China invadida por Japón en la Segunda Guerra Mundial; todo un concierto, pues, de escenarios y temas para el hombre-orquesta del momento. Aunque (y precisamente por eso) no todo iban a ser aplausos: algunas voces clamaban ya contra ese «creador” que a punta de taquilla y emoción fácil destripaba algunas cuestiones serias simplemente con aire resultón y exceso de desparpajo. Meros prejuicios en la mayoría de los casos (no en todos, claro) que hicieron su mella a la hora de los reconocimientos. Cómo explicar si no que «El color púrpura”, nominada a once Oscar (no en la categoría de Mejor Director) no consiguiera absolutamente ninguno?.

    INTENTOS FALLIDOS Y ALTIBAJOS VARIOS

    A Spielberg le gusta reconocerse como un cinéfilo empedernido y proclamar influencias de grandes clásicos como Kurosawa, Hitchcock o Kubrick, nada menos. Lo cierto es que él también se ha convertido en un clásico y aunque este calificativo sea indiscutible, sí es en cambio bastante discutido. Muchos de sus detractores le ven como un cineasta prepotente, superficial y disperso, le conceden la cualidad de gran «entretenedor” (que no es poco) pero siempre protegido de suculentos presupuestos. Otros le achacan una molesta vena puritana, cargada de moralina y cargante por su reiteración. Y hasta hay quien quiere hacerle pasar por un «tío listo” con gran ojo para el negocio, cierto de manejo de la técnica y casi hueco de argumentos. Lo que desde luego nadie le discute es que dinero, eso sí, ha hecho –y ha dejado hacer- como escombro. Que no es infalible, está claro; el caso es que inauguró la década de los noventa con un pequeño descalabro titulado «Hook” y menos mal que dos años más tarde «La lista de Schlinder” (1993) le redimió casi para los restos. Empezaba ahora una nueva etapa para el inquieto, insaciable, productor; la diferencia esencial sería que se jugaba su propio dinero… y el de sus socios: en 1994 Steven Spielberg, Jeffrey Katzenberg y David Geffen lanzaban a bombo y platillo la compañía DreamWorks, un panal de rica miel que atrajo a lo más granado de la industria estadounidense. Sería muy prolijo detallar aquí los fichajes que «el trío de ases” vampirizó a otros estudios y las luchas que libró al respecto. Pero desde el principio se les percibió demoledores y poderosos; y así actuaron. Hoy –y a pesar del gran volumen de negocio que DreamWorks sigue moviendo- la palabra «decadencia” se le repite en exceso. Y volviendo a los aciertos y desatinos (nos habíamos quedado en el éxito de «La lista de Schlinder”) también en los noventa nacieron productos tan dispares como la ramplona «Amistad” o la engorrosa «Salvar al soldado Ryan” (1998) de la que se salvaron, por méritos propios, los impecables treinta primeros minutos del desembarco; el resto…perfectamente olvidable y olvidado. El cambio de siglo le favorecerá sólo a medias, Empezando con «A.I. Inteligencia articifial” (2001) siguiendo con «Minority report” y «Atrapame, si puedes” (2002) y discurriendo más bien cuesta abajo con «La terminal”, «La guerra de los mundos” y la esperada –y fallida- resurrección de «Indiana Jones”, esta vez en …”el Reino de la Calavera de Cristal”. La taquilla? bien, gracias; el prestigio? en precario… pero él puede seguir siendo también «el mago del resurgimiento”.