SEAN CONNERY

    EL PRIMER Y MÁS CARISMÁTICO JAMES BOND DE LA HISTORIA

    Thomas Sean Connery nació en Edimburgo el 25 de agosto de 1930; su padre, Joseph, era católico irlandés y su madre, Euphemia, protestante, así que el contraste lo vivió ya desde dentro; oscuro de piel y muy larguirucho (mide 1,88) fue un niño trasgresor que ya fumaba a los nueve años (en 1993 le dieron radioterapia tras extirparle un tumor benigno en las cuerda vocales) siempre se mostró seguro de sí mismo y siempre dejó asomar un cierto gusto por lo extravagante y exótico.

    De joven desempeñó los más variopintos oficios: desde repartidor de leche a pulidor de ataúdes, camionero o socorrista… y desde que se alistó en la Marina, a los dieciséis años, lleva dos pequeños tatuajes en el hombro derecho: en uno pone «Escocia por siempre” y en el otro «Papá y mamá”. Se enroló luego en la Marina Mercante, pero una úlcera de estómago le obligó a abandonar, y hasta recibió una pensión de invalidez. Justo después posó desnudo como modelo en la Escuela de Artes de Edimburgo.

    Se ha casado dos veces: la primera en de diciembre de 1962 (nada más rodar su primer Bond) con la actriz australiana Diane Cilento; se divorciaron en 1973, once años después, y tuvieron un hijo, Jason, también actor, nacido en 1963, en Londres. El segundo matrimonio, sin descendencia, fue con Micheline Roquebrune, en 1975, y con ella siguio casado toda su vida. Tuvo un hermano más joven, Neil, que es también actor. Y un nieto, Dashiell Quinn, nacido en 1997.

    Nació el mismo día que Tim Burton, sólo que veintiocho años antes…Vivió en Marbella, cerca de un campo de golf, deporte que practicó cuando no rodaba alguna película; pero le desagradaba enormemente la constante persecución de los periodistas y cambió Marbella por las Bahamas. Tuvo su propia productora, la Fountainbridge Films (Fountainbridge es el barrio de Edimburgo en el que nació). Y en Edimburgo, el 5 de julio del 2000, la Reina Isabel II le nombró formalmente Caballero.

    UNA IMAGEN BORROSA

    Con veintitrés era evidente la buena planta de este escocés algo altivo y destemplado; se presentó a Mister Universo, quedó el tercero en el apartado de «hombres altos” (no, de guapos) y eso que un poco antes, a partir de los 21, ya había empezado a perder pelo, de tal forma lo perdía pasados los treinta, que en todas las películas de Bond tuvo que llevar peluca aunque en las demás y en privado aparece siempre sin postizo. Ello no impidió que, con casi sesenta años, en 1999, los lectores/as de la revista «People” le votaran «el hombre más sexy vivo”.

    Pero no todo han sido aplausos y con razón: en 1987 organizó un verdadero escándalo cuando, en una entrevista con Barbara Walters, declaraba que le parecía bien pegar a una mujer, si se lo merecía o era preciso hacerlo para mantenerla a raya. Y lo peor es que ya había dicho cosas parecidas veinte años atrás, en la revista «Playboy”. A pesar de que arrastra fama de tacaño, cuando volvió a encarnar a Bond en «Diamantes para la eternidad”, en 1971, le pagaron una cifra astronómica (1.700.000 $) rompió todos los récords y donó su sueldo para obras benéficas en Escocia, cosa que repitió después con «Robin Hood, Príncipe de los ladrones”.

    Connery fue también el mayor colaborador económico del Partido Nacional Escocés (SNP) al que estuvo afiliado y por el que hizo incluso campaña electoral a favor de la independencia de Escocia, aunque sin obtener grandes resultados; tuvo que interrumpir sus donaciones durante un tiempo, cuando el Gobierno Laborista se las prohibió a todos aquellos que vivieran fuera del Reino Unido, como era su caso. Y como (ya lo habíamos dicho) tiraba un tanto a extravagante y bocazas, en 2003, sin ir más lejos, se lanzó a la piscina y aseguró que no regresaría a Escocia, hasta que fuera independiente; un sueño, un objetivo que (dijo también) esperaba ver cumplido.

    Durante once años recibió clases de baile del sueco Yat Malogren. Y además, según él mismo contó, otras clases bien distintas: rodando «Nunca digas nunca jamás” en 1983, el instructor de artes marciales le rompió inadvertidamente la muñeca y Connery pasó mucho tiempo sin saberlo; se lo tomaba como una simple molestia, hasta que le diagnosticaron la rotura. Por cierto: el instructor en cuestión se llamaba Steven Seagal. Siempre cuidadoso con su aspecto y su salud, siempre en forma, se operó de cataratas de los dos ojos en 2003.

    En enero del 2006 se sometió a una intervención quirúrgica más seria en un hospital de Nueva York, donde le extirpa-ron un tumor en el riñón. En cuanto al corazón, sus mejores amigos han sido Michael Caine y Richard Harris. Pero su ídolo principal, su referente mayor, fue el actor galés Stanley Baker, que hacía creíbles sus papeles de hombre fuerte, en películas británicas de calidad que él mismo producía.

    En 2004 se desataron los rumores acerca de su retirada, pero rápidamente los negó, alegando que pensaba hacer al menos otra película más y que sólo se estaba dando un respiro para escribir su autobiografía (algo que, por cierto, antes –otra vez el bocazas en acción- había repudiado abierta y reiteradamente). Dos años después, en 2006, anunciaba su retirada definitiva, en el curso de una entrevista celebrada en Nueva York.

    EL PRIMER BOND… Y EL MEJOR

    «El agente británico al servicio de Su Majestad” es en realidad un escocés militante, por tanto dudosamente británico, y ni tan convencido de prestar sus servicios a la Reina Isabel II. Pero eso aquí apenas importa. Objetivamente, Connery fue el James Bond por excelencia, el 007 más famoso de la saga por su elegancia, su masculinidad, su punto de chulería y sus enérgicas y a la vez sofisticadas maneras. Rodó seis títulos casi seguidos de la franquicia, empezó en 1962 con «007 contra el Dr. No”, dirigido por Terence Young, junto a otra actriz no menos emergente, una suiza desconocida y espectacular llamada Ursula Andress. Curiosamente, al creador del 007, el escritor Ian Fleming, no le convencía nada que Connery encarnara a su personaje, le resultaba «poco refinado”.

    Y justamente, había conseguido el papel por esa razón: porque el productor Albert R. Broccoli le había visto en la película «Darby O’Gill and the Little People” (1959) y había quedado impresionado por la lucha a puñetazos que Connery mantiene con el matón del pueblo en el momento clave de la película.

    Con Terence Young repitió al año siguiente en «Desde Rusia con amor” (su Bond favorito, según declaró); rodó después «Goldfinger” (1964) luego volvió a las órdenes de Terence Young en «Operación Trueno” (1965); más tarde «Sólo se vive dos veces” (1967) y finalmente «Diamantes para la eternidad” (1971).

    Lo de la eternidad Connery, harto ya de ser la imagen de Bond, se lo tomó esta vez al pie de la letra porque no volvió a meterse en la piel del agente secreto… hasta doce años después. Y como siempre ha presumido de tozudo y seriote, consiguió personalizar su decisión de volver incorporándola al propio título de la película: «Nunca digas nunca jamás”, una suerte de remake o segunda parte de «Días de trueno” a su entera y verdadera medida. Era la séptima de la saga y la definitiva… En un pase de prensa en París de «Diamantes para la eternidad” (1971) Connery se llevó (y presentó) al futuro James Bond, Roger Moore. Todo un toque de elegancia por su parte.

    UN ESTRATEGA CASI PERFECTO

    Pero sigamos detenidamente la estela de Connery desde el principio: el nombre que no existió hasta encarnar a Bond lograba con el personaje fama y dinero, y mientras no perdía el tiempo: empezó a echar sus redes fuera de la agobiante sombra del agente secreto y filmó entre medias «Marnie la ladrona” (1964) con Hitchcock, nada menos. Sabía mejor que nadie que los años pasan, que un Bond achacoso sería igual a un Bond patético y que además podía agotar al público.

    Se retiró en el momento justo, en la cresta de la ola, en plenitud; mucho antes de que la edad pudiera jugarle una mala pasada. Y acertó. Pura estrategia profesional, en su caso la edad no era aún problema alguno; de hecho, le sucedió un actor tres años mayor: Roger Moore (mayor pero, eso sí: británico de arriba abajo).

    Con la década de los setenta despega Connery como estrella y, sobre todo, como actor sólido; combina pequeñas apariciones («Asesinato en el Orient Express” 1974) con grandes papeles («El hombre que pudo reinar” 1975) a las órdenes de grandes directores (John Huston) y junto a no menos grandes y potentes opositores, como Michael Caine. Al año siguiente (1976) llega «Robin y Marian”, de Richard Lester, junto a Audrey Hepburn…  son catorce títulos en menos de nueve años pero, a excepción de los mencionados, no acabó de conseguir gran lustre con ellos.

    El gran calculador que lleva dentro le obligó a buscar oxígeno, y a darse de bruces con su mayor éxito, o sea: con Bond, James Bond. Así es como decide rodar «Nunca digas nunca jamás”, y relanzar su alicaída carrera, ponerse las pilas, vamos; acabada la incursión, deja intacta su poderosa imagen de hombre de acción, renace, se reinventa a sí mismo, e inicia otra fructífera etapa como «hombre maduro y sensato”. Así, es William de Baskerville en «El nombre de la Rosa” (1986) o el padre de Indiana Jones en «Indiana Jones y la última Cruzada” (1989).

    Y ahí lo tuvimos de nuevo: hecho un lujo, un verdadero icono. Su reafirmación profesional fue ya indudable, títulos como «La caza del Octubre Rojo”, «La casa Rusia”, «Robin Hood, Príncipe de los Ladrones”, «La roca”…, le ayudaron a atravesar sus ultimos años en activo y eligiendo. Empezó, no lo olvidemos, en 1954, con «Lilas de primavera”, ni siquiera aparecía en los créditos, y son ya más de cincuenta años y algunos (escasos) reconocimientos.

    MUCHOS PAPELES Y POCOS PREMIOS

    No tuvo Connery en su poder un Oscar mayor; sólo en 1988 consiguió uno, al Mejor Secundario, por su trabajo en «Los intocables”, como Jim Malone, veterano policía de Chicago enfrentado a un Al Capone encarnado por Robert de Niro. Coleccionó, desde luego, docenas de premios más discretos (algún Globo de Oro, alguno de los críticos)… y hasta una nominación a los Razzie por «La trampa” que rodó en 1999 junto a Catherine Zeta-Jones. De todas sus películas, su favorita fue «La ofensa” (Sidney Lumet, 1972) es de la que se sentía más orgulloso.

    Antes del rodaje de la super saga «El señor de los Anillos” tuvo una propuesta, que rechazó, para el papel de Gandalf (finalmente interpretado por Ian McKellen) no estaba dispuesto a pasarse un año y medio en Nueva Zelanda y además (argumentó) no entendía (o no quería entender) la novela original de Tolkein. También rechazó otra serie, la de «Matrix Reloaded” y «Matrix Revolutions”, en la que hubiera encarnado al Arquitecto.

    Y mucho antes, en 1968, también había rechazado el papel protagonista de «El caso de Thomas Crown”, que encarnó Steve McQueen. Luego confesaría que de este rechazo sí se había arrepentido, que había sido un error decir que no.

    Sean Connery Falleció a los 80 años en su casa de las Bahamas el 31 de octubre de 2020