MIGUEL MIHURA

    Miguel Mihura nació el 21 de julio de 1905 en Madrid, porque, según escribió en cierta ocasión, Madrid era el lugar más próximo a Chicote, ese bar de la Gran Vía en el que hacían tertulia un grupo de intelectuales de la época mientras miraban el escote de las cupletistas que tomaban café antes de actuar en Pasapoga. Pero murió pronto, con setentaitantos años (28 de octubre de 1977), aunque conservó siempre su sentido del humor, ese sentido punzante del humor característico de las personas tristes, que él recubría también de una medida dosis de inocencia recubierta de ocurrencias. En los últimos años de su vida dijo en una entrevista: «Me ha mandado un médico pasear, pero paseando por aquí, por la calle General Pardiñas, al anochecer, parezco un pobre. De modo que me voy a El Corte Inglés de Goya y allí paseo sobre moqueta, con luz y jovencitas para mirar”.

    Fue Miguel Mihura un niño hipocondríaco y sensible. De joven, abandonó los estudios y se dedicó a cultivar el humor. Fue director de la revista «La Codorniz», un mito de la prensa humorística española. «La Codorniz» declaró la guerra a Inglaterra por la polémica de Gibraltar. Mihura tuvo como estrecho colaborador en «La Codorniz» a su amigo Tono, con el que también escribió alguna obra de teatro.

    Miguel Mihura inventó desde su casa, en zapatillas, el teatro del absurdo en España y casi en toda Europa, mucho antes que Ionesco y toda esa generación de vanguardia, y aquí no lo entendió nadie, naturalmente, por lo que poco a poco fue acomodándose a los gustos del público. Su reconocimiento fue, pues, tardío: empezó a estrenar con asiduidad en la década de los 50.

    Las comedias de Mihura tienen el humor españolísimo de «La Codorniz» y un sentido de la intriga que había heredado de Simenon. Sus biógrafos cuentan que vivía pendiente de acudir a las librerías a comprar todas las novedades de Simenon, que afortunadamente eran muchas. Pocos autores tan prolíficos como el belga George Simenon, hasta el punto que se dice, exageradamente, que Mihura no leyó a otro autor.
    Mihura hace teatro del absurdo en «Tres sombreros de copa», su primera pieza, que tardó muchos años en estrenar, porque nadie comprendía aquí aquel complejo enredo romántico lleno de conejos y cupletistas guapas. Pero son completamente del absurdo dos obritas breves que escribió, casi inencontrables ya, tituladas «Una corrida intrascendente» y «El seductor», una deliciosa historia de amor. «El seductor» permanece inédita, comedia en un acto, no se ha representado nunca aunque sí se ha publicado, y alguien ha querido ver ahora en esa pieza un reflejo de «Esperando a Godot», de Samuel Beckett, una de las obras cumbres del teatro del absurdo, porque una y otra tienen ciertas semejanzas, entre ellas que los protagonistas se quedan esperando algo que nunca ocurre, que no llega. Pero no hay que buscar trascendencia en el teatro de Mihura. Hizo unas obras bien construidas, perfectas en lo que se llamó la carpintería teatral, con toda la fuerza de la palabra, sublimes en el manejo de las situaciones, tiernas, cuya ambición estética fue decreciendo poco a poco, para hacerse, ya está dicho, con el favor mayoritario del público. Mihura no quería buscarse mayores problemas, sino que intentó ganar dinero con su escritura para pagarse el piso de la calle General Pardiñas.

    La mayoría de sus obras son un grandioso divertimento. Como «Maribel y la extraña familia», a la que algunos expertos consideran su mejor texto, incluso por encima de «Tres sombreros de copa». O «El chalet de Madame Renard», que en los años 90 llevó de gira por toda España la actriz Elisa Ramírez, gran admiradora de este dramaturgo, que sostenía que nadie ha creado situaciones en el teatro como Mihura. O «Sublime decisión», esa historia entre la risa y la tristeza de cesantes y amores difíciles, que en los años 90 protagonizó Adriana Ozores en los Veranos de la Villa de Madrid. O «El caso de la mujer asesinadita», comedia que roza el drama entre el amor y el desamor, uno de los textos de este autor en los que resulta más perceptible la influencia de Simenon. O «Melocotón en almíbar», intriga policial con monjas listas de por medio, también con ecos del novelista belga. O «La decente», esa hermosa mujer que pide a un pretendiente que mate a su marido, porque ella no puede ser infiel en su matrimonio, dado que es muy decente, comedia que en 2008 protagonizaron en Madrid Manuel Galiana y Victoria Vera, otros dos intérpretes que se han caracterizado por su admiración hacia Mihura. O las inmensas «Ninette y un señor de Murcia» y «Ninette, modas de París», que tuvieron un enorme éxito sobre las tablas y han sido adaptadas en varias ocasiones al cine y a la televisión. La última en 2005, por José Luis Garci, con Elsa Pataki como protagonista. Mihura, sí, nos dejó esa «Ninette» moderna y afrancesada, «oui monsieur”, que continúa joven y hermosa pese al transcurrir de los años.
    Mihura fue también guionista de numerosas películas, muchas dirigidas por su hermano Jerónimo. Su guión más destacado fue el de «¡Bienvenido Mr. Marshall!», escrito junto a Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga, que dirigió este último.
    Miguel Mihura era un solitario, torpe de piernas, con un malhumor innato que compensaba con chistes que invitaban a una elegante sonrisa de tipo inglés pasado por Chamberí. Cultivó mucho las tertulias de café, con Tono, Edgar Neville y Enrique Jardiel Poncela.
    El teatro de Mihura es la frase ingenosa, el regocijante regate sintáctico a la lógica. «Alguien ha dicho que lo único molesto del matrimonio son los primeros 50 años que siguen a la luna de miel”, afirma uno de sus personajes. Mihura llegó a prohibir que a los teatros en los que él estrenaba entrasen los novios de las actrices jóvenes. Era un seductor, sí. Lo sorprendente llegó cuando en 2003, Sara Montiel, en su polémico libro de memorias, confesó: -”A mí me desvirgó Miguel Mihura”.
    Ahí estaba el maestro, ni pobre ni rico sino todo lo contrario.