LUCHINO VISCONTI

    El cineasta Luchino Visconti di Modrone, conde de Lonate Pozzolo, nació en Milán, el 2 de noviembre de 1906 en el seno de una familia de la más antigua aristocracia lombarda, los Visconti, cuyo linaje se remonta al Renacimiento. Fue un aristócrata, director de ópera y de cine italiano. Ha sido uno de los cineastas italianos contemporáneos más reconocidos a nivel internacional.

    Visconti era hijo del duque Giuseppe Visconti di Modrone, y de Carla Erba, hija de un poderoso industrial milanés. Desde muy joven se vinculó al teatro de la Scala de Milán, (convirtiéndose la ópera en una de sus pasiones), medio de expresión artístico con el que su abuelo, el duque Guido Visconti, y su tío Huberto Visconti mantuvieron una estrecha relación, pues ambos fueron sovrintendenti (superintendentes) del teatro de la Scala.
    En 1935 se trasladó a París, donde gracias a Coco Chanel se vincula y colabora con el cineasta francés Jean Renoir, con quien participó como asistente de dirección en «Los Bajos Fondos» (1936) y como asistente y diseñador de vestuario en «Una partida de campo» («Une Partie de Campagne») (1937).

    Posteriormente su obra se aproxima a los principios artísticos del neorrealismo. «Obsesión» (de 1943) fue la primera película neorrealista, movimiento que toma como antecedente al novelista Giovanni Verga; introdujo una nueva visión del cine, de la dirección de actores (frecuentemente no profesionales) y en la concepción de la realidad y de los problemas sociales. El neorrealismo no fue una escuela con principios y personalidades artísticas totalmente concordantes, ni en los directores ni en los guionistas, de ahí que se ha sostenido la existencia de una línea más idealista, representada por Roberto Rossellini, y otra, más próxima al marxismo o a las concepciones sociales afines, representada justamente por Visconti, entre otros.

    Con «Obsesión» en 1943, película de fuerte influencia renoiriana, Visconti trataba temas no aceptables hasta entonces por la censura fascista sobre la base de una novela de James M. Cain, «El cartero llama dos veces», narrando el asesinato de un hombre cometido por el amante de su esposa. Lo que más impactó a la sociedad italiana de la época, más allá de la excelente dirección de actores y la minuciosidad de estilo, fue el clima de opresión y el ámbito sórdido que se percibía en el film, pese a no tener aparentes implicancias políticas.
    Los años que siguieron hasta su segunda realización, «La tierra tiembla» («La terra trema», 1948), encontraron a Visconti comprometido con la lucha antifascista y la resistencia italiana. Las duras condiciones de vida de los pescadores, campesinos y obreros del sur italiano acapararon su atención, y sirvieron de inspiración a su nuevo film, el cual fue un fracaso económico, pero ubicó a Visconti en la cima de la escena política y social de la época, por el compromiso moral y humano que había enfrentado.

    En los años 50, después de filmar «Bellísima», protagonizada por Anna Magnani, melodrama ambientado en el mundo cinematográfico, Visconti encaró el tema del Risorgimento y la unidad italiana con «Senso», una historia de amor ambientada en los momentos más dramáticos del Risorgimento y una visión crítica que otra vez abrió el camino para que la censura se impusiera con toda su fuerza. Esa concepción totalizadora del Risorgimento se completó con la inclusión de un aspecto cultural importante: una ópera de Verdi y el espíritu del melodrama verdiano como médula de la película.

    Tras una incursión hacia un cine creador con la libre adaptación de una obra de Dostoievski, «Las noches blancas», Visconti retomó el sendero de los films munidos de cuestionamientos sociales, con la película «Rocco y sus hermanos» (1960). Nuevamente abordó el tema de los conflictos sufridos por los campesinos meridionales, esta vez en el marco de la historia de una familia que se traslada a Milán y la dura realidad que allí debe enfrentar.

    En «El gatopardo», su siguiente realización, concretó los indicios de gran producción evidenciados en su película anterior. En ella, con gran belleza visual y basándose en el libro de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, reflejó las reflexiones del príncipe Di Salina sobre la decadencia de su clase nobiliaria y su mundo que agonizaba, mientras la nueva burguesía ascendía al poder económico y político en el marco de los acontecimientos que sacudieron Sicilia en 1860 (la invasión de los camisas rojas conducidos por Giuseppe Garibaldi).
    «Vaghe stelle dell’Orsa» en 1965 —un nuevo ensayo de su cine de interioridad— y «El extranjero» —fiel reproducción de la novela de Albert Camus—, en 1967, sirvieron de antesala a «La caída de los dioses», una metáfora sobre el mal y la corrupción moral de una familia alemana vinculada con el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. «La caída de los dioses» reflejó con realismo y crudeza una etapa negra en la historia de la humanidad, y fue catalogada por los críticos como una película de brillante minuciosidad histórica.

    La ópera fue el primer amor de Visconti y el género sirve de marco o aparece conspicuamente en varias de sus realizaciones como en «Senso», «El gatopardo» y posteriormente en «Luis II de Baviera», que narra la obsesión del rey bávaro por la música de Richard Wagner. El título «La caída de los dioses» alude a la ópera homónima de Wagner, trazando un paralelismo entre Wagner y la Alemania nazi.

    En el escenario operístico milanés llevó al teatro de su ciudad, La Scala, a un nuevo esplendor con sus magníficas puestas en escena de «La Traviata», «Anna Bolena», «Ifigenia en Táuride» y «La Sonnambula» para Maria Callas. Trabajó en La Scala, la Ópera de París y Covent Garden en Londres en una recordada producción de «Don Carlos» de Verdi con Jon Vickers. Aparte de Callas, sus máximos colaboradores fueron Leonard Bernstein, Carlo Maria Giulini y Franco Zeffirelli, su más famoso discípulo.
    La década de los 70 se abre para Visconti con una obra maestra, «Muerte en Venecia» (1971), considerado uno de los films más importantes de la década, siendo su contenido fundamental la contradicción entre el artista —protagonista de la película— y su posición burguesa. En «Muerte en Venecia» la música volvió a hacerse presente en la figura del torturado compositor. Al film se debe en gran parte la popularidad actual de la música de Gustav Mahler cuyo «Adagietto de la Quinta Sinfonía» enmarca cada escena.

    «Ludwig («Luis II de Baviera»), un año después significó una coherente continuación de la realización anterior, vale decir, una reflexión acerca de las relaciones de la vida y el arte, entre la estética y la ética.

    En 1974 dirigió «Confidencias» («Gruppo di famiglia in uno interno»), que Visconti definió como un film antifascista en el sentido crítico y en el sentido lato del término. Poco tiempo antes de su muerte, y en un estado de salud bastante grave, logró concretar su última película, «El inocente», adaptación de la novela homónima de Gabriele D’Annunzio.
    La colaboración artística entre Visconti y varios colegas -Claudia Cardinale, Alain Delon, Burt Lancaster, Nino Rota, Silvana Mangano, Suso Cecchi D’Amico, Alida Valli, Dirk Bogarde, Anna Magnani, Rina Morelli, Paolo Stoppa, Giorgio Albertazzi, Anna Proclemer, Helmut Berger (que fue su amante durante poco tiempo) y otros- suma prestigio al trabajo de uno de los más importantes directores de cine y ópera del siglo XX que, junto a los directores Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Roberto Rossellini, Mauro Bolognini, y más tarde Pier Paolo Pasolini, Bernardo Bertolucci o los hermanos Taviani, situó al cine italiano en un puesto de honor.

    Luchino Visconti falleció el 17 de marzo de 1976 en la ciudad de Roma, cuando contaba 69 años de edad.