LIV ULLMANN

    Nació en Tokio el 16 de diciembre de 1938; su padre era un ingeniero noruego, agregado en la Embajada de Japón, que habitualmente trabajaba en el extranjero; de modo que la pequeña Liv (que en noruego significa «vida”) pasó su infancia de una esquina a otra del planeta: de Tokio, la familia se trasladó a Toronto (es bien conocida la colonia creada en esa ciudad, «la Pequeña Noruega” le llamaron a una zona concreta, debido a la cantidad de refugiados que huyeron de la ocupación nazi en aquellos momentos. Luego viajaron a Nueva York…pero murió su padre en 1945 y Liv se trasladó a Oslo, aunque no por mucho tiempo, ya que con diecisiete años fue a Londres, a estudiar Arte Dramático en la Weber-Douglas School. Debutó en el Teatro Rogalund de Stavanger, en Noruega con un papel para ella entrañable, el de Ana Frank. Y lo hizo tan bien, que pasó directamente al Teatro Nacional de Oslo para interpretar –ahí es nada- a Shakespeare y Brecht. Antes de cumplir los veinte, en 1957, rodó su primera película; llegó a rodar hasta cinco, todas en Noruega; pronto consiguió destacar, logró ser verdaderamente popular; aunque su popularidad se potenciaría de forma extraordinaria cuando la actriz sueca Bibi Anderson le presentó al director Ingmar Bergman. Pero hay que retroceder un poco en su biografía: en 1960, con veintiún años, se había casado con el psiquiatra de Oslo, Hans Jacob Stang, del que se divorció cinco años después. La vida junto a Bergman quedaba a la vuelta de la esquina…
    EL FISICO, SU CATAPULTA
    Liv está –y estaba ya entonces – considerada como una actriz eminentemente estudiosa, disciplinada y de las que en un plató dejaban pocas cosas al azar. Su rigor interpre-tativo y su preparación eran tan indiscutibles como eviden-tes; en cambio, comenzó a trabajar con Bergman simple-mente por su físico, no por el perfil profesional que proyectaba; exactamente comenzó con «el maestro” por algo tan aleatorio y tan casual como su parecido con Bibi Anderson, la actriz/fetiche del realizador hasta entonces.
    Cuentan que Bergman, al verla, empezó a imaginar (a maquinar) desde ese mismo instante «Persona” (1966), un juego emocional de dos mujeres en pantalla; escribió el guión pensando exclusivamente en ellas y juntas rodaron la emblemática e interesantísima trama psicológica que, además de ahondar en la usurpación de la personalidad -lo que el público recibe y percibe- le regaló a Bergman la ocasión de jugar la misma baza con «sus” actrices en la vida real. Y lo demás son hechos: Anderson, la más veterana, le dio aquí el relevo a la joven («la otra”) no sólo en la escena. Con ambas, es bien sabido, viviría Bergman una relación sentimental. La de Ullmann (mucho más intensa y dilatada en el tiempo) dio como fruto una hija, Linn, -también actriz- nacida, por cierto, cuando se estrenó la mítica película.
    COMPLICIDAD, INTENSIDAD…Y ARNICA!!!
    «Persona” fue sólo el encuentro, la primera de una larga lista de películas que generaron una intensa, tortuosa y fructífera colaboración de la nueva pareja: año a año, encadenaron un título tras otro. El imaginario de Bergman había dado con la intérprete de sus sueños; perdón: de sus pesadillas; y Ullmann fue para él lo que el recipiente al vino: el vehículo perfecto, el mejor trasporte, de su adusta, compleja pero apasionante carga psicológica. Así llegarían «La hora del lobo”(1967), «La vergüenza”(1968), «Pasión” (1969) «Gritos y susurros” (1972), «Secretos de un matrimonio”(1973), «El huevo de la serpiente”… hasta terminar en «Sonata de otoño”(1978), la última de esa etapa. A esas alturas de la relación, -más de doce años- «torturado” y «torturada” acordaron un punto final. Liv había encontrado ya otros escenarios y otros realizadores y –si bien es cierto que el sueco la elevó hasta la cumbre del Cine, con mayúsculas, no es menos verdad que ella se desnudó y vació entera, en favor un objetivo común: la calidad de la obra. «Sonata de otoño”, pues, era la última pero no, desde luego, la definitiva. Faltaba una escena.
    OTROS AIRES, OTRA CARRERA
    Mucho antes de rescindir su relación con Bergman, Liv –ya lo hemos dicho- había rodado con Terence Young en 1970 «Los compañeros del diablo”, una intriga de acción y drogas, en la que ella hacía de esposa de Charles Bronson. Al año siguiente (1971) rodó dos: «El visitante nocturno”, del húngaro Laszlo Benedek y «Los emigrantes” del sueco Jan Troell, trabajo que le llevó a las puertas del Oscar (con Troell volvió en varias y acertadas ocasiones) dió el salto a Hollywood de la mano de Charles Jarrott en «Horizontes perdidos”, compartiendo cartel con Peter Finch. Hasta los noventa estrenó aún muchos títulos más, a las órdenes de realizadores americanos y europeos: desde Daniel Petrie a Mauro Bolognini, Mario Monicelli… y el español Juan Luis Buñuel: «Leonor” (1975).
    Todo ello, ¿con qué resultados? pues casi siempre brillantes, pero no exactamente los apetecidos, al menos ella no se veía crecer en lo profesional, le faltaba algo, y en 1985 regresó a sus orígenes, a los escenarios de Londres, con la obra «Tiempos pasados”, de Harold Pinter. Pero necesitaba una carga de fondo…y de nuevo Bergman se la brindó: en 2003 rodaron la inmensa, definitiva y testamentaria «Saraband”, una suerte de final de trayecto, de cierre (ahora, si) de aquel conmovedor, íntimo, y agobiante círculo de convivencia, que tanto había emocionado al mundo. Liv volvía en «Saraband” a ser Marianne, el actor Erland Josephson, Johan… treinta años después de «Secre-tos de un matrimonio”, se enfrentaban y saldaban sus viejas cuentas. Fin, desde luego, para Bergman que nunca más volvió a ponerse detrás de la cámara.
     Sí se puso ella, en cambio; y su inspiración, la mostró sin ambages, era casi al cien por cien Bergman; una alumna aventajada, por supuesto intensa, concienzuda…, y no la única, pero sí la más próxima: en 1992 Liv Ullmann se estrenó como realizadora con la interesante «Sophie”, inspirada en la novela del danés Henri Nathansen, rodada en Copenhague y con la que consiguió el Gran Premio Especial del Jurado en el Festival de Montreal. En 1995 «Kristin Lavransdatter”, ambientada en la Edad Media y de nuevo basada en un libro, esta vez de Sigrid Undset, resultó ser la producción más cara hasta entonces en Noruega; y el mayor éxito conocido de taquilla también. Ese mismo año 1995 dirige el documental «Lumière y compañía”, al siguiente (1996) «Encuentros privados” y en 2000 «Infiel”, nuevo ejercicio de introspección en pareja. Como realizadora no ha dado, de momento, más títulos. Pero sí algunos libros de claro tono personal: «Changing”, su autobiografía, y «Tide”, una novela.
    PREMIOS
    Liv no tiene ningún Oscar en su haber, pero ha sido dos veces nominada: la primera en 1973 por «”Los emigrantes”, de Jan Troell (se lo «birló” Glenda Jackson por su papel en «Un toque de distinción”); y la segunda en 1976, por «Cara a cara al desnudo”, de Ingmar Bergman, pero el premio fue para Faye Dunaway, por «Un mundo implacable” («Network”).
    Aparte de «la preciada estatuilla” que todos llaman, en el teatro ha sido nominada dos veces a los premios Tony de Broadway: una, en 1975 por «Casa de muñecas” de Ibsen, y la segunda por «Anna Christie” de Eugen O’Neill; ha recibido en el Cine docenas de premios; en1988 el Festival de San Sebastián le dio la Concha de Plata a la Mejor Actriz por su papel en «La amiga”, de Jeanine Meerapfel; encarnaba a una de las madres de la plaza de Mayo argentina. Y reconocimientos, muchos: en 1984 fue Presidenta del Jurado del Festival de Berlín; en 2001 Presidenta del Jurado de Cannes; anteriormente, en 1978, miembro del jurado, también de Cannes… su interpretación como Elisabet Vogler en «Persona” figura en la revista «Première” en el puesto nº 49, dentro de «los cien mejores trabajos interpretativos de todos los tiempos”
    OFF THE RECORD
    Está claro que Liv se ha marcado una trayectoria profe-sional que nada tenía que ver ni con el glamour, ni con el dinero. De ahí que fueran muchas las negativas que ha «regalado” a la Industria. En 1980 , por ejemplo, Brian de Palma le ofreció el papel de Kate Millar en «Vestida para matar”, pero declinó la oferta por la violencia del tema y porque tenía una hija pequeña.
    Casada en segundas nupcias con Donald Saunders en 1985, no tuvo ningún inconveniente en declarar abierta-mente a la televisión noruega en una entrevista que lo único que veían, ella y su marido, era la serie «Sexo en Nueva York”, que les encantaba; y en 1998 recibió preci-samente una oferta para ser la actriz invitada en un episodio de la serie que transcurría en Paris. Aceptó emocionada, pero después de llegarle el guión se echó para atrás y lo rechazó.
    También en televisión declaró que en una ocasión metió a su gato en la lavadora, pero afortunadamente se dio cuenta de ello cuando aún no era demasiado tarde para el animalito…(?)
    Según ella misma ha asegurado, debe ser la única actriz de Bergman que no se llegó a enamorar del actor y co-protagonista Erland Josephson (el alter-ego de Bergman en pantalla).
    Por lo demás, no le gusta un pelo que todo el mundo, fuera de Escandinavia, la tenga por sueca, cuando es –y se siente- cien por cien noruega. Su relación con Bergman no le resulta, en todo caso, motivo suficiente para este reiterado y molesto error, que aún hoy se arrastra en sus biografías.
    Embajadora de la UNICEF desde 1980, ha viajado antes por el Tercer Mundo y después por el Primero, en busca de fondos y ayuda económica para la infancia y los refugiados de guerra, su máxima preocupación; es representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y a este fin dedica gran parte de su tiempo y pronuncia conferencias.