JOSÉ ISBERT

    José Isbert Alvarruiz ha sido uno de los grandes actores del cine y el teatro español entre los años 20 y 1966 en que falleció. Sus personajes han pasado a la historia del cine español, como el del padre y viejo verdugo, en la película de Berlanga, el farero de «Calabuch”, también de Berlanga, el jubilado de «El cochecito” o el concursante radiofónico que debe acudir a la emisora vestido de esquimal en «Historias de la radio”, de José Luis Saénz de Heredia.
    José Isbert nace en Madrid el 5 de marzo de 1885 y estudia el Bachillerato en Granada. Al volver a Madrid obtiene el título de Profesor Mercantil en la Escuela Central de Comercio pero nunca llegará a ejercer, ya que poco después, con solo 19 años, debuta como actor en el Teatro Apolo de Madrid en la obra «El iluso Cañizares”. Más tarde comienza una colaboración que se prolonga durante 16 años como primer actor en la compañía del Teatro Lara, con la que viaja por toda España y Latinoamérica. Aunque durante este tiempo interviene en algunas películas, es en el teatro donde consigue sus primeros éxitos, llegando a formar compañía propia en 1935.
    La primera incursión en el cine de Pepe Isbert tiene lugar en 1912 con «Asesinato y entierro de Canalejas”, de Adelardo Fernández, película en la que interpretaba al asesino. Tuvo algunas incursiones en las pantallas durante la época del cine mudo y a pesar de los comienzos del cine sonoro, su carrera cinematográfica no arrancó más que después de la guerra. Siempre fue un actor secundario, pero muy popular, trabajando asiduamente en todo tipo de películas, pero sobre todo comedias.
    Durante algo más de veinte años participa en cerca de un centenar de películas, interpretando de forma más o menos caricaturesca personajes llanos, a veces campestres, por lo común campechanos. A lo largo de su prolífica carrera trabaja en todo tipo de productos, aunque es ya en su madurez cuando protagoniza obras maestras imperecederas, como «El cochecito», «Bienvenido, Mister Marshall» o «El verdugo».
    MÁS DE 100 PELÍCULAS
    Ha trabajado en más de 100 películas, entre las que se encuentran, además de las citadas, «Un traje blanco” (1956), «Mi tío Jacinto” (1956), «Manolo, guardia urbano” (1956), «Los ladrones somos gente honrada” (1956), «Un ángel pasó por Brooklyn” (1957), «Los jueves, milagro” (1957), «Los ángeles del volante” (1957), «Faustina” (1957), «Lo que cuesta vivir” (1958), «La vida por delante” (1958), «Bombas para la paz” (1958), «Don José, Pepe y Pepito” (1959), «Don Lucio y el hermano Pío” (1960), «Días de feria” (1960), «Margarita se llama mi amor” (1961), «Tú y yo somos tres” (1962), «La gran familia” (1962), «Cupido contrabandista” (1962), «Los dinamiteros” (1963) u «Operación Dalila” (1965), que fue su último trabajo. En sus últimos trabajos su afección laríngea le impedía doblarse (en la época en el cine español no se usaba el sonido directo), por lo que hubo que recurrir a un doblador que le imitaba perfectamente con su voz carrasposa característica. En 1964 se ve obligado a abandonar la actuación debido a un cáncer de garganta que le provocaría la muerte dos años después, el 28 de noviembre de 1966 en Madrid. José Isbert fue el patriarca de una saga de artistas, padre de la actriz María Isbert y abuelo de los también actores Tony Isbert y Carlos Ysbert.
    Isbert obtuvo el Premio del Sindicato Nacional del Espectáculo en 1958 por el conjunto de su trabajo, siendo también galardonado con la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes y con la Medalla al Mérito en el Trabajo, habiendo sido objeto de numerosos homenajes. En 1960 publicó sus memorias que tituló «Mi vida artística”. Con el paso de los años se ha convertido en uno de los nombres míticos del cine español de todos los tiempos.
    SUS CITAS
    «Muchos opinan que no soy fotogénico y creo que tendrán razón, porque no disfruto de un físico como para retratarlo, pero opino que eso de la fotogenia es un cuento. En una misma película hay planos en que sacan a una muchacha preciosa, y en la escena siguiente, debido a un mal enfoque, la convierten en una cacatúa”
    «Yo no conozco más que una clase de actor: el intérprete. El que lo es, lo demuestra en cine, teatro o televisión. Lo único que difiere es la técnica. El intérprete ideal será aquel que sepa emocionar o regocijar, distraer al público o inspirarle algo. Si no consigue atraer su atención, será un mal intérprete de cine, teatro o televisión».
    «La risa es el consuelo de la humanidad, la caricia del espíritu, el eco de la buena consciencia, la expansión de la juventud, la música que brota del alma, al calor que rompe el hielo, la vida, la salud, la libertad, la dicha; todo lo bueno se refleja en la risa».
    DE ÉL SE HA DICHO…
    «Observando actuar, hablar, gesticular en el celuloide a Pepe Isbert enseguida se produce una corriente interna de fraternidad y comunicación con el actor. Isbert es distinto, su socarronería, ese timbre de voz tan peculiar, su arte interpretativo sin parangón le ubican en un lugar aparte del cine español, alcanzado por escasos de sus colegas (…) La presencia en pantalla de Pepe Isbert salvaba de la rutina cualquier film y aliviaba del insistente sopor que invadía al más predispuesto espectador, insuflaba algo personal, propio, completamente intransferible, a su personaje. Porque lo que eleva a un actor por encima de la medianía radica en que el personaje a veces no importa» (Ramón Freixas en «El cine de José Isbert»)
    «Bajito y con aspecto de buena persona, encarna a lo largo de muchas cintas tipos cómicos, de hombre sincero y llano, caricaturas del español medio, con todas las virtudes y prejuicios que éste arrastra. Son rasgos definitorios su pachorra, su bondad y la manera natural de componer los tipos que interpreta, siempre dotado de un estilo personal, inconfundible, gracias a aquella voz tan suya entre oxidada y castiza, pero jamás engolada». (Joaquim Romaguera i Ramió en Avui, 1981).
    «Isbert lleva escrito en su físico todo este periodo (la posguerra). Su apariencia externa era fácilmente identificable para cualquier espectador en sus mismas circunstancias. Y en 1950 los había. El hombre de la calle se metía fácilmente en la piel de los personajes que le servía en la pantalla Pepe Isbert. Bajo, campechano, francote, sin ningún tipo de sofisticación y mucho menos de resentimiento político, era el actor ideal para encarnar en el cine personajes que podían encontrarse normalmente en cualquier medio modesto tanto rural como urbano. Su voz, cascándose cada vez más a medida que se acercaba su muerte, sus gestos de hombre poco cultivado, pero que ha vivido lo suyo, configuraban una personalidad propia del hombre que se ha hecho a sí mismo en lucha sobre todo contra su circunstancia. Su personaje típico reflejaba la frustración inconsciente del español al que le habían arrebatado la posibilidad de la libertad política o sexual o la de ser algo más que un número en el centro del país». (Ángel Comas en El Noticiero Universal, 1981).