JEAN-PIERRE MELVILLE

    Precursor de la nouvelle vague y destacado artífice del polar francés, Jean Pierre Grumbach, conocido como Jean-Pierre Melville nació en París; 20 de octubre de 1917. Sus películas sobre todo las de la década de los 60 acusan una exaltación total de la amistad entre hombres, muchas de estas películas están basadas en historias de gangsters y de personajes que han vivido la Segunda Guerra Mundial, durante la Francia ocupada por el ejército nazi, ya que él mismo fue protagonista activo de la contienda.

    Jean-Pierre Melville nace en una familia alsaciana de origen judío. Cuando tenía cinco años le regalaron por Navidades un proyector Pathé-Baby y al año siguiente una cámara tomavistas de 9,5 mm, con la que graba a su familia. Melville se apasionó por el cine al ver películas estadounidenses. Pero no sería hasta el final de la Segunda Guerra Mundial cuando decide dedicarse profesionalmente al cine. La ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial sería uno de los hechos que más le influyó a la hora de hacer películas. Durante este conflicto, apoyó a la Resistencia, hecho que le inspiraría varias de sus películas. Se une a la Francia Libre en Londres, en 1942, y ya por entonces toma el seudónimo de «Melville», para unos en homenaje a su actor favorito estadounidense, Herman Melville, para otros para recordar al autor de Moby Dick.
    Por razones políticas se le cerraron las puertas del sindicato de técnicos cinematográficos, de modo que Melville decide crear su propia productora, lo que le permite mayor libertad de movimientos cinematográficamente hablando. Así, decide adaptar «Le silence de la mer» (1947), obra literaria de Vercors, participando como productor, guionista, director y montador, como si se tratase de un film amateur. Por eso, los jóvenes críticos de Cahiers du Cinéma consideraron a Jean-Pierre Melville como un autor completo. A continuación realiza más producciones, como «Los chicos terribles» («Les enfants terribles» 1949), que es una pequeña crónica familiar. Tras unos comienzos difíciles, su valor comenzó a ser reconocido por una legión de seguidores, lo que le lleva a realizar una serie de películas, de las cuales, la más notoria será «Deux hommes dans Manhattan», (1958).
    En 1955, creó sus propios estudios, los estudios Jenner, en un almacén de la calle Jenner (del distrito XIII), de París. Encima de él, vive entre 1953 y 1967. Pero el 29 de junio de 1967 un incendio lo destruye, mientras rodaba «El silencio de un hombre» («Le Samouraï»).

    Hasta 1961, año en que rueda «Leon Morin Prêtre», Melville definiría su cine como «la búsqueda de un lenguaje». A partir de entonces, empieza a rodearse de actores más conocidos, algunos de ellos auténticas estrellas del cine francés. Sus principales actores fetiches, a partir de esta nueva etapa, fueron Jean Paul Belmondo, Lino Ventura y Alain Delon, siendo este último el más recordado y con el que Melville mantuvo una amistad más estrecha. Otras figuras de las que se rodeó fueron Simone Signoret, Michel Piccoli, Stefania Sandrelli, François Périer, Yves Montand o Gian Maria Volonté.
    En esta época realiza sus películas más reconocidas: «El confidente» («Le doulos», 1962), «Hasta el último aliento» («Le deuxième souffle», 1965), «El silencio de un hombre» («Le samouraï», 1967), «El ejército de las sombras» («L’armeé des ombres», 1969) y «El círculo rojo» («Le cercle rouge», 1970).

    Jean-Pierre Melville concibió gran parte de sus filmes a partir de obras literarias, que supo transformar para darles una entidad individualizada. Su cine es una obra de hombres que dudan, sueñan, actúan y conviven cada día con sus miedos y esperanzas. No contempla la insólita grandiosidad épica que tantos asocian con la palabra celuloide. Su épica es la de una cotidianidad concreta que, enmascarada por las vestimentas, es la del hombre común.

    Melville siempre ha sido considerado el director más estadounidense de los franceses, el más francés de los estadounidense… Se le tachó de estadounidense por la realización de películas como «Deux hommes dans Manhattan» (1958), «Le Doulos» (1962) o «Le deuxieme souffle» (1966), películas con historias sobre robos, crímenes y gángsters, tan típicas del cine estadounidense de los años 30, que tanto influyó en el director galo. Un claro ejemplo de este acontecimiento se da en su película más conocida, «El silencio de un hombre» («Le samourai», 1967), en la que el protagonista (Alain Deloin) interpreta a un asesino de nombre Jeff Costello, un nombre impensable para el escenario parisino donde sucede el film. Otros le tachaban de «francofrançais», más francés que los franceses, por obras citadas como «Les enfants terribles» (1950), «Leon Morin Prêtre» (1961) o «El ejército de las xsombras» («L’armée des ombres»,1969). La primera es una adaptación de una obra de Jean Cocteau y las dos últimas películas tratan sobre la resistencia durante la ocupación alemana entre 1940 y 1944. La conclusión es, como muy bien argumentó el mismo Melville, que su cine no podía integrarse dentro del tan cacareado cine nacional. Sus temáticas eran las del hombre para el hombre y tenían, y tienen, una vigencia universal.
    La exaltación, por parte de los críticos de la revista Cahiers du Cinéma, del cine de autor, les lleva a descubrir y lanzar a Melville como patrón de ejemplo y guía de lo que debe ser el «nuevo cine francés». La admiración de sus compañeros de profesión les llevó a darle papeles dentro de sus obras. Este es el caso de Jean-Luc Godard, en «Al final de la escapada» («À bout de souffle»), y Claude Chabrol, en «Landrú». Además, siempre ha quedado clara su influencia en directores posteriores a su muerte como John Woo, Ringo Lam y Quentin Tarantino.

    Pese a todo, realmente es el gran olvidado de la historia del cine francés en particular y de la historia de cine en general, de una manera más o menos injusta, ya que siempre está presente en la mente de los cinéfilos mediante ciclos e incluso ediciones impresas en revistas o libros, a pesar de que nunca se le haya considerado de una forma total y plena como se merece.

    A pesar de haber dirigido sólo trece largometrajes a lo largo de sus 23 años de carrera, la poderosa influencia de Melville y su personalísimo estilo han dejado una huella indeleble en multitud de directores posteriores. Autores icónicos de la Nouvelle Vague como Jean-Luc Godard o François Truffaut reconocieron la importancia de su trabajo, hasta el punto de ser considerado en ocasiones como uno de los padres del movimiento. Pero su estela puede seguirse más allá de las fronteras de Francia: Martin Scorsese, John Woo, Quentin Tarantino o Michael Mann se cuentan entre los muchos directores que le han nombrado como una influencia clave en su trabajo.
    La razón de esta fascinación por el trabajo de Melville la puede explicar, mejor que nadie, el propio autor: «Un cineasta es como el maestro de un espectáculo de sombras. Trabaja en la oscuridad. Crea a través de efectos. Soy perfectamente consciente de la extraordinaria deshonestidad que supone ser eficaz, pero al espectador nunca se le debe permitir ser consciente de hasta qué punto todo está manipulado. Debe estar hechizado, prisionero de la película”. Guiada por esta filosofía, la obra del director francés nos adentra en un universo que solo puede existir en la oscuridad de una sala de cine.

    Jean-Pierre Malville fallece en París el 2 de agosto de 1973 en el momento de su máxima creatividad. Su última película, estrenada un año antes, fue «Crónica Negra» («Un flic», 1972).

    Sobre el cineasta se hizo posteriormente un documental, «Sous le nom de Melville», de Olivier Bohler, que narra el recorrido de Melville durante la Segunda Guerra Mundial y el impacto que tuvieron en su obra tanto ésta experiencia como la participación en la Resistencia. La película incluye entrevistas con cineastas como Johnie To, Masahiro Kobayashi o Bertrand Tavernier.