GIULIETTA MASINA

    Giulia Anna Masina, conocida artísticamente como Giulietta Masina nació en San Giorgio di Piano (Italia) el 22 de febrero de 1921. Hija del violinista y profesor de música Gaetano Masina y de la maestra Angela Flavia Pasqualin, pasó la mayor parte de su infancia y adolescencia en Roma viviendo en casa de una tía suya que quedó viuda. Estudió en el liceo de las Hermanas Ursulinas y posteriormente se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de La Sapienza. Durante su paso por la universidad, cultivó su pasión por la interpretación y en el curso 1941–1942 participó en numerosos espectáculos de danza, música y teatro universitario en el Stadium Urbis, que luego se convertiría en el Teatro Ateneo de Roma. En 1943 entró a formar parte de la Compañía de Teatro Cómico Musical donde actuaría como bailarina, cantante y actriz en diferentes operetas y obras cómicas.

    En esta fechas, también comienza a trabajar como actriz de radio, junto a Nella Maria Bonora y Franco Becci, voces muy populares en la época. Comienza a ser conocida, por el éxito del serial radiofónico, «Terziglio», que contaba las aventuras de Cico y Pallina, que interpretaba junto al locutor Angelo Zanobini. Ésta estaba escrita por Federico Fellini, por entonces un versátil joven, redactor de la revista satírica Marc’Aurelio. Giulietta y Federico se enamoran y se casan el 30 de octubre de 1943, comenzando así una intensa relación afectiva y artística, que sería una de las más relevantes de la historia del cine italiano. Varios meses después del matrimonio, una caída por una escalera le produciría un aborto. Tras esto, el 22 de marzo de 1945, nace su hijo Pier Federico, que desgraciadamente fallecería sólo un mes después, el 24 de abril de 1945 de insuficiencia respiratoria. Fue el único hijo que tuvo la pareja.

    Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Giulietta Masina retoma el teatro universitario con la obra «Angélica», escrita y dirigida por Leo Ferrero y coprotagonizada por Marcello Mastroianni, otro de los actores italianos más reconocidos de la historia. La obra «Gli innamorati» sería su última incursión en el teatro en 1951.

    Su primera incursión en el cine se produjo en 1946 como extra en la película «Camarada» («Paisà») de Roberto Rossellini, sin llegar a figurar en los créditos. Fue sólo un papel episódico pero le abriría las puertas del séptimo arte. u verdadero primer trabajo fue en 1947 en la película «Sin piedad» («Senza pietà»), dirigida por Alberto Lattuada e interpretada junto a Carla del Poggio. Este papel, de chica de buen corazón y aspecto pizpireto, se repetirá en esta primera etapa en películas dirigidas por Carlo Lizzani, Giuseppe Amato o Renato Castellani. Pero es de la mano de su marido Federico Fellini cuando alcanza la popularidad mundial con su mítico personaje de Gelsomina en la película «La strada» (1954), junto a Anthony Quinn y Richard Basehart.

    Gelsomina, la heroína de «La Strada», no difería demasiado de los papeles que siempre encarnó Masina; jóvenes, tiernas e ingenuas mujeres que deambulaban desorientadas y atónitas por mundos marginales -como la joven y tontuela prostituta Cabiria con sus calcetines ridículos- a los que ella aporta su inteligencia, su sensibilidad y su indiscutible talento. La simiente estaba en la amorosa e infantil Gelsomina, recursora de las mujeres aplastadas, pateadas, humilladas pero con su capacidad de amor intacta. Mujeres que abren los ojos al mundo y se asombran al comprobar que en torno suyo existe y reina la maldad. Fue Fellini quien la rescató de los papeles secundarios para convertirla en un ser original de fuerza inigualable. Fellini extrajo lo mejor de su Giuletta, dotando de un vigoroso encanto poético la simplicidad de sus personajes.

    En 1957, Giulietta Masina interpretó el que es, probablemente, el papel más relevante de su carrera en «Las noches de Cabiria» («Le notti di Cabiria»), dirigida por su marido. Este personaje aparecía fugazmente ya en la primera película de Fellini «El jeque blanco» («Lo sceicco bianco») de 1951.

    El Fellini muchas veces dominante que condujo su carrera la deja durante un tiempo al azar de su propia evolución como actriz. Es la etapa de «Fortunella», que protagoniza junto a Alberto Sordi a las órdenes Eduardo De Filippo, «El Infierno de la ciudad» o «La gran vida». Su carrera se detiene entonces en la práctica y Giuletta se convierte en víctima de su propio mito. El resurgir llegaría de nuevo de la mano de Fellini, a cuyas órdenes rueda en 1965 «Giuletta de los espíritus» («Giulietta degli spiriti»), de 1965, el primer largometraje en color del director, «Giulietta de los espíritus» es una historia de fuerte carga surrealista sobre la infidelidad en la pareja.
    Giulietta Masina trabajó con directores de distintas nacionalidades. De estas colaboraciones cabe mencionar su participación en «Landrú» (1963), de Claude Chabrol, sobre la vida del famoso asesino francés, o el trabajo que realizó en «La loca de Chaillot» (1969), de Bryan Forbes, película que marcó el inicio de un largo paréntesis en su carrera, ya que no volvió a rodar hasta 1985, cuando, bajo la dirección de Juraj Jakubisko, intervino en «Perinbaba».
    A pesar de que su carrera cinematográfica fue predominante, Giulietta Masina trabajó también en radio y televisión. De 1966 a 1969 fue, con gran éxito, presentadora de un programa radiofónico titulado «Cartas a Giuletta Masina», en el que los radioyentes escribían a la actriz. Estas cartas fueron posteriormente recopiladas en un libro. También trabajó en televisión fundamentalmente en los 70, en dos producciones de gran éxito: «Eleonora» (1973) dirigida por Silverio Blasi y «Camilla» (1976) dirigida por Sandro Bolchi, adaptación de la novela «Un inverno freddissimo» de Fausta Cialente
    En 1985, volverá a actuar para Fellini en la melancólica historia de «Ginger y Fred» («Ginger e Fred») donde junto a Marcello Mastroianni interpretarán a una antigua pareja de baile que imitaban a Fred Astaire y Ginger Rogers, muy populares durante la guerra y que se reúnen al cabo de muchos años invitados por un grandilocuente show televisivo, paradigma del consumismo y del sentimentalismo fácil. Fellini aprovechó la película para dar una particular visión del mundo de la televisión privada que hacía estragos en Italia. Con sesenta y seis años, la actriz contribuía al tono crepuscular y ácido del argumento.

    Giulietta Masina murió, víctima del cáncer, en la capital italiana el 23 de marzo de 1994, a la edad de 73 años. Sólo sobrevivió cinco meses a su esposo, que murió en octubre de 1993, Y nunca se recuperó del mazazo que le produjo la muerte de su marido. Fellini y Masina fueron enterrados junto a su malogrado hijo en el cementerio de Rímini, ciudad natal del director. En 2003 se descubrió junto a la tumba un monumento en bronce en forma de vela realizado por el escultor italiano Arnaldo Pomodoro.

    La actriz poseía cuatro Nastro d’Argento del Sindicato de periodistas cinematográficos italianos, como actriz principal por «Las noches de Cabiria» (1958) y «Ginger y Fred» (1986) y como actriz secundaria en «Sin piedad» (1948) y «Luces de variedades» («Luci del varietà», 1950). Además le fue concedido un David de Donatello especial en el 30º aniversario de los premios en 1986 y fue candidata en dos ocasiones a los Premios BAFTA británicos como mejor actriz extranjera en 1954 y 1957. En los festivales de cine, Giuletta Masina obtuvo el reconocimiento como mejor actriz por su papel en «Las noches de Cabiria» en 1957 en Cannes y en San Sebastián.

    Giuletta fue uno de los milagros que Italia aportó al mundo. Ella misma decía, entre bromas y veras en los tiempos felices, que los italianos inventaron dos milagros en los años 50: «la vespa y Giuletta Masina». Era una grandísmoa actriz señalada en su día como «la mejor» por el mismísimo Charles Chaplin.

    Giuletta Masina se negó siempre a ser adulta. Gustaba dejarse llevar de los impulsos de manera ingenua hasta que la vida le mostró su cara más amarga. «Tengo una defensa desde niña: creo en mis fábulas, me invento la vida», decía. «Busco refugio en historias que yo me fabrico: las fábulas son una maravilla, terminan siempre bien, a mi gusto»
    «Me fabriqué a mi gusto las personas de mi padre y de mi madre, hermanos, amigos, toda mi parentela» rememoraba en una entrevista de 1987. «He inventado fábulas y las he mezclado con mi existencia de modo que ya no distingo, no sé cuándo el mundo ha sido real y cuándo ha sido invento mío». Giuletta estaba hecha para amar. «Sería incapaz de vivir sin amor, hacia mí misma, hacia los demás», afirmaba. «Hubo un tiempo en el que quise encerrarme en mi egoísmo, pero no lo conseguí. Resulta mucho mejor sufrir por amor que convertirse en una rama seca, quemada por dentro, por la heladora ausencia de sentimientos».
    Una grave crisis le sirvió para aceptarse «como Giuletta, una criatura fabricada de luces y sombras, un ovillo de amores y defectos». Durante medio siglo Giuletta cultivó ese amor por Fellini, con quien compartió alegría y desgracia en su piso de la via Margutta. No le costó ser la mujer de un genio y reconocía orgullosa que su esposo -para muchos un tirano sin sentimientos cuando estaba detrás de la cámara- le hizo feliz. «Todas las convivencias son difíciles, pero yo he tenido la suerte de que me tocara un genio en lugar de un cretino, y lo prefiero».