BARBARA STANWYCK

    Al igual que en una sus más memorables interpretaciones, Barbara Stanwyck se paseó como una gata negra por el lado salvaje de la vida. Fue miembro del triunvirato de actrices divas de la época dorada de Hollywood, junto a Bette Davis y Joan Crawford, y encarnó a una de las más conocidas mujeres fatales de la pantalla de la historia del cine.
    Ruby Catherine Stevens, nombre original de la artista, nació el 16 de julio de 1907 en Brooklyn (Nueva York). Tuvo una infancia difícil y truncada por la muerte de su madre y el abandono de su padre. Sus inicios nada tienen que ver con el cine, ya que comenzó como telefonista donde ganaba 14 dólares a la semana. Cuando hizo sus primeros pinitos en el mundo del vodevil, al que accedió como corista, decidió cambiar de nombre para ser alguien. No le haría falta con el gran talento interpretativo que más adelante demostró.
    DE BROADWAY A HOLLYWOOD
    Broadway fue su primer escalón en una carrera ascendente hacia la meca del cine. Durante esta etapa conoció y se enamoró del que sería su primer marido, el polémico actor Frank Ray. Debutó entonces con un tímido papel en una película muda, «El dueto errante” (1927), pero su ambición cinéfila comenzó con el traslado de la pareja a Los Ángeles. Se dice que el guión de «Ha nacido una estrella”, de William A. Wellman, está basado en el conflictivo matrimonio y en la obsesión del marido por convertir a Stanwyck en una diva.
    La pareja no pasó desapercibida en Hollywood, ni tampoco el talento de Barbara, que tras algunos papeles en las estimables «The Locked Door” (1928) y «Mexicalli Rose” (1929), trabajó en los cinco años siguientes con grandes directores. Su primer gran éxito vino de manos del maestro Frank Capra, con «Mujeres ligeras” (1930). Bajo sus órdenes protagonizaría otros hitos como «La mujer milagro” de 1931, «Amor prohibido” (1932), «La amargura del General Yen” (1933) y «Juan Nadie”, esta última en 1941.
    Durante dos décadas se convirtió en la reina de las colinas de Griffith Park. Fue uno de los pilares del Hollywood dorado, aquel que convirtió a sus estrellas en referencia obligada de la sociedad. Willian A. Wellman le ofreció papeles que le permitieron afirmar su personalidad en películas como «Enfermeras de noche” o «La estrella de las variedades”.
    A LAS PUERTAS DEL OSCAR
    la estatuilla. Howard Hawks le brindó con «Bola de Fuego” su segunda oportunidad.
    En 1944 llegó Billy Wilder con ”Perdición” bajo el brazo. En la película, basada en el guión de la novela negra de Raymond Chandler, aparecía una Barbara Stanwyck espectacular. No tenía la dulzura de la Bergman, ni la belleza de Ava Gadner, pero demostró una gran carisma. Con un guión perfilado a cuchillo, como correspondía al gran Wilder, la actriz daba vida a un personaje que se convertiría en el arquetipo de mujer fatal, provocativa e implacable. La pérfida Mrs. Dietrichson pasó a la historia del cine, pero no caló en la Academia, que le negaba el Oscar por tercera vez.
    Después vendría «El extraño amor de Martha Ivers” en 1946 y «Voces de muerte” en 1948. Cuarta nominación y cuarta decepción. Esta vez se lo llevó Jane Wyman. Siguió con papeles nada convencionales, como «La gata negra”, en donde interpretó a la primera lesbiana declarada de la historia del cine. Su carrera se desvió a la pequeña pantalla. Apareció en «Los intocables”, «Los ángeles de Charlie” o «Dinastía”. Fue la protagonista en «The big valley”, en los años sesenta. Más tarde tendría un papel en «El pájaro espino” o «Los Colby”.
    El 20 de enero de 1990 fallecía en su casa de Santa Mónica, California. Lo hacía con una amplia y rica trayectoria y más de un centenar de películas en su haber. La Academia intentó paliar las injusticias cometidas con la actriz en 1981 con un Oscar honorífico por su «contribución única al arte de la interpretación del cine”.