AUDREY HEPBURN

    Audrey Katheelen Ruston nació en Bruselas, el 4 de mayo de 1929 y murió en Tolochenaz, Suiza, el día 20 de enero de 1993, a consecuencia de un cáncer de colon. Audrey fue la única hija del matrimonio formado por el banquero británico Joseph Victor Anthony Ruston y su segunda esposa, la baronesa holandesa Ella Van Heemstra. En realidad por sus venas corre sangre inglesa, irlandesa, belga y holandesa, una mezcla francamente nutrida.

    Cuando sus padres se divorciaron ella vivió en Londres con su madre y estudió en un elegante colegio de chicas. Llegó la Segunda Guerra Mundial, estaba en Holanda, los nazis invadieron el país y ahí comenzó un duro capítulo de su vida, en el que una Audrey apenas adolescente conoció la depresión y el hambre. A punto estuvo entonces de perder a su padre; la guerra coincidió también con el final de sus estudios de ballet, bailaba muy bien; cuentan que bailaba secretamente en el Metro y que la recaudación de la danza la destinaba a sufragar la resistencia. Terminada la guerra, vuelve a Londres, a la Marie Ramber’s School, de ballet y arte dramático, y emprende luego su carrera como modelo.

    Le fichan para rodar una película europea y ella se encarga del capítulo «Holanda en siete sesiones”. Tiene sólo diecinueve años y todo el encanto de un rostro que pronto le hará brillar en el cine británico: «Risa en el paraíso”, de Mario Zampi; «Young Wive’s Tale”, de Henry Cass…; mientras rueda «Americanos en Montecarlo”, en la Costa Azul, conoce a la escritora Colette quien le pide que encarne a la protagonista de su obra «Gigi”, a punto de reponerse en Broadway, Audrey acepta… y esa es la forma de entrar en Estados Unidos. Y además, por la puerta grande.

    El éxito teatral hizo que Hollywood pusiera su mirada en ella. Y lo suyo entonces sí que fue algo fulminante: deslumbra junto a Gregory Peck en la exquisita «Vacaciones en Roma” (1953) de William Wyler (que al parecer quería como primera opción a Liz Taylor) ella haciendo de princesa, y se lleva el Oscar a la Mejor Actriz y eso que competía nada menos que con Deborah Kerr («De aquí a la eternidad”) Leslie Caron («Lili”) Ava Gardner («Mogambo”) y Maggie McNamara («The moon is blue”). Ni siquiera Audrey sabía que había llegado al lugar justo, en el momento adecuado. Es decir: que a la vapuleada sociedad americana (y a la europea también) que a duras penas salía de la guerra, le apetecía por encima de todo ver la vida color de rosa y agarrarse, a ser posible, a cuentos románticos con final feliz. Y además, y para colmo, aplaudir a un prototipo femenino totalmente nuevo: ni exuberante, ni tontorrón, ni agresivo; un tipo de mujer chic y pulido pero, ojo, firme y con criterio. Audrey lo tenía todo.

    No hace falta insistir en que su irrupción en la pantalla americana resultó un acontecimiento de tal calibre que su vida profesional a partir de entonces fue de un papel a otro, de un título al siguiente, sin apenas respiro y durante casi veinte años; ya no abandonó los personajes protagonistas; es más: muchas de sus películas pertenecen al mejor momento de la comedia romántica americana de los cincuenta y sesenta.

    ¿SÓLO UNA CARA CON OJOS?

    No, mucho más ofrecía aparentemente Audrey de cuello para arriba en la sexuada década de los cincuenta. O tal vez justamente lo contrario: aparte de esos enormes ojos ofrecía, por ejemplo, una mirada distinta. «Una cara con ángel”(1957) de Stanley Donen, fue para ella una suerte de marca registrada y también una definición casi perfecta. Exactamente eso era ella. Tan etérea como su compañero de reparto, el gran Fred Astaire, demostró allí que el musical estaba hecho a su medida.

    Pero antes ya había trabajado a fondo, practicado lo suyo, y labrado una sólida carrera, a base de títulos y directores tan importantes como «Sabrina” (1954) de Billy Wilder (otra nominación al Oscar) o «Guerra y paz”(1956) de King Vidor. A la hora de estar en un plató, con ellos lo aprendió casi todo. A esas alturas y –estéticas al margen- había nacido ya como actriz de una pieza; madura en lo profesional, impecable, en lo formal. El público la adoraba. Las mujeres no veían en Audrey una competidora. Y los hombres empezaban a apreciar el oculto sex-appeal de un esqueleto que parecía esconderse entre una ropa sencillamente divina.

    Y hablando de ropas y divinidades: la tercera nominación a los Oscar la recibe por «Historia de una monja”en 1959 (la estatuilla fue para Grace Kelly por «La angustia de vivir”) y la cuarta (Oscar que se llevó Sofia Loren por «La ciociara”) por «Desayuno con diamantes”(1961) y su inolvidable papel como Holly Gollightly, de la mano de Blake Edwards que –con guión de Truman Capote- confirmaba su estilo, su delicadeza y su elegancia, convirtiéndola en uno de los iconos de Hollywood, eternos, y ya para la Historia. El propio Henry Mancini, autor de la famosísima canción «Moon River”, el tema musical de la película, llegó a declarar que la compuso «…para ella y que nadie como ella la comprendió y la interpretó nunca tan bien; su versión era indiscutiblemente la mejor”. Y eso que «Moon river” es uno de los temas más versionados en toda la historia del cine. Hasta ahora se han compuesto más de cien versiones distintas.

    Romanticona, light y muy comercial, eran tal vez las etiquetas que nunca fallaban. Audrey rodaba un título tras otro, cambiaba de género (una de espías, «Charada”, 1963), cambiaba también de compañeros de reparto, de Gregory Peck a Peter Finch, de Gary Cooper a Cary Grant…,pero básicamente el público iba a ver «una de Audrey Hepburn”, sin importar demasiado ni qué, ni casi con quién. Era ella, y punto. Algo que muy pocas conseguían entonces. Y ahora tampoco.

    UNA PERFECTA SEÑORA

    Hasta ese momento todo ha ido sobre ruedas. Pero apenas cumplidos los treinta años, a Audrey le queda aún por coronar una cima en su espectacular carrera. «My Fair Lady” (1964) le ofrecerá un papel/bombón, envuelto además en una lujosa superproducción que co-protagoniza junto a Rex Harrison; forman una de las parejas más desiguales, atractivas y rotundas de la pantalla.
    Pero aún hay más parejas que cuentan en su haber, por ejemplo: en 1967 rueda «Dos en la carretera”; Albert Finney es su media naranja… y ese mismo año cambia bruscamente de registro (esta vez, sí) y, dirigida por Terence Young, se mete en la piel de una ciega acosada por un asesino, «Sola en la oscuridad” (1968) una intriga criminal, que le aporta un sesgo insólitamente dramático a su trayectoria. Por este trabajo consigue su quinta nominación al Oscar, que le arrebatará su «pariente” Katharine Hepburn por «Adivina quién viene esta noche”. De forma que, a modo de resumen, obtuvo cinco nominaciones y un Oscar, éste en la primera de todas ellas.

    ¿Y en el terreno personal, qué era de ella? Pues se mantenía tan señora y discreta como la Lady de la película. Pero no atravesaba su mejor momento y estaba a punto de abandonar el cine por una larga temporada. Y casi definitivamente, como luego se vería. Casada con el actor Mel Ferrer, a quien conoce en una fiesta que daba en su casa Gregory Peck, en 1868 se divorcian, después de catorce años de matrimonio y un hijo en común, Sean H. Ferrer. Luego se casa con el médico Andrea Dotti, con él tiene a Lucca, su segundo hijo. Sus últimos años los pasó al lado del actor holandés Robert Wolders.

    Y en medio, algunas apariciones en la pantalla, pero escasas ya: «Robin y Marian” (1976), con Sean Connery; «Lazos de sangre” en 1979.. .hasta llegar en 1989 a «Always”, de Steven Spielberg, donde daba vida a un ángel, casi cuando era nombrada Embajadora Especial de la UNICEF para la ayuda a la infancia en América Latina y África, ejerció el cargo hasta su muerte. Y no necesitaba traductor en sus viajes porque hablaba con toda fluidez inglés, español, francés, italiano y flamenco. Una Embajadora muy completa.

    ANECDOTARIO DE UNA ESTRELLA DISCRETA

    Cuando recogió el Oscar a la Mejor Actriz, el 25 de marzo de 1954, de manos de uno de los más reverenciados presidentes de la Academia de Hollywood, Jean Hersholt, estaba al parecer tan nerviosa que en vez de besarle en la mejilla le besó en la boca. Pero minutos después confesó que no se había equivocado, que no había sido ningún error.

    En la ceremonia de entrega de los Oscar presentó la categoría de «Mejor Película” en cuatro ocasiones: 1955, 1960, 1966 y 1975, más ocasiones, hasta ahora, que ninguna otra actriz.

    Todo el mundo recuerda a Marilyn Monroe cantando «Happy birthday, Mr. President”… a JFK, en 1962. Pero lo que se olvida es que al año siguiente,1963, el último cumpleaños del presidente asesinado, la que se lo cantó fue Audrey Hepburn.

    En 1959 le ofrecieron «El diario de Ana Frank” pero declinó inmediatamente la oferta porque –dijo- la tragedia de una niña en la Holanda ocupada, sacrificada por los nazis era una experiencia que le quedaba demasiado cerca y hubiera resultado un trabajo dolorosísimo para ella.

    Dijo «no” esa vez; pero su mayor disgusto profesional fue no conseguir el papel de Anne Bancroft en «Paso decisivo” de Herbert Ross.

    Durante la guerra, con dieciséis años, estuvo de enfermera voluntaria y atendió a muchos soldados aliados. Uno de esos soldados fue el paracaidista británico –y futuro director del cine- Terence Young, quien veinte más tarde la dirigió en «Sola en la oscuridad”.

    Fue madrina de Victoria Brynner, la hija de Yul Brynner y musa del diseñador de moda Hubert de Givenchy, él la vistió en muchas películas, tales como «Sabrina”, «Una cara con ángel”, «Ariane”, «Charada”, «Desayuno con diamantes”,… el famoso trajecito negro de esta última película que él creó se subastó el 5 de diciembre de 2006 en Christie’s por la «módica” suma de 920.000 dólares.

    Rodando en 1960 el western «Los que no perdonan” con Burt Lancaster, dirigida por John Huston, Audrey se rompió una vértebra al caer del caballo en el que galopaba.

    Le gustaban mucho los animales; tenía un Yorkhire Terrier que bautizó como «Mister Famoso” (Mr. Famous) y que, por cierto, aparece en «Una cara con ángel”. Y su madre también.

    Desde 1990 hay un tipo de tulipán que lleva su nombre. Ella misma declaró más de una vez que durante la guerra comió pétalos de tulipán y que hacían una especie de harina para preparar después algo parecido al pan o a una torta. Según se cuenta en la biografía autorizada «Audrey Hepburn, un retrato íntimo”, al parecer se hizo la promesa de no superar nunca los 47 kilos, excepto cuando estuviera embarazada.

    Su último sueldo, por «Always”, fue de un millón de dólares, bastante más alto que los 12.500 recibidos por «Vacaciones en Roma”, el primero que tuvo en Hollywood.