UN DIOS SALVAJE

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    Titulo original: Carnage
    Año: 2011
    País: Francia – Alemania - España - Polonia
    Duración: 79 min.
    Dirección: Roman Polanski
    Guión: Roman Polanski basado en la obra teatral homónima de Yasmina Reza
    Música: Alberto Iglesias

    Intérpretes

    Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz, John C. Reilly, Eliot Berger y Elvis Polanski.

    Premios

    Seleccionada para la Sección Oficial en Competición del Festival Internacional de Cine de Venecia. Nominada a los Globos de Oro a las Mejores Actrices de Comedia o Musical (Jodie Foster y Kate Winslet).
    Nominada al Goya a la Mejor Película Europea.
    Premio del Cículo de Escritores Cinematográficos al Mejor Guión Adaptado.
    Nominada a los Premios del Cine Europeo a la Mejor Actriz (Kate Winslet) y al Mejor Guión.

    Sinopsis

    Dos niños de unos once años se han enfrentado con violencia en un parque de una ciudad de Estados Unidos. Labios hinchados y algún diente roto…. Los padres de la «víctima» han invitado a su casa a los padres del «matón» para resolver el conflicto de una manera civilizada. Los dos matrimonios, Nancy (Kate Winslet) y Alan Cowan (Christoph Waltz), una inversora en bolsa y un abogado de empresas farmacéuticas, un matrimonio convencional, con buenos trajes y maneras impecables, y Penélope (Jodie Foster) y Michael Longstreet (John C. Reilly), una escritoria de libros de arte y un mayorista de productos de ferretería, una pareja de aspecto liberal y progresista, que se conocen tras la pelea en la que sus respectivos hijos estaban implicados. Lo que comienza siendo una charla con bromas y frases cordiales adquiere un tinte más violento a medida que los padres van revelando sus ridículas contradicciones y grotescos prejuicios sociales. Cada una de las parejas se enfrenta a la otra, los padres de la víctima se afanan por conseguir una especia de reconocimiento de los progenitores del agresor. Hay ira conseguida, sonrisas de desprecio, indirectas atinadas… La reunión es un desastre, ambas parejas se acusan unos a otros de ser malos padres, y la amarga discusión acaba provocando importantes grietas en las familias. La situación explota y el control que han intentado ejercer los personajes se disuelve en medio de la irritación. Unos contra otros, da igual ya quién es pareja de quién, se enredan en una batalla gestual y de palabras que augura nada bueno. Las fronteras entre ellas se van difuminando, las mujeres se alían entre ellas cuando los maridos comienzan a entenderse, los maridos se enemistan con sus mujeres, alen a la luz sus ideas intolerantes, sus prejuicios sociales, sus debilidades, sus contradicciones. Lo que menos importa ya rs la disputa de sus hijos, hacia donde irán en su futuro, qué les hace reaccionar como lo hacen… Ninguno de ellos escapará del brutal juicio final ante un dios salvaje.

    Comentario

    Lo bueno, si breve, dos veces bueno, un dicho, una fórmula, que aquí se cumple a rajatabla. Desde luego Polanski no se anda por las ramas, va directamente al grano y no malgasta el tiempo en vaguedades descriptivas para dar en la diana. Y el caso es que aún cuando es el cuatro el número que preside la película, -cuatro patas para un banco, cuatro esquinas bien puntiagudas- consigue dejarla redonda. Los cuatro personajes tan diferentes y tan identificables, tan odiosos como acaso entrañables; las cuatro paredes en las que se desarrolla el juego macabro y los cuatro actores impecables que, a un ritmo de vértigo y “armados” (palabra aquí proscrita) de unos diálogos brillantes, desternillantes a ratos, y arropados, para más señas, por un texto que pone en solfa lo poco que aprendemos como personas y lo mucho que nos falta para ser adultas. Claro que la sociedad (o como se llame el medio ambiente en el que cada cual respira) tampoco colabora y lo que quiere arreglarse “civilizadamente” se cuartea, se rompe y hasta se destroza, a la vuelta de la esquina. La diferencia entre el hombre y la fiera, entre el refinamiento y los malos instintos, le llaman… una diferencia, tan frágil como escurridiza, tan postiza como brutal. ¡Qué miedo¡ dirá cualquiera con dos dedos de frente. Y es verdad. Claro que a nadie se le escapa que el director utiliza a su favor la cáustica que destila y el sentido mordaz de la obra de idéntica manera que Elia Kazan utilizó “La ley del silencio”, para exculpación propia. Lo que está mal, está mal, pero hay muchas formas de verlo; y hasta de darle la vuelta. Inteligencia a raudales, a Polanski, le sobra.