TIRO EN LA CABEZA

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    Titulo original: Tiro en la cabeza
    Año: 2008
    País: España - Francia
    Duración: 84 min.
    Dirección: Jaime Rosales
    Guión: Jaime Rosales

    Intérpretes

    Ion Arretxe, Diego Gutiérrez, Iñigo Royo, Mikel Tello, Monique Durin-Noury, Gilles Vaxelaire, Manza Gebara, Iván Moreno, Jaione Otxone, Ana Vila, Nerea Cobreros, Stephanie Pecastaing, José Ángel Lopetegui y Asun Arretxe

    Premios

    Premio FIPRESCI en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián

    Sinopsis

    Ion (Ion Arretxe) es un tipo aparentemente normal. Se levanta por la mañana, desayuna, arregla sus cosas, se reúne con unos abogados. Una noche en una fiesta conoce a una chica. Pasan la noche juntos en el apartamento de ella. Su vida transcurre sin sobresaltos. Una llamada en una cabina de teléfonos; un encuentro con un amigo; pequeñas situaciones cotidianas sin importancia. Un día se sube en un coche con otras dos personas. Cruzan la frontera a Francia. Pasan la noche en casa de un matrimonio. A la mañana siguiente, tras un encuentro fortuito en una cafetería de carretera matan a dos guardias civiles vestidos de paisano.

    Comentario

    Siempre ha estado la muerte (la muerte evitable, además) en su filmografía. Y a pesar de meterse hasta el cuello en los escenarios del dolor, a pesar de la dureza de sus propuestas, el cine de Jaime Rosales rezuma paradójicamente una cierta esperanza. “Tiro en la cabeza”, sin ir más lejos, podría ser desoladora. Pero no lo es: es sencillamente revulsiva; y en todo caso supone un riesgo muy elevado, el peligroso vuelo rasante (pero manteniendo las distancias) sobre un campo de batalla cosido por costurones de palabrerías y estrategias. Un campo minado de cansancios, de un agotamiento casi terminal, en el que Jaime Rosales instala su valiente, poderosa, mirada para devolvernos otra manera de ver -desconcertante, sí- , pero fresca y nueva. En la forma seudo-documental (que se convierte inmediatamente en el fondo, en su sustancia misma) la película se traduce como un desigual ejercicio de estilo lleno de exigencias: exigente con el guión, con la cámara, con la escena,..., y más exigente aún con el espectador, al que Rosales le pide mucho: toda su atención, primero; y luego, la voluntad –siempre libre- de seguir mirando a la pantalla. Sin rebañar sentimientos, ni razones mil veces expuestas ya. El resultado puede ser cualquiera: desde el escalofrío, al cabreo, o el bostezo; no la indiferencia. A eso se expone su autor, lo asume y, no obstante, se lanza. Tal vez sea justamente ese su mejor punto de partida... y de llegada: esa forma de mostrar el laberinto infernal; esa forma suya tan diferente, tan personal... y tan exquisita.