LA LEY DE LA HOSPITALIDAD (1923)

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    A la muerte violenta en Rockville de su padre, como consecuencia del odio inextinguible entre las familias McKay y Canfield, el pequeño William McKay (Buster Keaton Jr.) es llevado a Nueva York por su madre, en donde recibe una educación esmerada. Veinte años después, y tras fallecer la madre, William McKay (Buster Keaton) recibe una notificación notarial para que regrese a Rockville y tome posesión de sus propiedades. Durante el largo y accidentado viaje en ferrocarril, William conoce a una guapa muchacha, Virginia, que se dirige como él a Kentucky, y de la que súbitamente, de la que súbitamente se enamora. La chica, también interesada por el joven, le invita a almorzar en casa de sus padres y hermanos. William acude puntual y al hacerse las presentaciones surge el drama: Virginia pertenece a la familia Canfield, que siempre odió a los McKay. Y los Canfield reconocen en William al heredero de sus mortales enemigos. Los hermanos de Virginia se disponen inmediatamente a matar a William, pero su padre les recuerda que las leyes de la hospitalidad sudista impiden matar a un huésped mientras este esté bajo el techo de la casa. Desde ese instante todos los Canfield se esfuerzan en obligar a William a que salga al exterior, mientras que este se las ingenia para no trasponer el umbral de la puerta. Al día siguiente intenta la fuga, pero enseguida se da cuenta que sus enemigos le siguen. Se produce una persecución loca por los campos y las montañas, y cuando William se cree a salvo, es arrastrado por un torrente. La suerte le ayuda en forma de rama a la que puede asirse. Y cuando cree que toda la peripecia ha concluido, oye los gritos de Virginia, que también ha sido arrastrada por la corriente. En un esfuerzo heroico, se lanza en su busca y consigue librarla del enorme peligro. Cuando los Canfield, rendidos y furiosos tras la inútil persecución, regresan a su casa, encuentran a Virginia y William en el momento en que el reverendo Dorsey les está uniendo en matrimonio. William McKay es ya un miembro de la familia y no hay por qué seguir odiándole. El viejo Canfield y sus hijos tiran las armas de las que eran portadores, y que en lo sucesivo les servirán para defenderse, pero no para atacar. Y William dispone también las armas de todas clases que llevaba ocultas en los bolsillos, en las botas y en el interior de los pantalones.