EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

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    Titulo original: The boy in the striped pyjamas
    Año: 2008
    País: EE.UU. - Gran Bretaña
    Duración: 94 min.
    Dirección: Mark Herman
    Guión: John Boyne y Mark Herman, basado en la novela homónima de John Boyne
    Música: James Horner.

    Intérpretes

    David Thewlis, Vera Farmiga, Rupert Friend, Richard Johnson, Sheila Hancock, Jim Norton, David Heyman, Asa Butterfield, Jack Scanlon, Cara Horgan, Amber Beattie, Iván Verebély, Béla Fesztbaum, Gábor Szebényi, László Áron, Attila Egyed, Zac Mattoon O'Brien, Domonkos Németh, Henry Kingsmill, Domonkos Meinberg, Gábor Harsai, Zsuzsa Holl, Sandor Istvan Nagy, Oliver Simor y Ferenc Vizes.

    Premios

    Presentada, fuera de competición, en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Nominada al Goya a la Mejor Película Europea.

    Sinopsis

    Berlín, 1942. Bruno (Asa Butterfield), de ocho años, vuelve a casa después de jugar con sus amigos del colegio para descubrir una actividad febril en su casa: su padre (David Thewlis), un oficial nazi, ha sido ascendido y su madre (Vera Farmiga) está preparando una fiesta. Bruno no entiende qué celebran ya que el nuevo destino de su padre es fuera de Berlín. Toda la familia tendrá que trasladarse al campo, obligándole a dejar la casa y los amigos que tanto adora. Su miedo a la soledad se confirma cuando la familia llega a su nuevo, aislado y siniestro hogar. A Bruno le cuesta acostumbrarse a su nueva vida y se aburre cada vez más. No hay niños con los que jugar y su madre le prohíbe explorar los alrededores de la casa. Su hermana mayor, Gretel (Amber Beattie), no se molesta en hablarle: está demasiado ocupada con sus muñecas o hablando con uno de los hombres de su padre, el atractivo teniente Kotler (Rupert Friend). A Bruno le intriga la existencia de una especie de extraña granja que ve desde la ventana de su habitación, en la que todos sus habitantes parecen llevar pijamas de rayas. Cuando intenta saber más cosas sobre la “granja” le dicen que se olvide de ella y le prohíben acercarse por allí. La “granja” es en realidad el campo de exterminio que dirige el padre del muchacho. Su madre también ignora lo que sucede en “la granja”. Cree que está viviendo junto a un campo de internamiento o de trabajo. Su marido ha jurado no revelar nunca su verdadero fin: una fábrica de matar diseñada para llevar a cabo la Solución Final, el exterminio sistemático del pueblo judío. Bruno se hace amigo de Pavel (David Hayman), que trabaja en la cocina. Se trata de un triste pinche de cocina que viste un pijama de rayas debajo del delantal. Mientras su madre está ausente de la casa, Bruno se cae del columpio del jardín y se hace un corte en la rodilla. Y es Pavel quien le cura la herida. Pavel le dice a Bruno que se dedicó a la práctica de la medicina y esboza una sonrisa cuando el niño le dice que no debía ser muy bueno si necesitaba practicar. Tras varias semanas dando vueltas alrededor de la casa, Bruno acaba desafiando a su madre y se cuela fuera de la casa por el jardín trasero en busca de aventuras. Deambula por los bosques y se topa con una alambrada. Al otro lado, un chico pequeño con un pijama de rayas está descargando escombros de una carretilla. Bruno está tan contento de haber encontrado alguien de su edad con quien jugar, que empieza a visitar todos los días a Shmuel (Jack Scanlon), su nuevo amigo, sin decirle nada ni a sus padres ni a su hermana. En las semanas siguientes, Bruno empieza a estar cada vez más inquieto por lo que ve y lo que escucha en casa y por lo que descubre en su vida secreta junto a la alambrada con Shmuel. Mientras su tutor le dice que los judíos son la encarnación del mal, su vínculo con Shmuel se va haciendo cada vez más fuerte. Es testigo de la brutal paliza que Pavel, el pinche de cocina, sufre a manos del imprevisible teniente Kotler. Además, su madre ha comenzado a darse cuenta de algunas cosas después de que una broma de muy mal gusto del joven teniente revele la verdadera fuente del nauseabundo humo que sale de las chimeneas del campo. Bruno también se siente algo confuso por los cambios que está sufriendo su hermana que, influenciada por las lecciones de su tutor y por la atracción que siente por el teniente Kotler, ha forrado las paredes de su habitación con propaganda nazi. El ambiente cada vez más enrarecido de su casa, junto con las historias que le cuenta Shmuel hacen que Bruno se pregunte si está sucediendo algo siniestro al otro lado de la alambrada, y si su padre es realmente el buen hombre que siempre había creído. Bruno se sorprende al ver a Shmuel limpiando la cristalería en su casa y le da un bizcocho, pero el teniente Kotler les sorprende juntos y acusa a Shmuel de robar comida. En lugar de defender a su amigo del arrogante soldado, Bruno le dice al teniente Kotler que nunca había visto a Shmuel. Más tarde, atormentado por los remordimientos, Bruno visita varias veces la alambrada para pedir perdón a su amigo, pero el niño con el pijama de rayas no aparece. Cuando Shmuel vuelve por fin, su cara está marcada por una terrible herida causada por el puño del teniente Kotler, y Bruno siente una profunda lástima por él. Sin embargo, Shmuel le perdona y reanudan su amistad. Mientras tanto, la relación entre la madre y el padre de Bruno se ha vuelto tan tirante que su padre decide enviar a su familia a casa de una tía que vive en Heidelberg. El traslado, que Bruno había deseado desesperadamente desde que llegaron, es un duro golpe para él, ya que se da cuenta de que tendrá que separarse de su nuevo mejor amigo. En uno de sus últimos encuentros, Bruno se entera de que el padre de Shmuel lleva tres días sin aparecer. Bruno promete ayudar a su amigo a buscar a su padre. Le parece una buena oportunidad para compensarle por haberle traicionado ante el teniente. El día del traslado a Heidelberg, Bruno se escapa para ver a Shmuel cargado con una pala y listo para embarcarse en una última aventura. Pero una vez que cruza la alambrada, y penetra en el campo, Bruno se ve inmerso en una espeluznante carrera que decidirá su destino, el de su amigo y el de los inocentes que hay al otro lado de la alambrada.

    Comentario

    Lo peor que puede ocurrirle a un best-seller (y ocurre con infinita frecuencia) es que circule de boca en boca sin apenas asomo de una leve crítica. Esa es en realidad su propia esencia: si fulanito me recomienda un libro “buenísimo”, a ver quién es el guapo que después de leerlo le dice que es una nadería; arriesgado y hasta políticamente incorrecto, así que “a callar..., y pasa la bola”. Esto viene a cuento de que el libro en el que se inspira la película es literariamente endeble, documentalmente tramposo y explota encima las emociones facilonas. Pero además: si no hubiera existido antes “La vida es bella”... el caso es que el “boom” de “El niño...” llegó, se desbordó, y naturalmente había que darle a este regalo editorial su correspondiente respuesta en la pantalla. Cierto que la entrega del testigo al inglés Mark Herman (“Little Voice” destilaba sensibilidad) parecía en principio adecuada. Y efectivamente el director se ha afanado en ser fiel al relato original, a sabiendas que “todo el mundo” (los millones de lectores) iban a practicar el odioso juego de las comparaciones. Eso ha sido una trampa saducea. Sin embargo no ha sido lo malo de “la versión Herman”: lo malo es que, en aras de esa fidelidad, él se ha limitado a contar “lo que pasa” sin entrar en algunos matices (no muchos, pero los hay) de la historia de Boyne. Y al final le ha quedado otra grave/entrañable historia en las entrañas de las tinieblas, sentimentalismo a veces de segunda mano y, eso sí, una correcta puesta en escena. Sin más. La taquilla no obstante está más que asegurada.