EL HOMBRE QUE VIAJABA DESPACITO (1957)

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    Gila (Migel Gila), que está cumpliendo con el servicio militar obligatorio, está encaramado en el cañón de un tanque. Llama a su camarada Basilio (Julio Riscal) para que le ayude a sacar una naranja que se le ha metido dentro del cañón, porque teme que el día de las maniobras, al dispararlo, le puedan dar un naranjazo a alguien. Asegura Gila que él no va a estar presente cuando se desarrollen las maniobras, puesto que ese día estará disfrutando de un permiso concedido para casarse. Basilio le asegura que es imposible que le concedan tal permiso y, ante la contrariedad de su amigo, le propone un método para ser rebajado de servicio y poder acudir a su propia boda. Consiste en lesionarle una mano dejando caer sobre ella la tapa de una caja de herramientas. Ante los titubeos de Gila, Basilio le explica lo que tiene que hacer: simplemente, poner la mano en la caja abierta y mirar para otro lado para no marearse. Entonces él dejará caer pesada tapa de la caja y se lastimará la mano. Cuando está haciendo la demostración, anuncia a Gila que le han dado el permiso, con lo que es él quien hace polvo la mano de Basilio. Así Gila puede casarse con su novia Marta Hinojosa (Licia Calderón). A la ceremonia de la boda, junto al cura (José Prada) ociantr y los novios, están como madrina la llorona madre de la novia (Josefina Serratosa) y como padrino el padre del novio (Mariano Ozores padre). Asisten además un par de amigotes de Gila que parecen aburrirse (Luis Rivera y Antonio Padilla). Tras la ceremonia, el banquete, reiteradamente interrumpido por un señor calvo muy pesado (José Santamaría) que repite insistentemente vivas a los novios, hasta que su vecina de mesa (Amalia Sánchez Ariño) le reprende con una pregunta retórica: “¿Pero es que no nos vas a dejar comer?”, la ameniza una actuación del combo “Los Toledanos”, que ofrece la oportunidad a los recién casados de abrir el baile. Mientras los enamorados evolucionan por la pista, tienen que aguantar la lata del amigote que se hace el interesante con un destino ideal para su viaje de novios que, enigmáticamente, se resiste a revelar, limitándose a decir que es un sitio “mucho mejor” que el que Gila ha elegido. Durante el baile, escuchamos conversaciones entre los invitados cómicamente enlazadas, empleando las últimas palabras de un diálogo para abrir el siguiente: en un rincón, dos señores muy serios (Teófilo “Totó” Palou, y Manuel Domínguez Luna) discuten amistosamente sobre la situación en Egipto y Abisinia, en otro, dos señoras, Doña Anita (Tina G. Vidal y Margarita Espinosa) hablan de la crianza del hijo de la segunda y del jarabe que desacertadamente le ha recetado el médico al peque; el señor calvo disecciona el último partido de fútbol; una viuda (Ena Sedeño) le da la lata al padre de Gila con la carestía de la vida. Finalmente, Gila le habla a Marta, sin revelárselo, del sitio en el que ha proyectado que pasen la luna de miel. Pese a la insistencia de un amigo que asegura haber pensado en otro mejor, Gila se mantiene firme. La siguiente secuencia nos muestra a los recién casados en Segovia, junto al acueducto. Allí son abordados por una gitana (Tota Alba), quien le dice la buenaventura a Marta, prediciéndole que tendrá muchos hijos. Gila está incómodo con la presencia de la gitana y no deja de insistir en que se marche. Cuando Marta le pregunta por su actitud tan áspera, Gila explica que una vez una gitana le predijo que no vería a su hijo y, aunque asegura ser escéptico en relación a las dotes de adivinación, semejante mal agüero no deja de producirle, al recordarlo, cierta inquietud. Tras el permiso, Gila debe volver al cuartel, donde se reúne con su amigo Basilio que tiene la mano lesionada. Pasan tres meses, en los que Gila aprende a tocar “Los sitios de Zaragoza” con una armónica, y se produce en anuncio, vía correspondencia, de que Marta está esperando un hijo. Gila se pone muy contento y, para atender la petición de su joven esposa, se propone obtener un permiso por méritos obtenidos en una prueba de “teórica militar”. Se examina ante el sargento instructor (Jesús Puente) y Gila explica las partes y el funcionamiento del motor de explosión, el sistema de luces de un vehículo militar y, por último, detallando un supuesto práctico en el que explica cómo reaccionaria si, conduciendo un camión se viera obligado a atropellar alternativamente a una anciana o un perro, una anciana o un niño, o entre un señor de marrón y cualquier otra cosa. Las explicaciones de Gila sólo consiguen exasperar al sargento instructor quien, consecuentemente, le deniega el permiso. Gila tiene que conformarse con escribir a Marta y prometerle que para cuando nazca el niño, él irá a verla donde esté. En esas, una noche, su amigo Basilio le dice que le tiene concertada una cita con un aviador que podrá llevarle en su aeroplano. Gila se presenta en un aeródromo, donde le espera el piloto con su aeroplano acompañado de un mecánico (Rafael Hernández). El apurado futuro padre tiene muy presente la nefasta predicción que le hizo una gitana por lo que, pese a subir al avión en un primer momento, pone una excusa (dice que el avión no vuela, que se limita a correr por el suelo) para bajarse. Poco después de que Gila se apee, el avión, que se había elevado al fin, cae en picado y se estrella contra el suelo. Gila entiende que ha eludido su fatal destino y se decide a buscar un sistema de viaje que sea seguro y lento. Le encontramos a continuación en una estación de tren, haciendo cola ante la taquilla para sacar un billete de tren que, preferentemente, se mueva despacio. Aconsejado por otro viajero, también timorato (Luis Barbero), compra un billete para el tren mixto, que para en todas las estaciones y apeaderos. A consecuencia del cambio de planes, que retrasará su llegada, Gila decide poner un telegrama anunciando su llegada a su esposa. En el despacho de telégrafos le atiende la empleada (Carmen Porcel) y que se ve obligada a ir tachando, por ahorrar, palabras del texto que Gila le dicta en principio. Del inicial: “Llegaré tren mixto. Besos y abrazos”, el mensaje pierde primero el “mixto”, luego, también “tren” y, finalmente, como “ya saben que soy cariñoso”, Gila suprime también los “besos y abrazos”, quedando por tanto el telegrama en un sucinto “Llegaré”. Ya en el interior del vagón del tren en marcha, encontramos a Gila agradeciendo a su compañero de viaje, don Tomás (Félix Briones) unas lonchas de un jamón el cual alaba con entusiasmo. Y añade “yo podría invitarle a probar el turrón…”. A lo que su compañero contesta rápido “Se acepta”. Pero Gila se explica, completando la frase inconclusa: “…pero no puedo, porque es de Basilio. Se lo manda a su madre, y también cincuenta duros”. Y enseña un sobre que contiene el dinero. “Esto es sagrado. Ya me puede pasar lo que sea, que esto no lo toco”, explica con toda seriedad. Cerca de allí, un camionero, Luciano (Roberto Camardiel), comprueba que los frenos no funcionan. En el vagón, Gila y don Tomás, beben vino de la bota del segundo. En tren se detiene y un revisor les explica que estarán parados un rato porque están reparando la vía. Cuando Gila va a apearse, bajando por una ventanilla, se produce una sacudida. Es el camionero, que ha detenido su vehículo chocándolo contra el tren parado. Nuestro atribulado protagonista toma este nuevo incidente como otro aviso del Destino, por lo que decide dejar allí el tren y continuar a pie. Emprende su caminar por los andurriales y pasa la noche en una guarida. Mientras, en casa de Marta, su padre empieza a inquietarse porque allí no va nadie. A la mañana siguiente, Gila caminando por la cuneta, se encuentra con el camionero, que detiene su camión e invita a Gila a subir, que sólo accede cuando el conductor le promete que no le gusta correr y que conducirá a poca velocidad. Cuanto todavía no ha tenido tiempo de poner el camión en marcha, Luciano oye voces pidiendo socorro, procedentes del río cercano. Insta a Gila a bajar del camión y juntos se acercan a la orilla del río. Allí ven a un hombre (Enrique Ferpi) que pide auxilio debatiéndose en las fluviales aguas. Gila no parece muy convencido de que el individuo se esté ahogando. Luciano insiste en que Gila se tire a salvar al accidentado, pero tarda tanto que el ahogado sale del agua por sus propios medios. Es un árbitro de fúlbol vestido como tal, al que los hinchan han tidado al río, que les pide a Gila y a Luciano que vayan a la fonda del pueblo a buscar su ropa y que se la traigan, pero Luciano le contesta que él le lleva allí para que la recoja él mismo, que estando ellos no le pasará nada. Pero en cuanto llegan a la fonda, un grupo de lugareños, considerando la presencia del árbitro en su municipio una provocación, se acerca a los recién llegados con ánimo belicoso. Se fotma una pelea tumultuosa en la que Luciano queda recluido en el calabozo municipal. Aunque Gila le transmite desde la reja del ventanuco sus ánimos y sus absurdos consejos jurídicos, reemprende su camino solo. Ya en la carretera, llegan a sus oídos las voces de unos actores de un serial radiofónico. Cuando se aproxima, se encuentra con un coche detenido en el que una joven mulata (Terri Taylor) está oyendo la radio. Examinando el motor del coche, hay otras dos jóvenes extranjeras (María Piazzai y Margot Prieto), que le piden a Gila que las ayude si es que entiende de motores. Examina las distintas piezas como si estuviera revisándolas y milagrosamente, el coche arranca. Las tres extranjeras le invitan a viajar con ellas. Gila monta en el coche y se asusta de lo rápido que conducen. Luciano, por su parte, ya ha sido liberado y le vemos con su camión continuando viaje, cantando y bebiendo, según su costumbre. Las tres turistas detienen su coche para comer y entran en un parador. Gila las acompaña. Cuando el camarero (Juan Estelrich) ya ha tomado los pedidos, informa a Gila de que la cuenta subirá unos cincuenta duros, lo que hace que Gila se vaya disimuladamente del lugar. No tarda mucho en encontrarse con Luciano, al que pide que le recoja en su camión. Luciano se resiste un poco, al principio, pero finalmente asegura que le llevará, siempre y cuando Gila beba del vino que transporta en el remolque. Tras hacerse de rogar, el futuro papá empieza a tomarle el gusto a la goma de la que mana el vino sin límite, hasta que el motor del camión se detiene inopinadamente. Luciano, que no consigue arreglar la avería echa a andar en dirección a un pueblo cercano para buscar quien les remolque, mientras que Gila permanece en la cabina del camión, hasta que se topa con una caracana de gitanos. Dos chicos jóvenes (Manolo Zarzo y Rafael Albaicín), una señora mayor (Josefina Bejarano), una niña (Pilar Sanclemente), una jovencita, una cabra y un mono llamado Andresín completan el elenco. Gila traba amistad con la niña, a la que defiende cuando el patriarca del grupo parece amenazarla con pegarle. Todos, menos la niña y el mono, beben en cantidad. Gila se ofrece para actuar en el espectáculo. La actuación de esa noche en la plaza del pueblo resulta patética y se resuelve con un fracaso estrepitoso sin paliativos. Gila, todavía con la cara embadurnada con el maquillaje de payaso, se acerca al carromato, donde encuentra a la niña que está llorando porque, encargada de pasar el platillo, ha recaudado tan solo unas pocas perras. Gila trata de animarla haciéndola reír, pero la niña no puede eludir que, al obtener tan escasa recaudación, sin duda le pegarán. Gila entonces le miente y le dice que si le han echado tan poco dinero es porque lo había pedido él antes, y le da los cincuenta duros de Basilio. La niña sonríe feliz y le abraza, agradecida, A la mañana siguiente, Gila despierta en la plaza del pueblo rodeado de chiquillos. En el interior del bar, el dueño, Marcelino (Ángel Álvarez) está discutiendo con su empleada Aurelia, a la que acusa de darle mal las vueltas y de que los filetes se le “pasan”. Gila, que todavía lleva puesta la nariz de payaso y aún le queda un rastro visible de maquillaje en la cara, pide que le despachen y cuando le atiende el dueño, le pide un vaso de agua. Gila administra el dinero que le queda de los cincuenta duros de Basilio. Aparta lo necesario para comer y para el viaje y guarda lo restante. Gila se involucra en una partida de cartas con unos parroquianos y consigue ganar una interesante suma de dinero. Conforme avanzan sus ganancias, va añadiendo platos a la comida encargada. Gila va a una tienda en la que una guapa joven (Araceli Fernández) le enseña un tren eléctrico, le da el precio de un caballito de cartón (veinte pesetas) y le ofrece algunos regalos prácticos, y Gila compra un triciclo que se cae del portaequipajes del vagón del tren sobre una anciana turista. En el tren, de camino a Madrid, Gila se involucra e un juego de cartas hasta que el tren ha llega a su pueblo y, tirando la baraja, se apea del tren. En el andén, un hombre corpulento, de pavoroso aspecto (Juan Olaguíbel), corre portando en brazos lo que parece un bebé envuelto en mantillas. Le sigue una turbamulta de gente. Gila pregunta al jefe de estación lo que pasa y éste le contesta que le han robado su hijo recién nacido. Se interna en las vías muertas buscando al fugitivo que llevaba a su hijo, lanzando algunas advertencias al viento nocturno. Luego llama a su hijo por su nombre, Gerardito, y sorprendentemente, obtiene respuesta. Una vocecita le contesta. Gila tarde un poco en comprender que su hijo no puede es capaz de hablar, todavía. Poco después, da con la procedencia de la voz y descubre que ha sido víctima de una broma pesada de sus vecinos y amigos, a los que encuentra escondidos en un vagón. A continuación asistimos a la llegada de Gila al domicilio en el que le esperan su esposa Marta y los padres de ésta. Irrumpe en el tranquilo hogar hecho un huracán. Reparte besos y abrazos y asegura haber hecho de payaso y haber estado muy bien antes de entrar en el dormitorio en el que reposa Marta con un bebé en brazos. Al tomar a la criatura en los suyos, a la que llama “Gerardín”, es informado de que aquel bebé es una niña a la que llaman “Martita”. Esto asusta a Gila, que cree ver en ello la confirmación de la predicción nefasta de la gitana, pues, en efecto, no ha visto a “su hijo”, sino a “su hija”. Enseguida le tranquilizan, Gerardín está también ahí, arropado bajo las sábanas. Gila toma en brazos también al pequeño, ya convencido de que se ha deshecho la maldición. Entonces se le informa de que hay un tercer bebé, acostado al lado de la cama. Gila y Marta han sido padres de trillizos.