La reconocida actriz mexicana Patricia Reyes Spíndola («La reina de la noche») tiene 73 años y una carrera que atraviesa décadas de cine, televisión y teatro en México. Pero nunca, hasta ahora, había participado en una película de terror gore, y menos en España. «En esta película hago barbaridades», dice la actriz, refiriéndose a «La rueda», coproducción hispano-mexicana cuyo rodaje ha finalizado en Navarra.
La película en cuestión es la ópera prima del director español Miguel Muñoz Vallés, y ha tenido su etapa final de filmación en los antiguos estudios Melitón de Lekaroz, en el valle de Baztan, después de una primera fase de filmación en Jalisco, México. El equipo ha permanecido tres semanas en Navarra, rodando las escenas de interior que requieren ese espacio cerrado, controlado, que solo un estudio puede ofrecer. Y ahora, con las cámaras apagadas y los decorados a punto de desmontarse, los actores hablan de lo que ha sido esta experiencia.
Porque «La rueda» no es una película cómoda. La historia, escrita por el propio Muñoz Vallés, sigue a Eva y Raúl, una pareja interpretada por los andaluces Carmen Muga y Cristian Gamero, que viaja a México. Eva arrastra el trauma del suicidio de su hermana, una pérdida que la ha sumido en una depresión profunda. Perdidos en una carretera solitaria, llegan a una casa donde conocen a Pedro y Margarita, dos ancianos interpretados por Joaquín Cosío y Patricia Reyes Spíndola. Esa casa, ese encuentro, es el principio del infierno. Los ancianos les proponen participar en un extraño juego regido por una rueda ancestral, y a partir de ahí, la pareja queda atrapada en una serie de pruebas que ponen en riesgo sus vidas y los obligan a enfrentarse a su relación, a sus miedos, a sus culpas, a sus traumas.
El juego, la rueda, es el centro de la película. Y Reyes Spíndola habla de ella en Diario de Navarra con admiración hacia el departamento de arte. «Es increíble lo que han logrado hacer con el juego de la rueda. Esa rueda sube, baja, prende, salen fichas por debajo, que son los castigos…», detalla. Esa rueda, dice, es casi un personaje más, un mecanismo que funciona como un oráculo cruel, que decide el destino de quienes se sientan a jugar. Y su personaje, Margarita, es parte de ese engranaje. «Me costó trabajo aproximarme a mi personaje. Había escenas en las que pensaba: ‘¿De dónde saco para poder hacer esto?'», confiesa la actriz. No es una confesión menor para alguien de su trayectoria, pero tampoco es una queja. Es el reconocimiento de que el papel le exigió ir a lugares a los que no está acostumbrada, hacer cosas que no había hecho antes, cometer lo que ella llama «barbaridades».
«Hay escenas muy fuertes, donde la gente va a tener que apartar la cara», advierte Muga. Y Gamero, que interpreta a Raúl, confiesa algo que podría sonar a masoquismo pero que él defiende como una forma de entender su oficio. «Siempre he admirado a actores como Daniel Day Lewis, Al Pacino o Robert De Niro, quiero trabajar como ellos. Si ruedo una escena violenta, quiero que me peguen, que me aten bien, sentir el dolor… Tengo marcas por todos los lados», dice, y se mira las muñecas como mostrando las huellas invisibles de lo que ha vivido en el set.
Ambos actores, Muga y Gamero, son andaluces afincados en México desde hace ocho años. Ella es conocida por la serie de Netflix «El Dragón: el regreso de un guerrero», entre otros proyectos. Él ha saltado al estrellato gracias a la telenovela colombiana «Escupiré sobre sus tumbas». Pero en «La rueda», dicen, han hecho algo distinto. Muga describe a su personaje, Eva, como alguien que ha sufrido abusos, abandono, pérdidas. «Su mundo interior es muy oscuro», comenta. Y añade que la película no es solo un ejercicio de terror, sino también un viaje al interior de una relación que se desmorona bajo la presión de un juego que no entienden.
Muga cuenta que el valle está muy bien para desconectar y comer bien. «Yo he engordado. Hemos estado en restaurantes impresionantes, como el Arotxa», dice entre risas. Gamero, por su parte, habla de la paz que se respira: «Me levanto a las 6 de la mañana para correr y me encuentro con las vacas yendo hacia el río». Esa imagen, la de las vacas camino del río al amanecer, contrasta con la sangre ficticia, las torturas y la rueda ancestral que han estado rodando.











