La actriz francesa Caroline Cellier (Montpellier, 1945), ganadora del premio César en 1985 por su papel en la película «L’Année des méduses» («Una gata ardiente»), falleció este martes 15 de diciembre en París a los 75 años tras una larga enfermedad, según ha desvelado hoy la prensa francesa.

Elegante, con gran sentido del humor, tan bella como inteligente, Caroline Cellier (Montpellier, 1945) trabajó con muchos de los maestros del cine francés de las últimas décadas, Claude Chabrol, Claude Lelouch, Françoise Sagan, Hernri Verneuil, Edouard Molinaro o Roger Vadim entre otros, incluido el hombre de su vida, Jean Poiret, actor de genio, autor, realizador, guionista, con quien estuvo casada desde 1965 y hasta la muerte de este en 1992.

«Hoy nos separamos por unos minutos pero habrás sido y siempre serás mi fuerza, mi risa, mi angustia, mi burla, mi derramamiento de sangre, mi caballero de la injusticia, mi detector de hipocresía, mi luna, mi madre, mi batalla…», escribió su hijo, Nicolas Poiret, en Instagram.

La actriz será recordada por su papel en películas como «Le Zèbre» («El apasionado excéntrico»), «Que la bête meure» («Accidente sin huella») o «La vie, l’amour, la mort» («La vida, el amor, la muerte»), y hasta cien títulos entre la gran pantalla, el teatro y la televisión, que conforman una carrera de más de cincuenta años.

Su última película fue la comedia «Thelma, Louise y Chantal», de Benoît Pétré, en 2010, que protagonizó junto a Jane Birkin y Catherine Jacob, un homenaje al famoso título hollywoodiense de los años noventa.

Caroline Cellier trabajó como figura no siempre secundaria en una treintena de películas y otras tantas piezas de teatro. Era capaz de encarnar personajes antagónicos: de una prostituta con mucho «corazón» a una señora de gran mundo elegante, pasando por todo tipo de comedietas e historias de la Francia profunda.

Esa flexibilidad le dio una popularidad inmensa y quizá “confundió” su carrera, que culminaría, en 1985, con el gran premio concedido a su figura emblemática en «papeles secundarios», que, con frecuencia, eclipsaban a las estrellas de películas de modestas ambiciones.