La historia del cine español despide a uno de sus grandes intermediarios con Hollywood. El periodista y publicista Enrique Herreros, figura clave en la promoción internacional del cine español, ha fallecido a los 98 años tras una vida dedicada a la industria audiovisual y a la difusión cultural. Su nombre quedó ligado para siempre a dos hitos históricos: las campañas de promoción que ayudaron a llevar a «Volver a empezar» y «Belle Époque» a conquistar el Oscar a la mejor película extranjera.
Nacido en Madrid en 1927, Herreros creció en un ambiente profundamente marcado por la cultura. Era hijo del célebre humorista, dibujante y cineasta Enrique Herreros, una figura fundamental del humor gráfico español del siglo XX y colaborador de la revista satírica La Codorniz. Aunque heredó ese entorno creativo, el hijo desarrolló una trayectoria propia como publicista y experto en comunicación cinematográfica, convirtiéndose con el tiempo en un puente entre la industria del cine español y la maquinaria promocional de Hollywood.
Formado como abogado y periodista, pronto orientó su carrera hacia el cine y el mundo de la comunicación audiovisual. Desde Madrid comenzó a trabajar en departamentos de publicidad y promoción para grandes compañías cinematográficas internacionales, una experiencia que lo situó en el centro de las relaciones entre España y la industria cinematográfica estadounidense durante décadas. Su conocimiento del sector, su memoria prodigiosa y su red de contactos lo convirtieron en una figura muy respetada entre productores, directores y periodistas.
Uno de los momentos más recordados de su trayectoria llegó con la promoción de «Volver a empezar» (1982), dirigida por José Luis Garci y protagonizada por Antonio Ferrandis y Encarna Paso. Aquella película hizo historia al convertirse en la primera producción española que ganó el Oscar a la mejor película extranjera. Participó activamente en su campaña internacional, un trabajo silencioso pero fundamental para posicionar el filme en el circuito de premios de Hollywood.
Herreros conocía bien ese universo porque lo había vivido durante décadas desde dentro. Llegó a asistir personalmente a diecisiete ceremonias de los premios de la Academia y recordaba con humor una de las escenas que siguieron a la victoria de Garci en 1983: «Yo he orinado entre José Luis Garci, Paul Newman y Jack Lemmon», contaba divertido sobre la anécdota de la gala de los Oscar en la que España ganó su primera estatuilla dorada. El éxito se repetiría una década más tarde con «Belle Époque» (1993), de Fernando Trueba, que también obtuvo el galardón en la misma categoría. El propio Garci llegó a bromear con la idea de que Herreros había “ganado dos Oscar”, porque había acompañado a ambas películas en su recorrido por Hollywood. Su conocimiento del funcionamiento de la industria estadounidense y de las dinámicas promocionales de la Academia fue determinante para lograr esa visibilidad.
Su experiencia no se limitó a esos dos títulos históricos. A lo largo de su carrera trabajó para compañías como United Artists en Madrid y para Paramount Pictures en el ámbito iberoamericano. También estuvo vinculado a las superproducciones del productor Samuel Bronston, cuya actividad cinematográfica tuvo una importante base en Madrid durante los años sesenta, además de colaborar en la promoción internacional de películas producidas por CBS Cinema Center y por el productor estadounidense Melvin Simon en Hollywood.
Cuando Hollywood estaba en la Gran Vía.
Durante buena parte del siglo XX, Herreros fue testigo directo de una época singular en la que Madrid se convirtió en un inesperado punto de encuentro para las estrellas de Star System. Aquella etapa quedó reflejada en su libro Los dos Herreros. Cuando Hollywood estaba en la Gran Vía, donde reunió recuerdos y anécdotas de los años en los que actores y actrices internacionales pasaban largas temporadas en la capital española. Entre los nombres que formaron parte de ese Madrid cinematográfico estuvo Ava Gardner, con quien Herreros compartió varios episodios que recordaba con precisión. Uno de los más curiosos ocurrió durante una sesión fotográfica cuando trabajaba como reportero: «La fui a retratar cuando era reportero de Gaceta Ilustrada y, sin querer, se le salió un pecho», relataba años después al evocar aquella época en la que la actriz vivía intensamente la vida nocturna madrileña.
Sus recuerdos también incluían encuentros con otras figuras del cine clásico. Llegó a quedarse encerrado en un ascensor con Rita Hayworth durante media hora y mantuvo trato con actores como Rock Hudson o Elizabeth Taylor, que visitaban Madrid con frecuencia. Aquella ciudad llena de cines y estrenos era, según recordaba, un lugar muy distinto al actual: «Entonces había 14 cines que estrenaban los lunes», explicaba al evocar la Gran Vía de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, cuando las estrellas internacionales paseaban por sus aceras y convertían cada estreno en un acontecimiento social.
Además de su trabajo en la industria cinematográfica, Herreros cultivó una intensa actividad como escritor y divulgador cultural. Publicó varios libros en los que reconstruyó la memoria del cine español y de la vida cultural madrileña, entre ellos «Dos Oscar españoles y quince nominaciones», «La Codorniz de Enrique Herreros», «Los carteles de cine de Enrique Herreros» y «A mi manera». En estas obras dejó testimonio de una época en la que la Gran Vía madrileña era uno de los grandes centros cinematográficos de Europa, con numerosas salas de estreno y un ambiente cultural vibrante. Durante décadas también ejerció como periodista y colaborador en diversos medios. Escribió en publicaciones como Gaceta Ilustrada, La Actualidad Española o Miss, además de participar en radio y televisión. Llegó a firmar centenares de artículos en el diario ABC y retransmitió para Televisión Española algunas de las primeras conexiones españolas con la ceremonia de los premios Oscar.
Con su muerte desaparece uno de los últimos testigos de aquella etapa en la que el cine internacional tuvo en Madrid uno de sus escenarios más inesperados. Gran parte de su vida estuvo dedicada igualmente a preservar el legado artístico de su padre. Herreros custodió durante años un archivo familiar compuesto por miles de documentos, dibujos, carteles y materiales relacionados con la historia del cine y del humor gráfico español. Con su fallecimiento desaparece uno de los últimos testigos directos de la edad dorada del cine en la Gran Vía madrileña y de la intensa relación cultural que durante décadas unió al cine español con Hollywood.











