Meryl Streep es una estrella cinematográfica, pero su amor por la actuación comenzó interpretando en el teatro. Sobre el escenario del Teatro Campoamor de Oviedo ha desgranado la esencia de su oficio, citando a Picasso, Lorca y Penélope Cruz (a la que ha tratado de imitar su voz), e interpelando a la empatía como base del entendimiento humano. Todo mientras su hermano le grababa emocionado con su móvil desde un palco.
Tras tres días de puro carisma en cada acto previo, este 20 de octubre, antes cientos de personas que la acamaban por las calles ovetenses, se ha presentado con humildad: “Una parte de mí sospecha que, como he representado a personas extraordinarias toda mi vida, ¡ahora me toman por una de ellas!”. Streep ha agradecido que el Princesa de las Artes se otorgase “al arte de actuar” (que en los premios solo tiene el precedente de Vittorio Gassman), que ha señalado que “sigue siendo un misterio” incluso para ella.
Pero siendo ella la actriz más importante de los últimos 50 años se ha lanzado a desvelar el enigma. “Cuando siento el dolor o la alegría de otra persona, o me río de sus disparates, siento como si hubiera descubierto algo veraz, me siento más viva y conectada. ¿Conectada a qué, exactamente? A otras personas, a la experiencia de ser otra persona. ¿Cuál es la magia de esta conexión? La empatía es el corazón palpitante del don del actor”.
¿Qué es la empatía en la actuación según Streep? “Es la corriente que nos conecta, a mí y a mi propio pulso, con el de un personaje de ficción. Puedo hacer que su corazón se acelere, o calmarlo, según lo requiere una escena. Y mi sistema nervioso, conectado por simpatía al suyo, lleva esa corriente hacia usted que está sentado en su butaca, y hacia la mujer sentada a su lado, y hacia su amiga, también. Todos sentimos que nos está pasando al mismo tiempo”.
La actriz, al recibir el Premio Princesa de Asturias de las Artes ha reivindicado su carrera y sus decisiones, señalando que su guía ha sido evitar personajes parecidos a su personalidad por ser más sencillos para conectar emocionalmente. “Me han criticado por alejarme demasiado de mi propia “experiencia vivida”, por alejarme demasiado de mi propia “verdad” e identidad”, ha recordado. Maestra de la imitación de los acentos, Streep de alguna manera ha vindicado su estilo natural de interpretación, adquirido en sus inicios en la dominante corriente del método.
“Todos esos acentos, ¿ya saben?”, ha bromeado “¿Pero es una impostura? ¿Querer abrazar el mundo? ¿Querer vagar, preguntarse o tratar de ver a través de tantos ojos de distintos colores y experiencias? ¿Quién soy yo, una buena chica de clase media de Nueva Jersey, para atreverme a meterme en la piel de la primera mujer primera ministra del Reino Unido? ¿O de una superviviente polaca del Holocausto? ¿O de la árbitra del buen gusto en el mundo de la moda?”, se ha preguntado en referencia a sus papeles en «La dama de hierro», «La decisión de Shopie» y «El diablo se viste de Prada».
Para responder ha citado a Picasso (“Imitar a los demás es necesario. Imitarse a uno mismo es patético”) y a Penélope Cruz (“¡No puedes vivir tu vida mirándote a ti mismo desde el punto de vista de otra persona!”). “Creo que el trabajo de un actor es invadir, encarnar vidas que no son como la suya. Porque la parte más importante de nuestro trabajo es hacer que cada vida sea accesible y sentida por el público”, ha defendido.
Su discurso se ha vuelto aún más profundo cuando ha relacionado la perdida natural de empatía con la actualidad bélica que sufre el mundo. “Cuando nacemos nos identificamos con los demás, sentimos empatía y una humanidad compartida porosa. Los bebés lloran sólo con ver las lágrimas de otra persona. Pero a medida que crecemos, nos ponemos a reprimir esos sentimientos y a suprimirlos para el resto de nuestras vidas; a suplantarlos a favor de la autoprotección o de una ideología, y a sospechar y desconfiar de los motivos de los demás. Así llegamos a este triste momento de la historia”.











