Dice un personaje de “Voltaire”, la obra de Juan Mayorga que se ha estrenado en el Teatro Quique San Francisco de Madrid: “Para Voltaire solo hay dos caminos: o filosofía o fanatismo. El filósofo es lo opuesto al fanático, y por eso el fanático lo persigue. El filósofo busca la verdad, el fanático la posee”. “Voltaire”, obra construida a partir de tres piezas breves del autor, supone, como texto, una deslumbrante, sensacional y absolutamente necesaria reflexión sobre la tolerancia y sus límites en estos tiempos tan peligrosamente volcánicos. Al inicio del confinamiento por la pandemia, en una entrevista en “El Cultural”, Juan Mayorga se preguntó: “¿Hacia dónde íbamos?”. Y después de ver “Voltaire”, la respuesta a la salida de la pesadilla –la obra no trata directamente sobre todo ello pero tiene algunas connotaciones- resulta desalentadora. Pablo, uno de los personajes, afirma: “Cuando hay poder en juego. ¿Por qué va un poder a tolerar opiniones o creencias que podían ponerlo en peligro?”. Y, siguiendo con los diálogos: “Muchos canallas han sido amados hasta el delirio”.

“Voltaire” es una obra de ideas, en la que incluso el silencio significa mucho, es la obra de un dramaturgo, filósofo y matemático que en esta ocasión más que nunca busca hacer teatro/teatro y no una representación que se parezca a la vida. Más que en otras piezas del autor, “Voltaire” exige aquel concepto de Jorge Luis Borges sobre la alianza entre actor y espectador en el teatro. El público cumple un papel esencial durante la función porque ha de participar permanentemente de lo que le llega del escenario a fin de seguirla. El teatro de Juan Mayorga es complejo, pero aquí esa complejidad se acentúa. La dificultad para los cuatro intérpretes y para el director (Ernesto Caballero) ante una pieza que, en ocasiones, rompe la lógica, en otras se atiene a ella, y que en todo momento dialoga consigo misma, esa complejidad, insistimos, es extrema, y entre todos tratan de salvar la situación, hasta hacer una función totalmente distinta a lo que actualmente se ve en la cartelera madrileña.

El teatro de Juan Mayorga causa adicción. Es un teatro difícil pero maravilloso, que conecta con las vanguardias y con la tradición teatral española. Mayorga lleva siempre encima unos cuadernillos en los que apunta ideas: de lo que ve por la calle, de lo que oye, de lo que piensa. Se trata de un dramaturgo en permanente proceso creativo. Escribe un teatro que no trata de emular a la vida (realismo), pero que, sin embargo, es un teatro vivo. El espectador atento a su obra necesita saber cuándo será el próximo estreno, debido a la adicción. Al igual que le sucedía a Miguel Mihura, que esperaba ansiosamente la publicación del próximo libro de Simenon –otro escritor que provoca adictos-. Afortunadamente en los siguientes tres meses subirán a las tablas cuatro obras de Mayorga. Es un teatro, insistimos, hermosísimo y nada complaciente. Pero es teatro, o sea, ficción, en tiempos, decíamos, volcánicos. Un oasis en medio de la vida. Afirma un personaje de ‘Voltaire’: “La vida es difícil. Vivir es más difícil que leer”. Gran Mayorga, sí.