La actriz francesa Marion Cotillard interpreta el papel titular del oratorio dramático «Juana de Arco en la hoguera» («Jeanne d’Arc au bûcher») de Arthur Honegger (1892-1955) y libreto de Paul Claudel (1868-1955), que se ha estrenado este 7 de junio en el Teatro Real de Madrid, donde permanecerá hasta el 17 incluido. La ópera es una nueva coproducción del Teatro Real y la Ópera de Frankfurt, con dirección de escena de Àlex Ollé (La Fura dels Baus).

Marion Cotillard comparte escenario junto al actor Sébastien Dutrieux (Padre Dominique), las sopranos Sylvia Schwartz (La virgen) y Elena Copons (Marguerite), la mezzosoprano Enkelejda Shkoza (Catherine), el tenor Charles Workman (Porcus), el bajo-barítono Torben Jügens (Heraldo), el Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real y los Pequeños Cantores de la JORCAM, bajo la dirección musical de Juanjo Mena.

«El oratorio de Honegger» está precedido por la cantata «La damoiselle élue» («La doncella bienaventurada»), de Claude Debussy (1862-1918) sobre libreto de Dante Gabriel Rossetti, protagonizada por la soprano Camilla Tilling y la mezzosoprano Enkelejda Shkosa.

«El oratorio de Honegger», cuyo estreno en España en 1954, en el Liceu de Barcelona, contó con Ingrid Bergman como Juana de Arco y Roberto Rossellini en la dirección de escena, necesita una gran actriz como protagonista, ya que su actuación vertebra toda esta obra inclasificable, tanto desde el punto de vista formal como musical.

Sobre el brutal, fantasmal y simbólico «poema escénico» de Paul Claudel, Honegger creó una partitura que es un mosaico ecléctico de influencias, del contrapunto al jazz, del folclore a las ondas martenot, con una orquestación muy rica y original al servicio de una dramaturgia que reivindica el patriotismo, la justicia y la libertad.

La adoración de la dama celestial y la turba fanática prendiendo en la hoguera a una mujer acusada de brujería constituyen los extremos de la representación medieval de lo femenino que unifica este estimulante programa doble. No escasean las conexiones entre ambas obras, pues aún cuando las dos reniegan del título de «ópera» –estamos ante una cantata simbolista en el caso de Debussy y de un oratorio dramático en el de Honegger–, fueron compuestas teniendo a Wagner en mente. Por un lado, un joven Debussy capaz de tocar al piano de memoria Tristan und Isolde, antes de renegar del hechizo del «viejo mago» en Pelléas et Mélisande. Por otro, un Honegger en la cúspide de su carrera, fascinado –a la vez que su libretista Paul Claudel– por el concepto wagneriano de «obra de arte total», pero dispuesto a alcanzarlo con unos mimbres totalmente nuevos.

Con duraciones y registros dramáticos y musicales contrapuestos y perfectamente complementarios, La damoiselle élue resplandece como una vidriera de Fra Angelico, mientras el colorido modal, los agregados politonales y el timbre fantasmagórico de las ondas Martenot de Jeanne d’Arc au bûcher parecen reflejar su luz en los muros de piedra.