«Las Princesas del Pacífico» es una obra que parece escrita a dos manos por Luis Matilla y por José María Rodríguez Méndez, con un Quique Camoiras que hubiera decidido esperar a Godot, un espectáculo entre la vanguardia europea y el naturalismo teatral español de los 70, como una película de Cine de Barrio a la que hubiera embestido el rinoceronte de Ionesco, o hecha por un Samuel Beckett que hubiese decidido beber «finolaina» con García Lorca. «Las Princesas del Pacífico» es una joya, una perla teatral, un tesoro imprevisto en el océano del teatro, son dos amigas para siempre que quedarán en el recuerdo de la noche que las conocimos sobre el escenario del Teatro del Barrio de Madrid, Lidia y su tía, y emocionaron, hicieron reír, y llorar, y a través de esa agitación intelectual que provocan las emociones encendieron la indignación por esas vidas condenadas a flotar sobre el mar de la rutina mientras miran la televisión, «porque la televisión entretiene», sin tomar nunca conciencia de que son heroínas, princesas sin nombre que temen en su piso el golpe en la puerta del cobrador del gas. Aunque, ellas lo sabrán, el golpe puede ser peor.

«Las Princesas…» repiten mucho en la obra que son de «Dos Hermanas, provincia de Sevilla», y hablan un andaluz/andaluz, porque ese dialecto, además de un acento, tiene una sintaxis propia, una personalidad suya, una música maravillosa, y esa música suena en el escenario con las palabras de las sensacionales actrices Alicia Rodríguez y Belén Ponce de León, que son sevillanas, y suena en la dirección de José Troncoso, gaditano (recientemente se ha estrenado una película, «El verano que vivimos», en la que se hace una imitación patética del andaluz).

La compañía La Estampida cultiva aquí, como en su otro reciente montaje, «Lo nunca visto», una estética de lo feo para crear una colosal belleza teatral. «Las Princesas…» es un montaje aparentemente sencillo, suelto, pero en su subsuelo hay, y el espectador no lo percibe en absoluto, como en su día reclamaba en sus críticas Eduardo Haro Tecglen, un enorme trabajo, un tremendo esfuerzo para levantar la carpintería teatral que sustenta un espectáculo que, sin embargo, parece invertebrado ante la platea. «Las Princesas…» son también personajes de Charles Dickens en un cuento de Navidad andaluz sin espíritus que las rescaten. Pero se rescatan a sí mismas. Son lorquianas, son costumbristas, son vanguardia. Son ellas. Lo nunca visto. Y pronto vuelven como una estampida con un nuevo espectáculo. Se les espera con total emoción.