«La jaula de oro”, Astor de Oro y Premio del Público

El 28 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata ha finalizado con un palmarés que no hace honor al nivel que mostró su edición: los premios más importantes recayeron en dos films latinoamericanos que, de modo más o menos velado, con formas más o menos estilizadas, proponen una visión de sus propias regiones que parecen pensadas para vender al mercado europeo, siempre anhelante de exotismo (y miserabilismo) tercermundista. La mexicana «La jaula de oro”, del español Diego Quemada-Diez, se convirtió en la gran ganadora del encuentro, al ganar el Astor de Oro

Además, logró el Premio del Público, entre varios galardones más (los premios a mejor película de la Asociación de Cronistas Cinematográfico de Argentina, la Asociación de Directores de Fotografía y la asociación católica SIGNIS), sobreponiéndose a piezas mucho más valiosas, riesgosas y exigentes como la argentina «Fantasmas de la ruta”, de José Celestino Campusano, la alemana «The Strange Little Cat”, de Ramon Zürcher, la mexicana «Club sándwich”, de Fernando Eimbcke, o la griega «The Eternal Return of Antonis Paraskevas”, de Elina Psykou; mientras que la venezolana «Pelo malo”, de Mariana Rondón, aún más maniquea que aquella, se llevó el Astor de Plata al Mejor Director y el dedicado al Mejor Guion. La chilena «Las Niñas Quispe”, de Sebastián Sepúlveda, recibió una mención del jurado.
Fuera del palmarés, Mar del Plata mostró sin embargo un nivel superlativo en la programación no sólo en sus secciones competitivas, que consiguieron aunar lo mejor de la región con hallazgos de directores nóveles del mundo, sino sobre todo en las categorías paralelas, donde se proyectaron las mejores películas del año: se pudo comprobar por ejemplo la altísima calidad de algunas cinematografías, sobre todo las orientales, con obras maestras que quedarán entre lo mejor de la década, como «Why Don’t You Play in Hell?”, acaso la mejor película de Sion Sono y del festival –una estilizadísima comedia de mafias que destila un amor inconmensurable al cine–, «R-100”, de Hitoshi Matsumoto, «Drug War”, de Johnnie To, «Our Sunhi”, la nueva y excelsa comedia de Hong Sang-soo, «A Touch of Sin”, gran debut de Jia Zhangke en el cine de acción, o la retrospectiva entera dedicada al gran cineasta coreano Bong Joon-Ho, que además ofició de jurado oficial.
También se pudo acceder a las mejores obras contemporáneas de Europa, entre ellas la portuguesa «E agora? Lembra-me”, de Joaquim Pinto, un documental conmovedor del director sobre su vida íntima, marcada por el HIV y la Hepatitis C, pero atravesada también por la historia del mundo, la política y una pasión incandescente por el cine y la cultura; la francesa «L’Inconnu du lac”, de Alain Guiraudie, un sofisticado thriller que también repasa las prácticas amatorias de una comunidad homosexual en un paradisíaco lago nudista, o la española «Història de la meva mort”, del catalán Albert Serra, otra singularísima adaptación del mito de Casanova, cruzado con la aparición del Conde Drácula. Algunas de las joyas mayores provinieron del pasado, en ciclos con copias restauradas o proyectadas en 35 milímetros de grandes directores: se pudo repasar así la obra monumental del húngaro Micklós Jancsó, dueña de un virtuosismo formal y teórico monumental, a una distancia inconmensurable del cine de nuestros días, o los trabajos del fotógrafo mexicano Gabriel Figueroa, con filmes excepcionales como «Salón México”, de Emilio Fernández, o «Los olvidados” y «Nazarín”, de Luis Buñuel. El público respondió como nunca a tantas posibilidades, y a la noche del viernes 22 ya 100.000 personas habían pasado por las diferentes salas de la feliz, todo un récord.
Los ganadores
La juventud de los protagonistas y las buenas intenciones de los directores parecen haber sensibilizado al jurado presidido por el gran Bong Joon-Ho –secundado por Paula Astorga Riestra (exdirectora de la Cineteca Nacional de México), el escritor argentino Guillermo Martínez y el crítico español Javier Angulo–, como lo sugiere también el premio otorgado a la norteamericana «Little feet”, de Alexandre Rockwell (nada menos que el Premio Especial del Jurado), un manipulador diario semiautobiográfico que sigue durante un día a dos niños casi abandonados por su padre en las los suburbios de Los Angeles, con el recuerdo de la madre muerta como telúrico telón de fondo y falaz estrategia emotiva.
Se diría que los tres ganadores oficiales comparten una misma voluntad de articular un mensaje político a través de las odiseas personales de sus protagonistas, aunque su visión resulte más bien maniquea y sumamente gruesa en vez de comprometida: el mejor ejemplo es «Pelo malo”, que pretende ilustrar acerca del supuesto autoritarismo mesiánico del gobierno venezolano a través de los padecimientos de un niño de clase baja, absolutamente incomprendido por su madre, que sospecha una tendencia homosexual en él. La representación decididamente miserabilista de las clases populares se mezcla con un guion por momentos absurdo, que llega a proponer los conflictos del pequeño Junior (Samuel Lange, lo mejor del filme), quien quiere ser cantante y está obsesionado con alisar su pelo ralo para lograrlo, como una alegoría de la asfixia política y cultural que vive la sociedad venezolana. Su único mérito tal vez resida en cierta preocupación por captar el espacio público y la arquitectura de los barrios populares, donde verdaderamente se puede atisbar las condiciones de vida de los protagonistas, aunque la obsesión por bajar línea de la directora trunca todo acercamiento auténtico a ese universo.
No muy distinta es la visión de Latinoamérica que despliega «La jaula de oro” –lo que por cierto le otorga una inusual coherencia al fallo del jurado–, aunque su posicionamiento ideológico sea supuestamente el opuesto y ostente una mayor sutileza: Quemada-Diez –asistente de cámara de Ken Loach y operador de Fernando Meirelles, Oliver Stone y Alejandro González Iñárritu– aborda la odisea de miles de inmigrantes ilegales que pretenden cruzar el muro instalado en la frontera con México para ingresar al paraíso norteamericano a través de la figura de cuatro adolescentes, uno de ellos un indígena mapuche que no habla una palabra de español. Filmada durante ocho años con un evidente virtuosismo formal, de naturaleza documental por momentos aunque en otros apueste a la postal «for export”, La jaula… va repasando en su trama todos los peligros que pueden encontrar los inmigrantes ilegales en su odisea al norte, sea al cruzarse con la policía, el narcotráfico o la trata de personas, sea con la explotación inhumana en trabajos esclavos o el secuestro por parte de mafias o grupos guerrilleros.
Lo que por supuesto no constituye nada malo en sí mismo, sino fuera por el modo en que todo está tratado: un guion que privilegia el golpe bajo y la manipulación emocional, un relato que funciona por mera acumulación de acontecimientos, una relación paternalista con los personajes –que en el caso del mapuche llega al paroxismo de la caricaturización (parece un alienígena venido de otro mundo)–, y una visión celadamente manierista, donde la humanidad queda irremediablemente condenada. Las buenas intenciones no alcanzan para elevar al cine, aunque al parecer sí para ganar premios (aquí y en el mundo, pues «La jaula” se llevó también el de Un Certain Regard, prestigiosa sección de Cannes, entre muchísimos otros). Hasta la mención especial otorgada a la iraní «The Bright Day”, de Hossein Shahabi, parece obedecer también al imperativo de la corrección política, aunque éste retrato de aspiraciones testimoniales sobre la sociedad iraní contemporánea, que por momentos es un asordinado thriller judicial, resulte un poco más auténtico y valioso que el resto de las películas premiadas en la sección.