FLORES EN EL INFIERNO. LA EDAD DE ORO DEL CINE COREANO

    Autor: VV.AA.
    Editorial: Festival de Cine de San Sebastián / Filmoteca Española
    Estilo: Blanco y negro
    Páginas: 224
    Precio: 25 €

    Sinopsis

    Libro sobre el cine de Corea del Sur de los años 50 y 60, que complementa el ciclo que le dedicó el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y la Filmoteca Española. Aunque el cine de Corea del Sur se ha convertido en una presencia constante en festivales internacionales y en un referente del cine contemporáneo, la historia de esta cinematografía sigue siendo bastante desconocida para el público occidental y nuestro conocimiento de ella suele reducirse a los títulos producidos a partir de la década de los 90. Este libro se centra en la llamada era dorada del cine surcoreano, cuando, pese a la precaria situación económica en que se encontraba el país tras la guerra de Corea y el control de la dictadura militar de Park Chung-hee, se desarrolló una industria cinematográfica capaz de satisfacer la demanda de un cine popular para el gran público y de consolidar las carreras de directores de diferentes estilos e inquietudes: algunos de ellos mostraban una imagen de sociedad moderna en desarrollo, mientras que otros denunciaban las duras condiciones de vida de la época.

    La selección incluye diez títulos producidos en las décadas de los 50 y 60, los proyectados en la retrospectiva del Festival de Cine de San Sebastián y la Filmoteca, e intenta reivindicar a un grupo de cineastas que pueden considerarse como los más destacados representantes de ese cine clásico surcoreano y trazar un panorama de los géneros más habituales en ese período, algunos de ellos inspirados en el cine americano y trasplantados a la realidad local, otros puramente autóctonos.

    Entre estas películas se encuentran algunas de las más emblemáticas de la época: «Hanyeo» / «The Housemaid» (1960) de Kim Ki-young, considerada una de las obras maestras de la historia del cine surcoreano; crónicas duras y realistas de la vida en la Corea del Sur de posguerra como «Ji-okhwa» / «The Flower in Hell» (1958) y «Obaltan» / «Aimless Bullet» (1961); o clásicos del melodrama como «Gwiro» / «Homebound» (1967), «Angae» / «Mist» (1967) y «Hyu-il» / «A Day Off» (1968).

    También está presente el film noir con «Geom-eun meori» / «Black Hair» (1964), el thriller con «Ma-ui gyedan» / «The Devil’s Stairway» (1964) o el cine juvenil representado por «Maenbal-ui cheongchun» / «The Barefooted Young» (1964). «Dumangang-a jal itgeora» / «Farewell Duman River» (1962), por su parte, es una muestra de un género típicamente local como es el western manchú, cintas de aventuras ambientadas en Manchuria e inspiradas en el western americano.

    Es innegable que en estos años el cine de Corea del Sur bebía de fórmulas del cine americano –el western, el film noir, la comedia romántica, el cine bélico, el cine de terror o las películas juveniles–, algo lógico en un país que tan dependiente se había vuelto de EE.UU. tras el armisticio que puso fin a la guerra. Esa influencia se vislumbra en la imitación de películas y géneros concretos, en los ambientes “modernos” y “sofisticados” que nos muestran las comedias y melodramas, en las canciones que aparecen en los títulos de crédito, o incluso de manera mucho más obvia: es llamativo que filmes como «The Devil’s Stairway» («Ma-ui gyedan»; Lee Manhee, 1964) o «The Barefooted Young» («Maenbal-ui cheongchun»; Kim Kee-duk, 1964) incorporen en sus bandas sonoras la música de títulos clásicos de Hollywood –la de Elmer Bernstein para «Los diez mandamientos» (Cecil B. De Mille, 1956) y la de Miklós Rózsa para «Rey de reyes» (Nicholas Ray, 1961)– sin que sus verdaderos autores aparezcan acreditados. Pero también es evidente que esa operación de trasplante de códigos foráneos presenta inevitables y significativas distorsiones y mutacione que son producto de la cultura local y del contexto de la época, como las páginas que siguen se encargarán de explicar. Y algo similar sucedía cuando cineastas con mayor voluntad de estilo se acercaban al cine europeo y las “nuevas olas”. Basten un par de ejemplos: el meditado estilo modernista de un film como «Mist» (Kim Soo-yong, 1967) deja paso, en una escena desconcertante, a un número musical para lucimiento de una de aquellas baladas románticas tan de moda en la época; por su parte, «A Day Off» rompe su geométrica y cuidada planificación (que parece inspirada en el cine de Michelangelo Antonioni) para entregarse a una larga secuencia de montaje sin diálogo que nos describe la intoxicación alcohólica de su protagonista, un delirante ejercicio visual que supera con creces el costumbrismo etílico a que nos tiene habituados hoy el cine de Hong Sang-soo. Son rasgos localistas bien palpables, impredecibles infracciones de las normas consensuadas por aquellas prácticas cinematográficas que se trataban de emular. Los diferentes artículos que componen este libro ahondan con mucho más rigor en la manera en que el cine coreano reaccionó ante el duro ambiente de la posguerra, pero, básicamente, se pueden distinguir dos tipos de respuestas: por un lado, el crudo realismo de algunos de los títulos más notables del período, como «The Flower in Hell» («Ji-okhwa»; Shin Sang-ok, 1958), «Aimless Bullet» o «A Day Off»; por otro, el refugio escapista que ofrecían géneros muy codificados, como la comedia o el cine de terror, gracias a su ilusoria imagen de una Corea modernizada, o por medio del orgullo patriótico de que hacían gala el cine bélico y el histórico. Pero, por encima de todo, encontramos la fascinación autóctona por el melodrama (o más bien deberíamos decir ‘lo melodramático’), una fórmula recurrente en todo tipo de películas, desde la intriga criminal de «Black Hair» («Geom-eun meori»; Lee Man-hee, 1964) hasta el género bélico en «North and South» («Namgwa Buk»; Kim Kee-duk, 1964) o el cine histórico sobre la dinastía Joseon, pasando por thrillers como «The Devil’s Stairway» y «The Housemaid» («Hanyeo»; Kim Ki-young, 1960) o una película juvenil como «The Barefooted Young».

    Un cine del exceso, de sentimientos exaltados y conductas impetuosas, de un apasionamiento en la puesta en escena que hoy todavía encuentra eco en muchas películas y K-Dramas coreanos contemporáneos. Y, por supuesto, está la miseria, que azotó con inusitada dureza a la sociedad de posguerra y cuya presencia siempre flota en el ambiente de un modo u otro, incluso en las películas que se cierran con finales felices o más acomodaticios.