DANIELA ASTOR Y LA CAJA NEGRA

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    Autor: MARTA SANZ
    Editorial: ANAGRAMA. 267 PAGS. 19 EUROS
    Páginas: 267
    Precio: 19€

    Sinopsis

    Marta Sanz (Madrid, 1967) propone en principio un juego en la interesante novela «Daniela Astor y la caja negra», el de dos niñas de 12 años que se encierran en «la leonera”, el cuarto de una de ellas, para pasear en sus sueños infantiles por la alfombra roja del mundo del espectáculo de la época de la Transición, imaginando que son la Marisol de la portada de Interviu o María José Cantudo en «La Trastienda», el primer desnudo integral del cine español, bajo el glamour imaginario de los focos color rosa, hasta que de pronto la autora imprime un giro inesperado y radical a la narración y, como hizo Jaime Gil de Biedma, le dice al lector que la vida va en serio.
    «Esta es la historia sobre el adulto que llevamos dentro todos los niños”, sostiene Catalina Hernández Griñán, la protagonista, que se disfraza en su desatada imaginación de los 12 años de Daniela Astor, quien ella quisiera ser de mayor, una mezcla de Blanca Estrada y Amparo Muñoz, con sus vestidos ajustados y las medias negras muy ceñidas a la mitad del muslo. Puro glamour. «Sólo me desnudo por exigencia del guión”, afirma la Astor a través de la voz impostada de la niña Catalina, hasta que su madre la manda a hacer los deberes.
    Marta Sanz ha escrito una novela envolvente como una sinfonía. Como una canción del verano. De frases cortas. De regate en corto. De descripciones fulminantes. Es un libro que huele a mujer, hecho en un estilo directo, sin ornamentos, preciso, que habla del pasado pero sin caer nunca en la nostalgia o en la melancolía, una novela, ya está dicho, que arranca como un juego, un juego que gira y gira como un tiovivo, hasta que de repente se detiene y la autora coloca a los personajes y al lector ante una realidad desoladora.
    «La vida es una putada”, dijo Francisco Umbral, al que Marta Sanz cita con afecto en un libro plagado de nombres propios. Catalina descubre que la vida es difícil la mañana que dos policías detienen a su madre por abortar. Seis meses y un día de cárcel. Entonces, Daniela Astor, perfumadísima y seductora, desaparece, como ocurrió con tantas estrellas del cine de destape, que se convirtieron en «juguetes rotos” , desde Amparo Muñoz a Sandra Mozarowsky -nos recuerda Marta Sanz-. Y la niña Catalina H. Griñán descubre de golpe que el glamour se evapora, que ella bailaba sobre la fragilidad de un cristal, porque tiene ahora miedo, está sola y acaba de mearse sobre la alfombrilla del piso del vecino.
    El libro adopta en su segunda parte un tono sombrío, sórdido, tremendamente emotivo, dramático pero sin caer nunca en el melodrama, porque la autora controla la narración con lucidez y pulso firme, a veces al estilo de Simenon. Marta Sanz plantea hábilmente una reflexión sobre el aborto, debate incipiente en los años en los que se desarrolla la trama de la novela, pero aún latente. «Yo no sé si mi madre es una mujer muy valiente o una mujer muy egoísta. Hay voces que me susurran ideas contradictorias. Lo harán a lo largo de mi vida entera”, piensa Catalina.
    Por el libro pasan las canciones de la época y las películas de aquellos años, porque está lleno de amor al cine y de referencias cinematográficas. Pero la vida no es como el cine, parece decirnos Marta Sanz, en este libro culto e inteligente sobre sueños rotos, familia, pérdidas y desengaños. «Daniela Astor se me aparece todavía hoy, cuando siento el balón de la soledad, el alargado vacío que se extiende desde la garganta hasta las ingles”, piensa Catalina a los 50 años. La vida es cruel, sí, por eso es necesario «imaginar un tiempo de química y música”.
    (Artículo publicado por el autor en ‘El Norte de Castilla)