Don Jacinto Benavente contó siempre con el favor del público –escribió 172 obras-, pero padeció los alfilerazos de la política. Durante la República perteneció a la denominada Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Tras la Guerra Civil sintió la desconfianza del Régimen sobre sus ideas, y también por su condición de homosexual, de la que él, claro, nunca dijo nada. Siguió estrenando sus piezas, pero en los carteles durante un tiempo no apareció su nombre. Curiosamente ponía: “Obra del autor de La malquerida”. Benavente sobrellevó todo con esa ironía que a veces emerge en su teatro. Cuenta Luis Antonio de Villena que una noche de estreno, ante las puertas de una sala teatral en jornada de fuerte viento, cuando salía de un taxi a don Jacinto se le voló el sombrero y exclamó: “¡Ay, la pamela!”.

Benavente definió su obra “La noche del sábado” como “una novela escénica”. Y “El encanto de una hora”, un título de sonoridad maravillosa, obra breve de juventud, incluida en el libro “Teatro fantástico” (1892), que se acaba de estrenar en el Teatro Español de Madrid, podría subtitularse poema escénico. Escribió Francisco Umbral: “Don Jacinto es una mina, pero hay que ser buen minero”. Carlos Tuñón, director de “El encanto de una hora”, demuestra que es buen minero: convierte sutilmente en una perla esta delicada pieza, que habla de la soledad, del vacío, del amor que se llena de desamor, y de las pasiones incumplidas porque la vida es frágil y rara. Los personajes están llenos de miedos. “La vida es hermosa, pero estamos ubicados en un recinto mezquino”, afirman.

“El encanto de una hora” trata sobre dos figuras de porcelana, una mujer y un hombre, que irrumpen en la vida durante una noche, una vida de la que han sido simples y aburridos espectadores desde una estantería, donde las cosas han ocurrido alrededor de ellos. “Nací a la vida de la que tanto tiempo hemos sido impasibles espectadores (…) Me parece que la vida no se ha hecho para estar aquí como dos tontos”, exclama uno. La obra rebosa melancolía, porque, insisto, trata sobre las plegarias no atendidas. Y el protagonismo no está en ninguno de los personajes, sino en el clima, en la atmósfera, en la acuarela de los diálogos impecables escritos por el autor. Hay una agradable sensación de decadentismo, de envolvente lentitud. A ello contribuye la acertada interpretación de Patricia Ruz –que además canta muy bien- y de Jesús Barranco –que expresa inmejorablemente la amargura de una vida estática-. “Volare”, y otras canciones inolvidables, suena de fondo con las imperfecciones de una radio antigua. “El amor es imposible”, se duelen los personajes. Y también: “La hora del amor, la única en la que merece la pena vivir”.

La única en la que merece la pena vivir.

(Publicado en Andalucía Información)