Con cinco nominaciones a los Goya, de las que obtuvo uno por «Tapas», Elvira Mínguez, actriz de fuerza incontestable, se ha revelado, además, como una escritora de voz potente. En su segunda novela, «La educación del monstruo» (Espasa), recorre tres escenarios y tres tiempos distintos para enfrentarnos tanto a los monstruos ajenos como a los propios. Lo paradójico es que, mientras escribe acerca de miedos, silencios y crímenes que dejan al lector con un nudo en el estómago, sobre su mesa de trabajo descansa una cita de Tomás Moro: «Felices aquellos que pueden reírse de sí mismos, porque nunca terminarán de divertirse».
«La educación del monstruo» es una historia inquietante y profundamente humana que explora cómo el miedo y la memoria pueden marcar una vida para siempre. Pensamos que el monstruo siempre es el otro: un desconocido que se lleva a una niña en un coche blanco, un hombre que ataca en una calle desierta… ¿Qué pasa cuando descubrimos al monstruo que todos llevamos dentro? Matilde es la madre entregada y sobreprotectora de un niño de cinco años. Un recuerdo involuntario será el detonante que la lleve a buscar el motivo de esta sobreprotección, que entiende cada día más dañina para su hijo y para ella misma. Esta es también la historia de la madre de Matilde, Águeda, una joven que en 1963 emigró a Alemania con su familia y convivió bajo el mismo techo con un hombre y su hijo adolescente, un muchacho silencioso que aprendió demasiado pronto el lenguaje de la humillación. En esta búsqueda Matilde regresará a su infancia, al Valladolid de los años setenta, y a su colegio, dirigido por la hermana Olvido. La ciudad vive sobrecogida por una serie de secuestros y violaciones a niñas que siembran el pánico mientras un silencio ominoso se instala en las familias.
«La educación del monstruo» es una novela sobre cómo se fabrica la violencia, cómo el miedo se transmite de generación en generación y cómo todos participamos, a veces sin saberlo, en la construcción del depredador, porque el monstruo no aparece de la nada.
La actriz compara cine y literatura: «La principal diferencia es la libertad que siento en la literatura. Cuando interpretas estás supeditado a un guion, a la historia que quiere contar el director, por lo que el actor, según mi criterio, es solo una herramienta para contar esa historia. Pero al escribir eres tú quien cuenta la historia y decide sobre los personajes».













