Pocos que no lo conozcan pueden suponer que Alex O´Dogherty, con tal apellido, es un cómico andaluz, de San Fernando (Cádiz), pero él alardea varias veces de su condición de andaluz y de que le gusta la cerveza Cruzcampo, “no la Mahou ni la Estrella de Galicia”, durante su monólogo “Imbécil”, que se representa en el Teatro Rialto de Madrid. Alex O’Dogherty ha protagonizado musicales de éxito (“The Hole”), películas (como la entrañable “Pancho”) y varios monólogos de relevancia. En este espectáculo, “Imbécil”, aparece como un intérprete tan cercano como entendible, provocador, irreverente, moderadamente salvaje, con gracia andaluza y con un humor inteligente de cuchillo. Porque “Imbécil” no es un monólogo más de los que actualmente hay en la cartelera madrileña, sino un espectáculo especial. Circula en muchas direcciones, trata numerosos asuntos, se asienta sobre una minuciosa observación del lado curioso de la realidad, aunque hay un tema que aparece y desaparece discretamente pero, desde el subsuelo con frecuentes subidas a la superficie, marca la dirección de la función: la constante y, a veces, desesperada reivindicación de la libertad de expresión. Dice: “La gente está yendo a la cárcel por palabras, no por robos”. Y deja caer, salpicados entre esto y lo otro, nombres de artistas que han tenido graves problemas por sus palabras. Como Willy Toledo. O el excelente y veterano cómico italiano Leo Bassi, “al que le pusieron una bomba en el teatro donde iba a actuar”. No lo cuenta aquí O’Dogherty, pero Leo Bassi, en 1982, mientras hacía una función en las aceras de la madrileña Puerta del Sol programada por el Festival de Teatro de Calle (ya desaparecido), resultó detenido por la Policía (“los grises” los llamaban entonces) y conducido al cercano edificio de la Dirección General de Seguridad (hoy sede de la Comunidad de Madrid).

O’Dogherty improvisa, sí, y muy bien, interactúa constantemente con el público, pero resulta esencial en este espectáculo el guión sólido, trabajadísimo y lleno de talento, que él mismo ha escrito. De modo que la función fluctúa desde afirmaciones como “Diógenes llamaba borde a Platón”, o “una palabra es una reunión de letras con un significado”, a lograr que todo el mundo cante a coro “quiero comerme un nabo”.

Habla sin parar, canta y baila –no demasiado-, pero lo acompaña casi siempre la música. Y contagia alegría, que es el mejor de los contagios en estos tiempos de zozobra. Se sirve de su acento andaluz para subrayar el humor de algunos pasajes de la función, y recurre al argot de San Fernando cuando le apetece, que para eso es su tierra. Por ejemplo:
–“¡Quillo, mañana llama al abogao!”
–“¿Qué abogao?”
–“El que tengo aquí colgao”.
Alex O’Dogherty, decíamos.

(Publicado en Andalucía Información)