«Hotel Mónaco” es una obra muy madriles. “Madrid es meterse las manos en los bolsillos como nadie”, escribió Ramón (Gómez de la Serna), en una de sus ocurrencias geniales sentado en la terraza de un café. Pero los actores Laura López y Miguel Ángel Bueno, y el director teatral Max Ilzarbe, han hecho un trabajo de investigación de primer orden sobre la evolución del mundo gay en el barrio madrileño de Chueca, con una conciencia pop, que abarca desde principios del siglo XX hasta ahora, tomando como protagonista al Hotel Mónaco, desde la época gloriosa del establecimiento, cuando lo frecuentaba Alfonso XIII para sus encuentros clandestinos con sus amantes, siempre en la habitación número 20, hasta el momento del cierre del establecimiento, hace poco, en una céntrica barriada, denuncian, envuelta ahora en especulación urbanística. La función, coral (aunque sólo haya dos intérpretes), desbordante, moderadamente golfa, de un barroquismo castizo, recorre, pues, los momentos importantes de Chueca (coinciden con los de Madrid), con especial atención a la Movida, con su música, fiestas y desparrame, pero deteniéndose en los trágicos estragos que provocó el ‘caballito del diablo’ (expresión que no se utiliza en la obra, pero con la cual el dramaturgo Fermín Cabal se refería entonces a la heroína), con aquella llamada en un concierto del alcalde Enrique Tierno Galván a la juventud: “El que no esté ‘colocao’ que se coloque”. Un Tierno que entonces parecía avanzado y ahora resulta patético.
Laura López y Miguel Ángel Bueno son unos actores excelentes, que a veces narran a modo de documental televisivo, pero también cantan, bailan, y hablan entre ellos, encarnando a multitud de personajes, con un ritmo frenético. Hay proyecciones en el fondo del escenario. Y una cercanía con el público, en la sala AZarte de Madrid, que contribuye a la complicidad. La obra, siempre viva, desprende a veces olor a calle del barrio de Chueca en los 80, a los churros madrugadores que jamás volverá a probar el último heroinómano muerto con una jeringuilla clavada en sus venas de cobre de persona convertida “en zombi” (“el que no esté ‘colocao’ que se coloque”). O a la cercanía de los vecinos de siempre, a los que está expulsando del lugar la especulación inmobiliaria. Hay también una crítica a cómo el capitalismo ha embaucado al Orgullo o a cómo el Orgullo se ha dejado embaucar por el capitalismo. “El Orgullo dejó 240 millones de euros en 2024”, dicen. La función es también un canto a las relaciones humanas. “El ser humano es un ser social por naturaleza”, esgrimen parafraseando a Séneca. Y rematan: “Bajar a la calle siempre será mejor que cualquier serie de Netflix”. Pues eso.














