La cantante, modelo y actriz Françoise Hardy, icono de la música francesa en la década de los 60, ha fallecido este martes 11 de junio a los 80 años de edad. Hardy fue una de las primeras cantantes pop francesa en hacerse conocida fuera de las fronteras galas y una de las máximas representantes de la ola yé-yé. En el año 1962 grabó «Tout les garçons et les filles», el single con el que alcanzó una gran popularidad y que se ha considerado como un verdadero himno generacional del que se han vendido millones de copias. Un año después participó en el Festival de Eurovisión representando a Luxemburgo con la canción «L’amour s’en va», logrando la quinta posición. Como modelo también fue musa de diseñadores como André Courrèges o Paco Rabanne.

Pese a que Françoise Hardy nunca se esforzó en hacer una carrera como actriz, y eso que su aspecto físico (aquel al que debió su condición de icono de la moda, y que tanto la atormentaba en privado) era capaz de atraer al público tanto como su voz. A diferencia de muchos de sus contemporáneos en la música pop francesa, Hardy dejó tras de sí una cierta huella en el cine. No solo de directores como Wes Anderson, François Ozon o Álex de la Iglesia, que usaron su música, sino también de papeles como actriz concentrados en unos pocos años en los comienzos de su carrera. Entre ellas «Château en Suède» (Roger Vadim, 1963), adaptación de una obra de Françoise Sagan que supuso su debut como actriz, trabajando al lado de Monica Vitti, Jean-Claude Brialy y Jean-Louis Trintignant. En «¿Qué tal, Pussycat?» (Clive Donner, 1965), que contaba con un guion de Woody Allen, tuvo un cameo tan breve como encantador que le permitió aparecer en los créditos junto a Peter O’Toole, Peter Sellers, Romy Schneider y el propio Wiidy Allen. Este mismo año aparecía en «Altissima pressione» (Enzo Trapani, 1965), una comedia musical en la que aparecía como ella misma, nunca estrenada en España, pese a que en su reparto también figuraban también dos de las mayores estrellas musicales italianas del momento, como Lucio Dalla y Nicola Di Bari.

Un año después es reclama por Jean-Luc Godard (¡palabras mayores!) para «Masculin, femenin», pero Godard y Hardy resultaron absolutamente incompatibles. Pese a ello, las ganas de incordiar del primero y la timidez de la segunda dieron como resultado uno de los cameos más deslucidos de una estrella pop en el cine con una intervención-relámpago. Ese mismo año aparece en «Une balle au coeur» (Jean-Daniel Pollet, 1966), un thriller de mafiosos rodado en Grecia y con BSO de Mikis Theodorakis. También en ese año de superactividad Hardy aparece en «Grand Prix» (John Frankenheimer, 1966), con una película sobre el mundo de la Fórmula 1 dirigida por el autor de «El mensajero del miedo» y «El tren». La verdad es que su papel de chica triste y solitaria que rompe el corazón de un piloto italiano (Antonio Sabato), donde también estaban Yves Montand, Toshirô Mifune o Eva Marie Saint. En 1972 Hardy regresa a la pantalla con «Les colombes» (Jean-Claude Lord, 1972). Fue su penúltimo trabajo en el cine haciendo un cameo (como una joven hippie) en esta película canadiense. Su despedida del cine llegó con «¡Si empezara otra vez!» (Claude Lelouch, 1976) donde de nuevo se interpreto a sí misma, con bastante dignidad, junto a Catherine Deneuve y Anouk Aimée, aportando además el tema principal de la banda sonora. Aunque no fue un trabajo de la cantente y actriz, apareció en los créditos de «Vortex» (Gaspar Noé, 2021), un videoclip de «Mon amie la rose, una de sus canciones más sombrías, con una letra que hoy suena especialmente certera: «Feliz y enamorada / bajo los rayos del sol / me cerré por la noche / y me desperté vieja».