La dramaturga costarricense Denise Duncan ha convertido al boxeador Jack Johnson, “El Gigante de Galveston”, el primer negro en conquistar el título de los pesos pesados en 1908, en un personaje esencialmente shakesperiano en su obra “El combate del siglo”, recién estrenada en el teatro Valle Inclán de Madrid. A Jack Johnson le ocurrió como al Rey Lear: se hizo viejo antes que sabio. Hay en la función juegos dramáticos que remiten a Shakespeare, como ese anillo que va sospechosamente de mano en mano, delator de deslealtades y derroches. En la grandiosa obra de Shakespeare abundan los anillos inquietantes. En 1980, Francisco Ors, que fue otro dramaturgo shakesperiano, en su inolvidable pieza “Contradanza”, estrenada en el Lara con José Luis Pellicena como protagonista, también empleó de manera colosal un anillo delator como metáfora dramática. Una cabaretera del Excelsior, local del Paralelo barcelonés, le dice a Johnson en una de esas madrugadas de soledad, alcohol, cocaína y angustia que narra “El combate del siglo”: “Debías ser el único boxeador que recitaba a Shakespeare mientras entrenaba”.

Denise Duncan ha escrito un texto duro, poético, desalentador y envolvente, sobre la vida de Jack Johnson, que tuvo en su existencia momentos de alianza y condena, como diría Claudio Rodríguez, y en la dirección de la obra, Duncan lo ha envuelto todo en un áurea de humo y poesía para que la vida llore dentro. Porque “El combate del siglo” es, ante todo, una obra sobre la injusticia: la persecución que sufre un hombre negro que decide ganarse la vida sobre el ring a puñetazo limpio contra boxeadores blancos frente a la moral dominante en ese tiempo (¿en todos los tiempos?). Una danza oscura sobre el ring de consecuencias fatales cuya angustia no mitigan ni siquiera los colosales ligueros de las chicas del Excelsior con voces sublimes cuando cantan en un music hall lleno de melancolía.

“¿Alguna vez has notado que la vida no es tuya?”, se pregunta Johnson, interpretado por un excelente Armando Buika. Lo persigue allá dónde esté, porque se ha atrevido a ganar el combate contra James Jeffries, “La Gran Esperanza Blanca”. Incluso van detrás de él durante los tres años en los que residió en Barcelona. Pero el comisario Gómez –que nunca aparece en escena- es persistente pero muy dado al soborno. Johnson, de todos modos, añora su país, Estados Unidos. Piensa regresar. Insiste “El Gigante de Galveston”: “Yo no he nacido para morder el polvo”. Pero sólo permitirán que se asome brevemente a contemplar el brillo de una vida que decidieron que no le correspondía. Porque “El Gigante” es negro. Excelente obra en el Centro Dramático Nacional.