El pasado febrero finalizó en la localidad grancanaria de Arucas la filmación de la producción alemana «Tania», una historia de espionaje, revolución, amor y lealtades divididas, que tiene como protagonista a Tamara Bunke, la alemana conocida por la historia como «Tania la Guerrillera», compañera de Ernesto Che Guevara en Bolivia. Está interpretada por la berlinesa Mercedes Müller y el hispano argentino Alberto Ammann asume el papel del guerrillero vinculado a la Revolución cubana.

El equipo de la película «Tania», una coproducción entre la alemana enigma film GmbH y la canaria Surfilm, trabajó a contrarreloj aprovechando la luz del invierno isleño y la versatilidad de un municipio que, poco a poco, se va consolidando como plató natural. No es la primera producción que llega a Arucas ni será la última, según explican fuentes municipales, que destacan la facilidad para alojar a los equipos y la comunicación fluida entre las distintas zonas de rodaje como factores clave para que las productoras repitan la experiencia.

La película, que cuenta con dirección de Elmar Fischer y guion de Tobias Stille, se centra en un episodio concreto y quizás menos conocido de la vida de Bunke. Lejos de ser una biografía al uso, la trama arranca en 1961 en la República Democrática Alemana. Allí, Tamara, hija de exiliados judíos comunistas que huyeron primero a Argentina durante el auge del nazismo, se encuentra ante la visita de Estado de un carismático líder revolucionario: Ernesto «Che» Guevara. El encuentro no solo despierta en ella una profunda adhesión a los ideales de la Revolución cubana, sino que también la pone en la órbita de Ulises Estrada, un comandante del equipo del Che. Atrapada por el fuego de aquel momento histórico, la joven acepta involucrarse en una compleja operación de espionaje con la Stasi que le permitirá salir de la RDA y llegar a Cuba.

Una vez en la isla, la historia se adentra en terreno pantanoso. Tamara se mueve entre dos aguas: vigilada por la inteligencia alemana, que espera resultados de su infiltración, pero con el corazón y la lealtad puestos únicamente en la revolución que lidera Guevara. Las tropas del Che la entrenan como espía doble, mientras crece su vínculo afectivo con el comandante Estrada. La relación, sin embargo, se ve sacudida cuando Estrada, que prevé el cariz suicida de los planes del Che en Sudamérica, le ofrece una salida: la posibilidad de elegir la felicidad personal y ponerse a salvo. Tamara deberá decidir entre seguir a Guevara en lo que parece una misión sin retorno o renunciar a todo.

El reparto principal está encabezado por Mercedes Müller en el papel de Tania, acompañada por Anna Unterberger, Claudia Michelsen, Tom Wlaschiha y Richy Müller. En el lado masculino, Alberto Ammann da vida al «Che» Guevara.

La guerrillera alemana que murió en Bolivia

Tamara Bunke no fue siempre Tania. Nació el 19 de noviembre de 1937 en Argentina, adonde sus padres, comunistas alemanes, habían huido del nazismo. En casa la llamaban Tamarita, pero como suele ocurrir con los niños, el apelativo se transformó. Su madre contaba que, de bebé, solo era capaz de pronunciar la última sílaba de aquel nombre cariñoso. Así, «Tamarita» se convirtió en «Ita», y así la siguieron llamando los suyos toda la vida.

En 1952, la familia se trasladó a la República Democrática Alemana. Allí, Ita completó sus estudios, pero nunca perdió el vínculo con América Latina. Se empapaba de su música, de su política, de sus inquietudes. Por eso, cuando triunfó la Revolución Cubana, no lo dudó. Quería estar allí, formar parte de la construcción de aquel socialismo que veía posible.

Llegó a Cuba en mayo de 1961, en plena efervescencia tras la Batalla de Playa Girón. Se integró en las Milicias Nacionales Revolucionarias y participó en la Campaña de Alfabetización. Pero había algo que le molestaba especialmente: que la señalaran como extranjera. En el Ministerio de Educación, donde trabajó, exigió tomar parte en las reuniones sindicales y asumir tareas como cualquier cubano. «El comunista, el revolucionario, lo es en el país en que estuviere, aunque no fuera aquel en que ha nacido», solía decir a sus compañeros.

Por entonces, pensaba en el periodismo. Se matriculó en la Universidad de La Habana y empezó a escribir para algunas publicaciones, sobre todo de la Federación de Mujeres Cubanas. Quienes la conocieron entonces la recuerdan también con una guitarra o un acordeón entre las manos. Conocía bien el folclor latinoamericano y ruso, y no era raro oírla interpretar «Allá en el Rancho Grande» o «Noches de Moscú», alternando con piezas de los músicos cubanos de moda.

Su vida personal se fue entrelazando con Ulises Estrada Lescaille, un combatiente del Ministerio del Interior con quien compartía ideales y con quien empezó a imaginar un futuro. En las cartas que enviaba a su madre, bromeaba sobre «la cantidad de nietos mulaticos» que pensaba darle. Pero la historia tenía otros planes.

A finales de marzo de 1963, según relató después Estrada, Ita recibió una propuesta. Una misión. Aceptó, y tras un entrenamiento riguroso que la llevó por varios países, empezó a transformarse. Poco a poco, Ita quedó atrás para dar paso a Tania, la guerrillera que se infiltraría en Bolivia.

El 18 de noviembre de 1964, con la identidad falsa de Laura Gutiérrez Bauer, llegó a La Paz. Logró introducirse en círculos cercanos al gobierno boliviano y recabar información para el movimiento revolucionario. En marzo de 1967 se incorporó a la guerrilla que el Che comandaba en Bolivia.

Su muerte llegó antes que la de Guevara. El 7 de septiembre de 1967, la radio boliviana anunció el hallazgo de un cadáver en las orillas del río Grande. Dos días después, la agencia Associated Press precisaba: «La argentina Laura Gutiérrez Bauer, Tania, fue muerta ocho días antes en la emboscada de Vado del Yeso con otros siete guerrilleros». Durante un tiempo, ni la CIA ni las autoridades bolivianas supieron a quién habían matado realmente. Fue Cuba quien reveló su nombre auténtico.

El cuerpo de Tania fue llevado en helicóptero a Vallegrande. Lo que ocurrió después lo relataron testigos años más tarde. Cuando se supo que los militares pensaban arrojar el cadáver a una cañada, un grupo de mujeres del pueblo, entre ellas varias monjas, protestaron. Hablaron con el coronel Andrés Sélich, pero la respuesta fue tajante: «No hay plata para enterrar a guerrilleros».

Entonces, según contó Abraham Lino Coronado, sobrino del dueño de la funeraria local, su tío donó el féretro. Las señoras compraron una sábana blanca, una manta, velas y flores. Las monjas velaron el cuerpo en el casino militar. A medianoche, los soldados lo llevaron al cementerio. La enterraron en un nicho municipal y clavaron una cruz de metal negro. Una monja y un sacerdote, el padre Mario Laredo, oficiaron una misa.

Pero la tumba no era definitiva. El chofer del coronel Sélich, Carlos Cortez, confesó después que, a las pocas horas, unos soldados desenterraron el ataúd de Tania, lo sustituyeron por otro con el cadáver de un militar y trasladaron sus restos a un lugar desconocido.

Pasaron treinta y un años. En 1998, un equipo de antropólogos y forenses cubanos llegó a Vallegrande con información que apuntaba a una nueva ubicación: cerca de una hilera de árboles, al fondo de lo que hoy es la muralla del Rotary Club. El 17 de septiembre empezaron las prospecciones. Dos días después, el ingeniero Noel Pérez Martínez encontró los primeros indicios: unas botas de goma pequeñas, anillas y cristales de un ataúd, restos de ropa interior femenina y un cráneo de rasgos europeos.

Las pruebas periciales confirmaron lo que buscaban: aquellos restos eran los de Tamara Bunke. Hoy descansan en el Mausoleo junto a Guevara y otros compañeros de lucha.