«El Peliculero» es un monólogo emotivo, brillante, conducido hábilmente por Víctor Parrado hacia emociones comunes en los espectadores, como el valor de la amistad, del amor, o de la nostalgia que desprenden algunas bandas sonoras de películas de cine que quedaron grabadas en el alma. «El Peliculero», que se representa en el teatro Alfil de Madrid, es, en definitiva, un espectáculo sensacional que conduce hacia una vida risueña durante casi dos horas. Algo, sí, muy importante en estos tiempos duros, ubicados en lo gris, en el dolor.

Víctor Parrado es un showman extraordinario. Es hábil para hablar con el público y lograr la complicidad de los espectadores. Pero, además, canta, realiza imitaciones, y baila. Baila muy bien, y se echa en falta que no se prodigue más en ello durante la función. Pero, sobre todo, habla y habla. De cine, de amor, de desamor, de recuerdos, de películas, de amigos, de familiares. “El Peliculero” supone, ya está dicho, un maravilloso canto a la amistad.

Hay momentos notables en este espectáculo de humor blanco –sólo una vez el protagonista se permite hacer humor negro, y lo dice-. Destaca cuando se proyecta sobre el escenario la imagen de los cuatro aspirantes a ganar un Oscar, tres de ellos célebres intérpretes de Hollywood, y finalmente gana la estatuilla Víctor Parrado. Parrado tiene, hacia el final, un emotivo recuerdo hacia su padre, muerto de Alzheimer. La vida es alianza y condena, que escribió Claudio Rodríguez. Pero Víctor Parrado, como insinúa al inicio de la función, logra que las angustias cotidianas de la gente se queden fuera de la sala. Dentro, sobre el escenario, él es el dueño de la magia del espectáculo, de la ensoñación del teatro. Magnífico.