El teatro, un arte vivo, en el que todo transcurre ante los ojos del espectador con carácter de irrepetible, porque cada función es distinta, el teatro, decíamos, exige que la puesta en escena esté medida al milímetro, sin espacio ninguno para la improvisación o lo imprevisto. Por eso resulta muy complicado representar el caos en la superficie y que en el subsuelo de la obra las cosas funcionen como un reloj. La veterana compañía Yllana y el director Alberto Frías lo consiguen en el disparatado, divertidísimo e inolvidable espectáculo “The Royal Gag Orchesta”, que se encuentra en gira por España pero ha tenido dos funciones en el Teatro Circo Price de Madrid. Existen las tormentas perfectas –en la vida real se están acumulando demasiadas- pero estos cómicos y los excelentes músicos demuestran sobre el escenario que también se puede lograr un risueño caos perfecto (de ficción). El resultado es fantástico. El público, durante 90 minutos, deja en la acera de acceso al teatro las preocupaciones y se ve envuelto en un colosal disparate que lo recubre todo de risas, de carcajadas, o, en todo caso, de alegría.

Los músicos se ponen de pie, van y vienen, incluso llegan a dormirse todos mientras interpretan, y hay una pelea constante, lucha de egos, entre el director de orquesta Josef Von Ramik (un inspiradísimo Juan Francisco Ramos) y el violinista Gaspar Krause, pero en medio del supuesto desorden suenan maravillosamente obras maestras como la Gazza Ladra de Rossini, la Danza Macabra de Camile Saint Saens, o la música por excelencia del concierto de Año Nuevo Marcha Radezsky. Y, claro, hay un toque español: Las bodas de Luis Alonso y el preludio de la Carmen de Bizet.

No hay palabras sobre el escenario. Solo gestos y movimientos. Y ahí se percibe la tradición escénica forjada en más de 25 años de Yllana, y la mano del director, Alberto Frías –en algunos movimientos circenses en la orquesta-, que en los últimos años ha emocionado a unos y otros con su espectáculo “Payaso”. El público participa continuamente, a veces tocando unas campanillas que componen una sinfonía, y finalmente, ya por su cuenta, bailando de manera desatada sobre la platea. Hay 28 músicos sobre el escenario de la prestigiosa Orquesta Sinfónica Carlos III. El espectáculo, sí, sorprende. Tal vez este caos de ficción no debiera causar ya asombro entre la gente, acostumbrada al sombrío caos político de las periódicas sesiones de control al Gobierno en Las Cortes. Ahí hay un caos no buscado y nada deseable. En el lado opuesto se ubica el caos de esta desopilante orquesta, que contagia felicidad y suena maravillosamente a música clásica inmortal. El arte afortunadamente sale en ocasiones al rescate del personal.

(Publicado en Andalucía Información)