Dice Mario al inicio de “Juguetes rotos”: “Durante la vida nunca pensamos en el ataúd; sin embargo es algo que a partir de un día nos va a acompañar siempre”. “Juguetes rotos” es una extraordinaria joya teatral, una pieza en la que vibra la melancólica luminosidad del Paralelo barcelonés con sus canciones roncas a un amor que duele como una dulce cuchillada, y también la siniestra vida en los pueblos del franquismo llenos de testosterona y con orquesta ferial que canta a una alegría imposible y tipos en busca de alguna chica “bebida y que se deje” con la perspectiva de una era sin luna. Pero Mario agarra su maleta y con los bolsillos vacíos se marcha a Barcelona, harto de que en el pueblo le hablen del Real Madrid de Alfredo Di Stéfano en aquella España oscura mientras él habita en la levedad de la pluma de las palomas que acaricia. Palomas atrapadas en la jaula a las que, Mario, cuando ya es Marion y lleva un maravillo vestido color rojo con zapatos de tacón a lo Greta Garbo, dejará volar en libertad.

“Juguetes rotos”, que se representa en el teatro Infanta Isabel de Madrid, está sobrevolada por la música de Federico García Lorca, porque se trata de un sensacional poema teatral cruzado de nostalgia, amores imposibles, canciones quebradas de cabaret y besos olvidados. Carolina Román, la autora y directora del montaje, escribe en el programa: “Quiero mirarme en el espejo y reconocerme en él, mirar mi cuerpo y no odiarlo. Es más, quiero amarlo lo suficiente como para dejarlo volar libre como las palomas (…) Porque si no lo hago seré ese fantasma habitando el cuerpo de un juguete roto”.

Y para dar vida a todo ello, porque la vida palpita permanentemente en el escenario, la obra se sostiene sobre dos inmensos actores: Nacho Guerreros y Kike Guaza. Nacho Guerreros tiene muchos registros interpretativos aunque gusta de personajes vueltos hacia sí mismos. Pero hace creaciones radicalmente distintas unas de otras. Como el ensimismado pero listísimo Coque de la serie televisiva “La que se avecina”. O aquel marido silencioso y sorprendido de “Milagro en casa de los López”, de Miguel Mihura. Y, aquí, ese Mario/Marion que confiesa: “Siempre me sentí una niña”. Mientras, Kike Guaza hace un papel sobrecogedor y superlativo: Dorin, el travestido que canta en un local prohibido del Paralelo y se prostituye con serios padres de familia de la Barcelona franquista. Sobre “Juguetes rotos” pasa una hermosa poesía escénica, que durante el franquismo, y tal vez ahora, algunos pueden considerar sucia. Lo escribe Carolina Román: “Juguetes rotos” es una lanza a favor de lo diferente”. 

(Publicado en Andalucía Información)