La obra teatral “El Club” trata, entre otras cosas, de homosexuales homófobos, de esas personas bien posicionadas económicamente que, por intereses profesionales, sociales o miedo, viven su sexualidad desfogándose en el interior de un armario, en este caso el club, mientras transmiten al exterior una apariencia de serena y feliz vida familiar junto a su mujer e hijos. Pero el club, sitio donde manda la discreción, les ofrece “un hogar fuera del hogar”, un lugar donde mantener secretos “encuentros” con otros hombres, que revitalicen su existencia y les permitan retornar junto a la familia. En el club, como explica uno de sus integrantes, hay socios de todos los partidos políticos, incluso “contamos con un buen número de jueces entre nosotros”, pero Joaquín, el protagonista, un tipo hipócrita y manipulador desde su éxito social y profesional, dirigente de un partido, se ubica en un conservadurismo cínico y agresivo, se ofende hasta reaccionar con la agresión a puñetazos si lo llaman gay, y está confortablemente instalado en el club, lugar donde nunca es de día ni de noche, está abierto a todas horas, y allí, como insiste Joaquín, se propician “encuentros entre hombres muy hombres”.

El Mayordomo –un sensacional Juan Antonio Molina- mostrará las dependencias del club a Alberto, el aspirante a nuevo socio, que regresa entusiasmado y pregunta a su amigo y compañero de filas políticas Joaquín: “He visto también los retratos. ¿El de la barba era socio del club?”. La respuesta: “Sí”.

Santiago Pajares, el autor, ha construido un texto sólido y con acertados giros dramáticos, con un humor agradablemente ácido que conduce a la sonrisa y no a la risa. Con una brillante carpintería teatral. La interpretación de Juan Antonio Molina, Rodrigo Sáenz de Heredia, Juan Madrid y Xavier Olza resulta convincente, bien graduada en cada momento de la historia por Xavier Olza, también director. Todo funciona como un reloj en “El Club”, que se representa en los teatros Luchana de Madrid. Y las cosas están muy medidas en el club salvo, claro, el amor, que hace caer las máscaras. “Vivimos en una sociedad que nos obliga a contentarla, a ser quienes no somos”, dice Joaquín. Pero los sentimientos se imponen finalmente a los intereses, que son fríos. “Al único que tienes que tener cuidado de no traicionar nunca es a ti mismo”, afirma uno de los socios del club cuando la comedia se desata.

Pues eso.