“El burlador de Sevilla” pasea por las tablas del Teatro de la Comedia de Madrid, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), con su tradicional arrogancia (“Sevilla a voces me llama/ El Burlador, y el mayor/ gusto que en mí puede haber/ es burlar una mujer/ y dejalla sin honor”); con su instinto criminal (“con el honor le vencí,/ porque siempre los villanos/ tienen su honor en las manos,/ y siempre miran por sí”; y con su existencia permanentemente atormentada. El actor Mikel Arostegui Tolivar es un burlador con un bíceps como un queso de bola. Y compone un Don Juan Tenorio con la vida dominada por el dolor, en una angustiosa huida hacia adelante de alcoba en alcoba hacia ningún sitio, en todo caso hacia una muerte espantosa que él intuye aunque la niega reiteradamente: “Largo me lo fiais…”. Xavier Albertí, director y autor de esta versión de la obra atribuida a Tirso de Molina (la primera publicación data de 1630), explica en el programa: “El burlador es alguien que sabe que tiene que destruir unas mecánicas sociales que se muestran terriblemente agresivas sobre la libertad sexual del cuerpo femenino”. Arostegui dibuja un burlador con la furia hacia dentro, y una angustia que quema su alma mientras posee a las mujeres, a las víctimas, y realiza sus conquistas de una manera funcionarial, como si cumpliera una tortuosa orden del destino, no parece ser consciente de la oscuridad de sus actos, sino que ha llegado a la banalidad del mal mucho antes de que Hannah Arendt enunciara este concepto.

El montaje está lleno de imágenes bellísimas, de una estética sublime, deslumbrante, en un escenario sobre el que cae en ocasiones una neblina de agua entre luces tenues, y por esa atmósfera húmeda se mueven las mujeres, sus pretendientes, y Don Juan, porque “El burlador de Sevilla” es, entre otras cosas, una obra sobre el deseo. “Sí, amigo, mujer/ de Sevilla; que Sevilla/ da, si averiguallo quieres,/ porque de oillo te asombres,/ si fuertes y airosos hombres,/ también gallardas mujeres”, afirma Octavio, uno de los personajes. La representación está al servicio de un texto colosal y resulta maravilloso escuchar cómo unas y otros dicen el verso, que llega como una conversación, con total naturalidad, tal cual, sin impostación ninguna. En los años 80, Eduardo Haro Tecglen repetía en sus artículos sobre teatro que en España no se sabía decir el verso (salvaba a Guillermo Marín). La evolución ha sido colosal. Y ahí queda “El burlador …” de esta función fascinante. Advierte Catalinón a su señor Don Juan: “Los que finjís y engañáis/ las mujeres desa suerte, / lo pagaréis en la muerte”.

Y así fue. Y como ha escrito Brigitte Vasallo: “Que así sea”.

(Publicado en Andalucía Información)