La Segunda Guerra Mundial y la posguerra aceleró el género

Por Lucía Carrión Mercader

El drástico cambio socioeconómico que están sufriendo nuestras generaciones, viene provocado por el tejemaneje político a que han sido sometidas nuestras culturas desde finales de la II Guerra Mundial. Las películas que hoy expongo forman parte de un proceso histórico de transición global.

En plena contienda los más atrevidos y controvertidos directores de cine, realizaban filmes críticos en clave cómica. Entre ellos destaca la visión judeo-rusa del director alemán Ernst Lubistch. El cineasta comienza su carrera junto a la productora de cine Universum film (UFA), compañía financiada por el gobierno alemán; desde ella era necesario atacar fílmicamente al enemigo germano. De estas producciones sobresalen el film «Madame DuBarry» de 1919, con su violenta visión de la Revolución Francesa; y «Ana Boleyn» de 1920, exponiendo partes sombrías de la historia de Inglaterra. Aún así, la obra maestra de Lubistch no llegaría hasta estar bien asentado en Hollywood, con una visión mucho más amplia de los hechos. En 1942 sacó adelante una de las comedías más políticamente incorrecta que existe, «Ser o no ser». Cine comprometido en versión original, que destapa el nazismo sin igual.

España, recientemente arrasada por la Guerra Civil y bajo la dictadura de Franco, no dudó en hacer una inversión de élite para realizar una película que el mismo dictador firmaría como guionista, bajo el seudónimo Jaime de Andrade. «Raza» o «Espíritu de una raza» (1941) dirigida por José Luis Sáenz de Heredia fue un decálogo al ideal franquista sin igual. En pocas ocasiones he sentido la frialdad en el cine como con el primer visionado que hice de esta ardua película.

El resto del mundo seguía realizando cine, era una industria constante, aunque fue ralentizada durante la guerra hasta su fin. Los frescos aires de la más reciente posguerra inspiraron sin igual al director Roberto Rossellini y a su guionista Federico Fellini. La señalada realización cuasi documental de «Roma, Ciudad Abierta» en 1945, sacada de las heridas entrañas de la población italiana, abrió una nueva vía de inspiración cinematográfica, el Neorrealismo. Esta estupenda dramatización de Rossellini fue sacada de directas conversaciones con los ciudadanos romanos de la época, que consiguieron hacerle ver las dos caras de la guerra provocada por los fascistas, la más tierna y la más villana.

Al otro lado del charco, en Estado Unidos, se utilizaba el cine, para concienciar a la población de que lo bueno estaba por llegar, realizando declaraciones de buenas intenciones, que ayudarían a los ciudadanos a evadirse de su consumida realidad. El director Frank Capra desde Hollywood hizo sentir un inmenso placer a los ciudadanos que se acercaron a las salas de cine para ver el humor negro de «Arsénico por Compasión» (1944) y la humana «Que bello es vivir» (1946).