El cineasta franco-griego Costa-Gavras ha recibido el Giraldillo de Honor del Festival de Cine Europeo de Sevilla, un reconocimiento a su trayectoria como uno de los grandes maestros del cine político y social de las últimas seis décadas. El festival dedica este año un espacio especial a su obra, con títulos emblemáticos como «Z» o «Desaparecido», referentes de un cine valiente, humano y comprometido.

En este sentido, la delegada de Turismo y Cultura, Angie Moreno, ha destacado durante el acto que “el Festival de Cine Europeo de Sevilla es una de las grandes citas culturales de nuestra ciudad y un reflejo de su vocación internacional. Durante estos días, Sevilla se convierte en un auténtico escenario para la creación, el diálogo y el talento, acogiendo a más de 350 figuras del cine europeo y mundial”. Moreno ha subrayado asimismo que “desde el Ayuntamiento seguimos apostando por la cultura como motor de desarrollo, cohesión y proyección exterior. Este festival no solo acerca el mejor cine europeo a nuestro público, sino que también impulsa a Sevilla como punto de encuentro entre la industria, los creadores y los vecinos de Sevilla”.

Asimismo, la delegada ha resaltado que “la 22ª edición del Festival celebra la emoción y el poder transformador del cine, con 192 títulos que invitan a mirar el mundo desde distintas perspectivas. Es un orgullo que Sevilla vuelva a brillar como capital cultural de Europa y que nombres como Costa-Gavras, formen parte de esta gran celebración del cine y del talento”.

Por último, la edil de Turismo y Cultura ha concluido que “Sevilla y el Festival están preparados para convertirse en el gran punto de encuentro del cine europeo durante los próximos días. Un espacio de diálogo entre el público y los cineastas, pero también entre los propios creadores. Esa unión entre industria, cine y ciudad es la verdadera esencia del Festival de Cine Europeo de Sevilla”.

En un encuentro con los periodistas antes del homenaje que le dedicó el festival, Costa-Gavras se mostró consciente del panorama desolador que nos rodea. Hay gobernantes, señaló, “poniendo en marcha políticas en contra de la voluntad de las personas”, gestionando de espaldas a los ciudadanos y “con la mirada puesta en sus propios intereses”, promoviendo de nuevo “esas guerras horrorosas del pasado con medidas extremistas que llevan a los países a lo peor”. De ahí que el franco-griego esté “intentando encontrar una metáfora, para contar la historia tal como la siento. No sé si lo conseguiré”, expuso, y matizó que “la cultura grecolatina sigue existiendo, es la política la que ha cambiado”.

El autor, que estrenó este año «El último suspiro», un drama sobre los cuidados paliativos y la eutanasia, habló con orgullo de la independencia que había podido disfrutar en su carrera. “Desde que empecé, y siempre que me he embarcado en una producción con EE UU, he exigido poder hacer las películas según mis condiciones, tener mi última palabra en el guión, el casting, el montaje”, presumió. “Porque los americanos creen en el happy end, ven una película como una experiencia plácida antes de acostarte tranquilos, y yo pienso que no se puede vivir siempre en un final feliz”.

Costa-Gavras puso como ejemplo de su libertad «Desaparecido» (1982), en la que ante la desconfianza de su entorno eligió a Jack Lemmon para el papel de un padre desesperado por encontrar a su hijo en el Chile del golpe de Estado de Pinochet. “Me decían que era un cómico, y que no funcionaría en un papel trágico”, rememoró sobre aquella apuesta que salió bien: Lemmon ganó el premio al mejor actor en Cannes –y la película se hizo con la Palma de Oro– y estuvo nominado al Oscar en una gala en la que Costa-Gavras lograría la estatuilla al mejor guión adaptado.