“Calderón” es un espectáculo delicioso, de una elegancia teatral sublime. Están en escena, durante unos 60 minutos, Xavier Albertí, autor, director e intérprete de la obra, y Alejandro Bordanove, y ambos hablan de Calderón y recitan algún fragmento de las obras del gran dramaturgo español del Siglo de Oro, pero enfatizan, sobre todo, en que los restos humanos del escritor fueron enterrados y desenterrados seis veces, no se sabe exactamente dónde están, y critican, con la distintiva elegancia de etiqueta que define la función, esa tendencia cristiana, tremendamente insana en ocasiones, a coleccionar reliquias de santo. Xavier Albertí viene de dejarnos como director uno de los montajes más estremecedores y hermosos de los que han pasado durante los últimos años por la escena madrileña: “El cuerpo más bonito que se haya encontrado nunca en este lugar”. Este “Calderón”, un espectáculo sereno, didáctico, inteligente, de suave ironía, que finalmente se hace cortísimo, “entra en diálogo” con “El monstruo de los jardines”, dos obras calderonianas que se representan actualmente por la Compañía Nacional de Teatro Clásico en el Teatro de la Comedia de Madrid.

Escribe Xavier Albertí en el programa: “Sus versos son interpretados para generar corrientes de opinión y, como en el caso de las reliquias cristianas, sus huesos, posibles instrumentos de poder. Esos huesos, en su gran mayoría perdidos, pertenecían a un hombre que sentía, sufría, luchaba y gozaba”. El párrafo define el tono de la obra. Y la pregunta: “¿Versos o huesos?”. Albertí señala que Calderón, en “El príncipe constante”, “narra la manipulación del poder en los huesos de los fallecidos”. Y se explayarán con ironía a través de ese empeño cristiano de compartir la vida con brazos incorruptos. “Hay 14 iglesias en el mundo que dicen tener la reliquia del prepucio de Jesucristo”, y “en el Vaticano se conservan un estornudo del Espíritu Santo y un bostezo de San José como reliquias”. Y buscan alejar a Calderón de algunos tópicos tóxicos que lo envuelven, como el que lo presenta como un sacerdote contrarreformista: “Calderón soñó con una renovación de la Iglesia cristiana”.

La obra tiene una erudita lentitud risueña con música de piano. Con frases rompedoras. Como: “Escandalizar es un derecho y ser escandalizado un placer”. Y cuenta Albertí el momento en el que a un filósofo le preguntaron: “¿Es usted homosexual?”. Y contestó: “Yo soy un hombre educado y cuando me voy a la cama con alguien no pregunto si es hombre o mujer”. Para inmediatamente interrogarse: “¿Era Calderón un hombre educado?”. Y lee un par de fragmentos del escritor. En la sala huele agradablemente a cocido que se ha ido haciendo a fuego lento en una olla, delante del público. Albertí ha impedido en todo momento que Bordanove introduzca un hueso en el puchero.