La cineasta chilena Maite Alberdi, después de entrar de lleno en la ficción (aunque basada en hechos reales) con «El lugar de la otra», vuelve al híbrido entre el documental y una historia guionizada, esta vez trasladándose a México para abordar una insólita noticia de la crónica local de sucesos, «Un hijo propio», producción de Netflix que se ha estrenado en la Berlinale. El resultado es una obra que, lejos de caer en el efectismo o la reconstrucción sensacionalista, opta por una mirada profundamente empática hacia su protagonista, incluso cuando los hechos narrados podrían prestarse para un juicio moral menos compasivo.

La película se estructura en dos mitades claramente diferenciadas pero hábilmente ensambladas. La primera construye, a través de una puesta en escena deliberadamente colorida y con tono de cuento de hadas, la versión de los hechos de Alejandra, una joven que tras sufrir múltiples pérdidas gestacionales y enfrentar la incesante presión familiar y social por convertirse en madre, idea un plan desesperado: fingir un embarazo mientras convence a otra mujer de entregarle a su bebé en el momento del parto.

Lo notable del tratamiento narrativo es cómo la directora logra transmitir la fragilidad psicológica de su protagonista sin juzgarla, utilizando recursos formales que reflejan su estado mental. La paleta cromática saturada, los planos cenitales que desorientan y la inserción del propio proceso de casting como parte del relato contribuyen a crear una atmósfera donde la línea entre la fantasía y la realidad se vuelve deliberadamente borrosa, del mismo modo que lo está para Alejandra.