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Teatro | Crítica | 25/06/2019

LA GRANDEZA DE MIHURA
El genio de este autor sobrevive a la lectura de “Tres sombreros de copa” realizada por Natalia Menéndez en el María Guerrero de Madrid

“Tres sombreros de copa” es, sobre todo, una impresionante y conmovedora historia de amor, una pieza construida por Miguel Mihura con una carpintería teatral impecable, con unos diálogos chispeantes, sorprendentes e imaginativos, y unas situaciones de un realismo absurdo. Se representa en el teatro María Guerrero de Madrid, protagonizada por Laia Manzanares Pablo Gómez-Pando.

tressombrerosdecopacdn.jpgMiguel Mihura construyó un teatro difícil y amable al mismo tiempo. Fue el gran maestro del teatro de situación. Todo ello lo entendió perfectamente la actriz Elisa Ramírez, por ejemplo, que protagonizó a principios de los 90 varias obras de Mihura, entre ellas una colosal puesta en escena de “El chalet de Madame Renard”. En el teatro de Mihura la gracia y la perfección en los diálogos resulta decisiva, y también lo insólito de las situaciones, ya está dicho, pero en sus comedias son literariamente maravillosas las acotaciones que, por encima de ese valor de escritura, tienen la función esencial de orientar al director a la hora de concebir el montaje (las acotaciones se están perdiendo en el teatro que se escribe actualmente: una auténtica pérdida). Se lee en el texto de “Tres sombreros de copa”: “Dionisió, que siempre es el muchacho sin voluntad…”. O bien: “Don Rosario es ese viejecito tan bueno de largas barbas blancas”. De modo que las piezas de Miguel Mihura pueden leerse como teatro, o como si fueran una novela. Porque las obras de Mihura son cerradas e impecables, tanto que dejan escaso margen a la imaginación del director de escena. Mihura lo da todo hecho en sus libretos. Más que con ningún otro dramaturgo, el montaje de sus piezas puede concebirse así: palabra y actor. Las innovaciones que pretenda introducir el director pueden ir en contra de la obra. Porque por el teatro de Mihura evidentemente ha pasado el tiempo. Pero la grandeza de sus obras consiste precisamente en que describen de manera colosal un tiempo, una época de España. Una forma de pensar y unas costumbres. Y todo ello ha evolucionado, claro. Pero Mihura lo recubre todo con su genio, con su imaginación, con una manera deslumbrante de usar el idioma. Las piezas de Mihura ofrecen poco margen a posteriores interpretaciones de tal o cual cosa, porque el autor lo dio ya todo interpretado. Por eso, el montaje que Natalia Menéndez ha ideado de “Tres sombreros de copa”, un montaje onírico, surrealista y con un fuerte perfil de music-hall, es recomendable en la medida que resulta sensacional toda la obra de Mihura, pero desafina sobre todo en el segundo acto, cuando en escena parece haber más elementos ideados por la directora que por el propio autor. Pero siempre se agradece un reencuentro con el teatro sublime de Miguel Mihura, pese a la desdichada tendencia de entregarnos a este autor asesinadito.
Por: Luis Eduardo Siles




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